domingo, marzo 15, 2026
$0.00

No hay productos en el carrito.

Los 5 mejores de esta semana

Related Posts

Jay Kelly: George Clooney brilla en la mirada nostálgica de Noah Baumbach.

Noah Baumbach siempre ha filmado como quien abre una caja de resonancias íntimas. Sus películas, incluso las más pequeñas, parecen escritas desde el temblor de lo cotidiano: familias que se fragmentan, amistades que se tensan, deseos que se desordenan y personajes que, aun con todas sus fallas, caminan hacia una versión más honesta de sí mismos. Con Jay Kelly, el director regresa a ese espacio emocional que mejor conoce, aunque ahora lo hace con un brillo distinto: el de un cineasta que mira hacia atrás, hacia el tiempo perdido, hacia sus propias obsesiones, y hacia la figura del artista que envejece bajo la luz implacable del reflector.

Lo primero que sorprende es la escala. Baumbach, históricamente asociado a un cine más íntimo, despliega aquí un elenco que parece guiñar el ojo a toda una tradición de “viejas glorias” reencontrándose con su legado: George Clooney al mando, acompañado de una constelación de presencias como Emily Mortimer, Adam Sandler, Riley Keough o Greta Gerwig. Pero más que un ejercicio de glamour, el casting funciona como un espejo generacional: actrices y actores que, de una u otra forma, han habitado la memoria del espectador moderno. Y Baumbach los convoca no para deslumbrar, sino para cuestionar qué significa seguir siendo relevante en un mundo que ya no responde a los mismos códigos de fascinación.

Desde su primera secuencia —una filmación dentro de una filmación, donde el artificio y la autenticidad se confunden— queda claro que Jay Kelly no busca esconder sus intenciones. Este es un relato sobre el cine y sobre quienes orbitan alrededor de su mito. Sobre lo que queda cuando la ovación se apaga y lo único que permanece es la necesidad de seguir interpretando un papel, incluso fuera del set. Baumbach observa a Kelly como un ser atrapado entre el recuerdo de una época dorada y la constatación de que el presente exige otra forma de presencia, quizá más humana, quizá más vulnerable.

Clooney, con esa mezcla eterna de elegancia y cansancio, aporta al personaje un registro que le sienta como un traje hecho a mano. Interpreta a un astro que empieza a percibir cómo la distancia entre quien fue y quien es se ha vuelto demasiado grande. Pero no hay tragedia estridente en su actuación. Más bien hay un gesto de contención, una especie de “viejo Hollywood” que se resiste a morir, aunque ya entienda que la industria no lo necesita como antes. Baumbach utiliza ese carisma para explorar el precio emocional de la longevidad pública: la vida convertida en resumen, las relaciones convertidas en anécdotas, y la identidad reducida a un mito que ya no pertenece del todo al protagonista.

El director evita el sentimentalismo fácil. No busca canonizar a Kelly ni castigarlo. Más bien lo acompaña en una travesía donde la memoria funciona como combustible y obstáculo. El viaje —geográfico, emocional, cinematográfico— se convierte en una excusa para revisar las grietas que se acumulan después de décadas interpretando a otros. Baumbach filma esos momentos con un tono que mezcla la suavidad del reencuentro con la incomodidad de mirarse sin maquillaje. Su cine, tan habituado al detalle cotidiano, encuentra aquí un equilibrio hermoso entre intimidad y espectáculo.

Uno de los grandes aciertos es cómo el guion aborda la figura del artista envejecido sin cinismo, pero tampoco con complacencia. Jay Kelly reconoce las contradicciones de su protagonista: su narcisismo, su impulsividad, su incapacidad para distinguir admiración de cariño verdadero. Y aun así, permite que el espectador sienta por él algo profundamente humano: ese deseo casi infantil de seguir siendo visto, escuchado, relevante. Baumbach entiende ese impulso porque él mismo, como autor, dialoga constantemente con su legado, con sus influencias, con el lugar que ocupa dentro de la historia del cine contemporáneo.

Visualmente, la película se mueve entre lo nostálgico y lo juguetón. La cámara recorre espacios con una fluidez que recuerda a los grandes clásicos de viajes interiores, pero sin caer en el homenaje vacío. Hay pasajes donde la luz parece tener memoria propia, donde la atmósfera respira como si cargara con décadas de celuloide. Y sin embargo, Baumbach mantiene su estilo: planos que observan sin presionar, cortes que dejan respirar al personaje, silencios que permiten que la emoción decante. Es un cine que se mueve con elegancia discreta, sin alardes, pero con una conciencia clara de cada gesto.

La película también reflexiona sobre la relación entre arte y autenticidad. ¿Es posible ser uno mismo cuando todo —la fama, la industria, las expectativas— exige representar? ¿Puede un actor encontrar de nuevo su voz cuando ha pasado media vida prestando la suya a otros? Baumbach no ofrece respuestas definitivas, pero sí instala preguntas que resuenan mucho después de terminar la película. Jay Kelly se convierte, en ese sentido, no solo en un retrato de un hombre, sino en un comentario sobre lo que significa crear en un mundo que consume identidades tan rápido como imágenes.

Adam Sandler aporta un contrapeso magnífico, dotando al relato de una energía que oscila entre lo cómico y lo melancólico. Cada vez que aparece, parece recordarnos que las relaciones reales —las que no dependen del aplauso— son las que verdaderamente sostienen a un ser humano. Es un detalle mínimo, pero Baumbach sabe que en esas pequeñas observaciones se esconden las grandes verdades. Al final, Jay Kelly no pretende reinventar el cine ni redefinir la filmografía de Baumbach. Es, más bien, una película que se permite ser honesta, luminosa en momentos, frágil en otros, y profundamente consciente del paso del tiempo. Es una obra sobre aceptar que la vida, como el cine, avanza aunque uno no esté listo para la siguiente toma. Y en ese tránsito, Baumbach encuentra un poema íntimo sobre la identidad, el recuerdo y el oficio de ser visto.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

Artículos Populares