Jon M. Chu habla de Wicked For Good como alguien que todavía está dentro de Oz, caminando entre las ruinas, recogiendo piezas de un cuento que decidió romper para construir algo más honesto. Lo interesante es que no habla como un director celebrando una hazaña técnica. Habla como un ser humano que, durante años, cargó una historia que lo transformó. “Las películas son un espacio sagrado”, dice, y uno entiende que lo dice de verdad, no como frase preparada. Para él, el cine sigue siendo uno de los pocos lugares donde la gente entra en silencio y permite que otra persona le preste una mirada distinta sobre el mundo.
Ese respeto por el público explica la decisión más polémica y determinante de su carrera reciente: expandir Wicked a dos películas. Chu lo ve como un acto de responsabilidad. “La versión corta no era Wicked. Había que cortarle demasiado.” Lo dice con la convicción de alguien que conoce íntimamente el alma del musical. No quería resumirlo: quería honrarlo. Y, sobre todo, quería hacer lo impensable: capturar en pantalla la sensación que tuvo cuando lo vio por primera vez. Para eso necesitaba espacio, respiración y tiempo para que los personajes se quebraran, dieran miedo, se enamoraran, fallaran y se reconstruyeran.
En esta segunda parte, esa intención se vuelve evidente. Chu no quería ídolos. No quería héroes. Quería seres humanos. “En la primera película puedes hacer íconos; en la segunda tienes que humanizarlos.” Esa frase contiene toda su visión. No le interesa decidir quién es la buena y quién es la mala. Le interesa mostrar la fragilidad que existe en esa etiqueta. Dice que todos tenemos “bondad y maldad” dentro, y que Glinda no dice “soy la Buena”, sino “voy a intentar ser la Buena”. Es un matiz, sí. Pero en su universo, los matices construyen la verdad.
Hablar con Chu es entender que para él Wicked For Good siempre fue más que espectáculo. Es un diálogo con el presente. “Estamos viviendo otro ciclo de lo que pasa cuando hay poder y gente sin poder”, reflexiona, y aunque nunca se pone político, se nota que la película nace de esa inquietud. Él quería que el público se viera reflejado. Que se sintiera menos solo en esa mezcla de miedo, esperanza y confusión que define estos tiempos. “La esperanza no tiene fecha de expiración”, dice casi en susurro, y ahí uno entiende que Wicked no le pertenece: es una carta abierta para quien necesite creer en algo.
La manera en que se refiere a las protagonistas es reveladora. Habla de ellas como si fueran familiares. De Ariana Grande destaca su disciplina y vulnerabilidad: cantar en vivo, congelándose, sin permitir que se asome Ariana la persona, solo Glinda. De Cynthia Erivo habla con admiración absoluta, describiendo su interpretación en “No Good Deed” como un estallido emocional que solo podía funcionar porque ella estaba lista para llevar ese peso. Pero lo más conmovedor es cómo describe el momento más íntimo de la película: la escena en la puerta. No fue planificada. Nació del ensayo, cuando ambas actrices colapsaron emocionalmente y solo pudieron decirse “te amo” una a la otra. “No podíamos seguir”, recuerda. En vez de borrarlo, lo convirtió en el corazón del final.
Chu no presume. No necesita hacerlo. Lo conmueve que el público le haya permitido tocar sus vidas. Lo sorprende. “¿Podíamos llegar a la cultura? No lo sabía.” Ese asombro revela más sobre él que cualquier película. Porque al final, para Jon M. Chu, Wicked For Good no es un cierre. Es una invitación. Una mano extendida. Un recordatorio de que aún en un mundo que insiste en dividirnos, todavía podemos elegir quién queremos ser.
Y que, como él dice, la valentía nunca expira.




