viernes, marzo 6, 2026
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Dimitrius Schuster-Koloamatangi se convierte en Predator para redimir al monstruo.

¿Y si el verdadero monstruo siempre hubiera tenido alma? Esa es la pregunta silenciosa que atraviesa Predator: Badlands, la nueva entrega de la franquicia de ciencia ficción que lleva más de tres décadas sembrando terror y adrenalina en la pantalla. Pero esta vez, algo es distinto. Esta vez, el depredador no es sólo una máquina de cazar. Esta vez, tiene rostro, historia y redención. Y al centro de esa revolución está Dimitrius Schuster-Koloamatangi, el joven actor neozelandés que carga sobre sus hombros (y bajo toneladas de prótesis) la tarea de rehumanizar a uno de los íconos más inhumanos del cine.

En entrevista con Cocalecas, Dimitrius entra con la humildad de quien todavía no asimila la magnitud de su reto: “No quería simplemente rugir o matar con estilo. Quería que el público viera los ojos de un ser que también sufre.” Y eso es exactamente lo que Badlands propone: la historia de Dek, un Yautja (la especie de los Predators) expulsado por su clan, vagando en un mundo fronterizo de arena, saqueadores y moral borrosa. Un antihéroe que caza, sí, pero también protege. Que sobrevive, pero no olvida.

La película dirigida por Dan Trachtenberg abraza una estética de western cósmico. Desiertos infinitos, ruinas tecnológicas, tensión silenciosa. Y en medio de todo eso, un Predator sin máscara, sin aliados, sin código. El desafío para Dimitrius fue doble: hablar el idioma Yautja —una lengua creada para la película basada en gruñidos, clics y frases guturales— y al mismo tiempo transmitir emociones universales: duda, orgullo, rabia, ternura. “Todo era físico: la espalda, la respiración, la manera de inclinar la cabeza. No podía usar mis palabras, pero tenía que decir mucho.”

Lo fascinante es que la interpretación funciona. El espectador no necesita subtítulos para entender a Dek. Basta una mirada, un gesto, una pausa antes de matar. Schuster‑Koloamatangi convierte a la criatura en personaje, sin domesticarla. No hay discursos moralistas ni giros forzados para hacerlo “bueno”. Dek sigue siendo letal, brutal, ajeno. Pero también es alguien que elige. Y eso lo cambia todo.

La película juega con símbolos clásicos del western: el forastero, el duelo, la venganza. Pero los invierte al poner al Predator como protagonista ético. Es él quien protege a una niña humana perseguida por bandidos espaciales, él quien se enfrenta a su propio clan por desobedecer órdenes de exterminio, él quien se arriesga por una idea tan humana como la compasión. Y lo hace sin palabras, solo con presencia.

En ese silencio radica uno de los mayores aciertos de la película: permitir que el cuerpo de Dimitrius actúe como vehículo narrativo completo. “Hubo días en los que no decía una línea, pero terminaba emocionalmente drenado,” admite. “Estás encerrado, sudando, con la presión de representar una historia que solo se puede contar con la piel.” Y eso se siente. Dek no necesita hablar porque su andar lo dice todo.

El enfoque visual acompaña esta elección. Planos largos, cámara cercana al rostro, uso del sonido como herramienta emocional más que como ruido ambiental. La música desaparece en varias escenas, dejando solo respiraciones, pasos sobre arena, ecos de conflicto. Todo está pensado para que el espectador escuche al monstruo más allá de su rugido.

Más allá del espectáculo visual y las coreografías impecables, Predator: Badlands sorprende por su propuesta narrativa. En lugar de repetir la fórmula de caza y destrucción, opta por una historia íntima y casi existencial. ¿Qué pasa cuando el depredador se cuestiona su rol? ¿Qué significa tener fuerza sin pertenencia? ¿Puede un ser creado para matar también elegir proteger?

Estas preguntas quedan flotando después de los créditos, como lo hace también la actuación de Dimitrius, quien marca un antes y un después en la saga. No por humanizar al monstruo, sino por complejizarlo. Por dotarlo de conflicto interno, por volverlo incómodo, ambiguo, creíble. Por demostrar que incluso en un universo hostil y alienígena, los dilemas más profundos siguen siendo universales: pertenecer, ser visto, ser perdonado.

Con Predator: Badlands, la franquicia encuentra un nuevo territorio emocional que explorar. Y con Dimitrius Schuster-Koloamatangi, encuentra a un intérprete que no teme ser bestia y alma al mismo tiempo. El monstruo tiene corazón. Y late fuerte.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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