viernes, marzo 6, 2026
$0.00

No hay productos en el carrito.

Los 5 mejores de esta semana

Related Posts

Eternity: amor, muerte y segundas oportunidades en una comedia romántica del más allá.

La ciencia dice que no tiene idea de qué pasa después de la muerte. El cine, en cambio, lleva décadas llenando ese vacío con oficinas grises, túneles luminosos, ascensores hacia el cielo, juicios definitivos y trenes que no se sabe si subes o no. Eternity, de David Freyne, entra en esa tradición por la puerta más simpática: una comedia romántica de alto concepto, ambientada en una especie de feria de destinos eternos donde la vida después de la muerte se parece menos a la teología y más a una convención de turismo… solo que el paquete es literalmente para siempre.

El punto de partida es tan sencillo como cruel. Larry Cutler (Miles Teller) muere, despierta en versión rejuvenecida y descubre que está en una especie de estación-hotel-congreso del más allá. Una “agente” del sistema (Da’Vine Joy Randolph, deliciosa en cada plano) le explica el procedimiento: tiene siete días para elegir la eternidad en la que quiere pasar… bueno, eso mismo, la eternidad. Nada de cambios, nada de devoluciones, nada de “me equivoqué de paquete, quiero otro resort”. Cuando finalmente empieza a procesar la idea y a planificar un “para siempre” junto a su esposa Joan (Elizabeth Olsen), ella también muere, llega al mismo lugar… y aparece el tercero en discordia: Luke (Callum Turner), el primer marido de Joan, muerto décadas atrás y esperando paciente su turno para recuperar el amor de su vida.

Sobre el papel, Eternity es un triángulo amoroso de manual: la pareja estable que viene de toda una vida juntos frente a la sombra idealizada del amor juvenil congelado en el tiempo. Pero Freyne lo envuelve en un mundo de reglas, guiños y detalles visuales que le dan personalidad propia. El más allá es una mezcla entre The Good Place, un parque temático a lo Westworld y una feria de turismo existencial: hay “Wine World”, “Queer World”, mundos de naturaleza eterna, paraísos capitalistas (ya cerrados por desuso), cielos kitsch con nubes y cortinas que simulan amaneceres y atardeceres a horario. El chiste no es solo la ocurrencia, sino la sensación de que alguien se sentó a diseñar esta burocracia post mortem con la misma seriedad con la que se diseña un sistema de migración.

La primera parte de la película vive sobre todo de ese descubrimiento. Larry camina el espacio como turista confundido, guiado por agentes que parecen más vendedores de tiempo compartido que figuras angelicales. La puesta en escena, de colores brillantes y carteles por todas partes, tiene esa “bonbon-óptica” que seduce rápido, pero esconde cierta mala leche: incluso la eternidad es un producto, un catálogo, una decisión de consumo. En esos pasillos, Eternity funciona tanto como comedia de alta idea como sátira suave de cómo convertimos todo —hasta el más allá— en un mercado segmentado.

Cuando llega Joan, la película encuentra su verdadero eje. El conflicto ya no es solo “qué mundo elegir”, sino “con quién elegirlo”. Y ahí el relato pisa terreno más complejo. Joan no está solo entre dos hombres: está entre dos versiones de sí misma. La mujer que construyó una vida larga, con sus rutinas, renuncias y afectos con Larry, y la joven que perdió brutalmente a Luke cuando la historia recién empezaba. ¿Qué pesa más: el amor vivido o el amor interrumpido? ¿La estabilidad que se ganó a pulso o la promesa que la vida no dejó cumplir?

Freyne y su coguionista Pat Cunnane tienen la inteligencia de no convertir a ninguno en villano. Larry no es el marido aburrido y Luke no es solo el fantasma idealizado. Ambos tienen virtudes y defectos muy humanos: inseguridades, ego, ternura, celos ridículos. Miles Teller compone a Larry como un hombre que, solo al morir, empieza a entender cuánto dio por sentado. Hay algo casi conmovedor en verlo, rejuvenecido, tratando de conquistar a la misma mujer que ya era “suya” en la vida real. Elizabeth Olsen, por su parte, sostiene la película desde la duda: su Joan es alguien que siempre priorizó a los demás y ahora, por primera vez, se ve obligada a preguntarse qué quiere ella, no qué esperan de ella.

Callum Turner trabaja en otra frecuencia, más calmada, menos gestual. Su Luke es la imagen de la fidelidad congelada: el hombre que se quedó atascado en la idea de un amor que nunca pudo desgastarse. Esa diferencia de tonos entre los dos hombres le da al triángulo una textura interesante: no se trata solo de “con quién es más feliz”, sino de qué tipo de vida —o postvida— está eligiendo Joan.

El reparto secundario se luce en los márgenes. Da’Vine Joy Randolph aporta el cinismo cansado de la funcionaria que ha visto todas las historias de amor posibles y ya no se cree ninguna, pero igual se enternece sin admitirlo. John Early y Olga Merediz suman capas de humor y melancolía: la amiga que descubre tarde lo que la hacía feliz, los agentes que compiten entre sí como si trabajaran en una agencia de viajes low cost del más allá. Cada uno tiene su momento, y ese mosaico de personajes ayuda a que la película se sienta poblada, vivida, no solo una idea brillante con tres protagonistas.

Sin embargo, entre tanto encanto, hay algo que Eternity deja escapar. El dispositivo y el conflicto colocan a Joan en el centro —es su decisión, su eternidad, su cuerpo rejuvenecido—, pero cuando llega el tercer acto, el film escoge el camino más cómodo. Hay destellos de una solución más radical, más alineada con la idea de una mujer que se ha pasado la vida cediendo espacio: la posibilidad de elegir algo distinto, sola, o incluso junto a alguien fuera de ese triángulo masculino. La película coquetea con esa ruta… y luego se repliega hacia un “felices para siempre” mucho más convencional. No arruina lo anterior, pero sí diluye un potencial feminista que estaba servido en bandeja de plata.

También hay decisiones de guion que, si uno se pone tiquismiquis, no terminan de cerrar dentro de la lógica interna de ese más allá: reglas que se endurecen o se flexibilizan según la necesidad dramática, mecánicas del sistema que se explican a medias. Pero el tono ligero y la calidez del conjunto hacen que la mayoría de esas grietas se acepten como parte del pacto. Eternity no pretende ser ciencia ficción dura ni teología pop; es, ante todo, una comedia romántica con conciencia de sus propios límites.

Al final, lo que queda es una película amable, ingeniosa, con un universo lo suficientemente atractivo como para invitar a una segunda visita, y con un trío protagonista que vende muy bien la idea de que el amor, incluso en el más allá, sigue siendo un asunto desordenado, contradictorio y profundamente humano. No es la reinvención definitiva del “afterlife movie”, pero sí un recordatorio de que la imaginación puede convertir la muerte en un escenario para hablar —sin solemnidad y sin cinismo— de lo que realmente importa: cómo amamos, qué recordamos y qué estaríamos dispuestos a repetir para siempre.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

Artículos Populares