miércoles, marzo 18, 2026
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Crítica a ‘Ella McCay’; cuando el idealismo se vuelve ruido.

Ella McCay es una de esas películas que parecen escritas con la convicción absoluta de estar diciendo algo importante, pero que nunca se detienen a comprobar si alguien, dentro o fuera de la pantalla, está realmente escuchando. En la superficie, se presenta como una comedia política de buenas intenciones, protagonizada por una mujer progresista, idealista, joven y brillante, fácil de apoyar desde cierto sector del espectro político estadounidense. Pero a medida que avanza, el filme revela una contradicción difícil de ignorar: su heroína habla sin parar… y el propio guion se encarga de demostrar, una y otra vez, que nadie —ni los personajes ni el espectador— tiene ya energía para seguirla.

Emma Mackey interpreta a Ella McCay, vicegobernadora de un estado sin nombre, una política comprometida con causas sociales que suenan impecables sobre el papel. Sus discursos están llenos de propuestas nobles, redactadas con claridad, pronunciadas con una convicción que no deja dudas sobre su integridad. El problema no es lo que Ella dice, sino el efecto que esas palabras generan. O, mejor dicho, el efecto que no generan.

James L. Brooks construye gran parte de la película alrededor de largos monólogos en los que Ella expone su visión del mundo. Son escenas diseñadas para consolidar su estatura moral, pero el resultado es otro: agotamiento. Cada vez que Ella habla, alguien deja de escuchar. Su jefe, el gobernador Bill Moore, interpretado por Albert Brooks con su habitual talento para la condescendencia elegante, desconecta mentalmente y espera su turno para devolver una respuesta reduccionista. Su hermano Casey, un joven encerrado en su propio resentimiento y adicción al juego, evita el contacto visual mientras teclea compulsivamente frente a múltiples pantallas. Más adelante, cuando Ella asume el cargo máximo, incluso su propio equipo termina dormido alrededor de una mesa de conferencias mientras ella sigue hablando, imperturbable, como si no supiera —o no quisiera saber— leer la habitación.

Ese patrón se repite tantas veces que deja de funcionar como comentario crítico y se convierte en el problema central de la película. Si el desinterés proviniera únicamente de antagonistas claros, el relato tendría un conflicto identificable. Pero Brooks extiende ese desdén a todos los entornos, convirtiendo a su protagonista en alguien incapaz de adaptar su discurso, de escuchar de vuelta, de modificar su forma de comunicar. El resultado es paradójico: la mujer presentada como la persona más inteligente de la sala termina pareciendo la menos perceptiva.

El filme intenta compensar esta rigidez dotando a Ella de un pasado traumático. Flashbacks a una infancia marcada por el divorcio, la infidelidad del padre, la muerte temprana de la madre y una crianza a cargo de una tía protectora buscan explicar su férrea necesidad de orden, justicia y control. Sin embargo, estos elementos no profundizan al personaje, sino que lo blindan narrativamente. Todo en Ella parece diseñado para justificarla, nunca para cuestionarla de verdad. Su pureza moral se presenta como incuestionable, y esa falta de fricción interna vuelve al personaje plano, casi abstracto.

Es especialmente frustrante porque Brooks ha demostrado, en el pasado, una capacidad extraordinaria para escribir personajes complejos, llenos de contradicciones, profundamente humanos. Aquí, en cambio, opta por diluir esa inteligencia en una acumulación de subtramas que distraen más de lo que enriquecen. Un padre ausente que busca redención sentimental. Un esposo inseguro que compite por atención y poder. Un escándalo sexual tratado como farsa. Asesores, ayudantes y figuras satélite que entran y salen sin dejar huella. Todo se amontona en una supuesta cuenta regresiva de “tres días que cambiarán todo”, pero nada termina de adquirir peso real.

La narración, además, está mediada por una voz en off que se confiesa abiertamente parcial. Julie Kavner interpreta a la secretaria Estelle, narradora y defensora incondicional de Ella. La elección podría haber sido interesante si la película hubiera jugado con la idea de un punto de vista poco fiable. Pero no lo hace. La voz en off no problematiza lo que vemos; lo refuerza. Y al hacerlo, elimina cualquier posibilidad de ambigüedad. No estamos ante una heroína discutible, sino ante una figura que el filme insiste en proteger incluso cuando sus acciones resultan torpes o contraproducentes.

El tono tampoco ayuda. Brooks intenta equilibrar comedia y trauma, pero el péndulo nunca encuentra estabilidad. Las escenas dramáticas se sienten infladas, las cómicas desarticuladas. Incluso la música, a cargo de Hans Zimmer, parece subrayar emociones que el guion no logra generar por sí solo. Todo se siente excesivo y, al mismo tiempo, sorprendentemente vacío.

Hay destellos de la vieja maestría de Brooks. Una conversación de ruptura bien escrita. Un momento de tensión contenido antes de un estallido emocional. Un detalle visual —una pila de BlackBerrys vibrando fuera de una sala de reuniones— que captura con precisión la ansiedad del poder moderno. Pero son chispazos aislados en una película que parece incapaz de sostener una idea durante el tiempo suficiente para que madure.

Quizás el mayor problema de Ella McCay es su desconexión con la realidad política y emocional que pretende retratar. Ambientada supuestamente en 2008, en un Estados Unidos “donde la gente todavía se agradaba”, la película parte de una premisa tan ingenua que roza lo infantil. En un relato sobre campañas, poder, transiciones de gobierno y opinión pública, esa simplificación resulta no solo torpe, sino reveladora. Brooks no parece interesado en entender cómo funciona hoy el discurso político, ni cómo se escucha, ni cómo se negocia. Prefiere refugiarse en una nostalgia difusa por un civismo que nunca fue tan simple como lo recuerda.

El resultado es una comedia política que no observa, sino que sermonea; que no dialoga, sino que insiste. Y al insistir, se contradice a sí misma. Porque si la tesis del filme es que Ella merece ser escuchada, el propio filme se encarga de demostrar por qué no lo es.

Emma Mackey hace lo que puede con un personaje escrito para hablar más que para vivir. Hay momentos en los que deja entrever carisma, inteligencia, incluso vulnerabilidad. Pero la estructura no le permite apropiarse del papel. Cada escena parece diseñada para reafirmar una idea previa sobre Ella, no para descubrir algo nuevo sobre ella. Y eso es una lástima, especialmente tratándose de una actriz que muchos ven aquí por primera vez en un rol protagónico de este calibre.

Al final, Ella McCay se siente como una película hecha por alguien que ya no escucha al mundo que intenta retratar. No porque el cine haya cambiado demasiado, sino porque su autor parece aferrado a una forma de pensar y de escribir que ya no dialoga con el presente. El idealismo, sin autocrítica, se convierte en ruido. Y el ruido, por muy bien intencionado que sea, termina por apagar incluso las mejores ideas.

Puede que con el tiempo la película encuentre un estatus de curiosidad, incluso de fracaso entrañable. Pero como regreso de James L. Brooks tras quince años de ausencia, Ella McCay no es un renacimiento, sino una confirmación inquietante: el problema no es que el mundo haya cambiado demasiado, sino que esta película no cambió con él.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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