viernes, marzo 6, 2026
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Crítica de Now You See Me 3: el truco final de una saga impredecible.

Durante casi una década, Now You See Me estuvo en esa extraña limbo donde se ubican las franquicias que alguna vez prometieron ser el “próximo gran universo” y terminaron convertidas en una especie de carta nostálgica guardada en un cajón de estudio. En Hollywood, nueve años equivalen a una vida completa: cambian los gustos, cambian los algoritmos, cambian hasta las expectativas. Pero de algún modo, contra toda lógica, Now You See Me 3 aparece en 2024 como un acto tardío, un último gesto de una saga que siempre adorna su propio truco con más ruido que misterio. Y sin embargo —y esta es la sorpresa— la película es más divertida de lo que tenía derecho a ser.

Lo primero que hace la tercera entrega es reconocer su propio vacío: la generación original ya no es suficiente. Así aparece un trío de jóvenes ilusionistas —June, Charlie y Bosco— que roban crypto bros con la misma soltura con que otros jóvenes hacen TikToks. Los tres representan el tipo de nueva camada que Hollywood introduce cuando sabe que el tiempo pasó y necesita refrescar el truco. Sus escenas iniciales tienen energía, descaro y una ligereza que, con frecuencia, supera a la del elenco original. Pero también tienen algo más: una admiración genuina por los Cuatro Jinetes, que aquí han alcanzado estatus de leyenda urbana. La película juega con ese mito y lo revienta desde dentro: los chicos usan una ilusión digital con los rostros de Eisenberg, Fisher, Harrelson y Franco… hasta que uno de ellos se materializa, literalmente, en la cocina.

Esa irrupción es el tono esencial de la película. Todo es exceso. Todo es autoconsciencia. Todo es un guiño a la audiencia que siguió a esta franquicia incluso cuando el segundo filme dejó claro que la trama no siempre entiende sus propias reglas. Now You See Me 3 se ríe de sí misma, y en esa risa encuentra un nuevo equilibrio: ya no intenta ser un thriller ingenioso; se abraza como espectáculo de magia explosiva, un tipo de cine donde la física es prescindible y la coherencia es opcional.

La misión esta vez es robar un diamante casi mitológico de manos de Veronika Vanderberg, una empresaria tan caricaturesca que en cualquier otra película resultaría insoportable. Pero Rosamund Pike le imprime justo la cantidad de veneno y elegancia como para que funcione. La actriz no interpreta a una villana: la convierte en una pieza de performance, una presencia magnética diseñada para alimentar la energía de la narración, una antagonista que se toma su maldad tan en serio que nos permite reírnos de ella.

El regreso de los Jinetes originales es una mezcla de nostalgia, caos y un poquito de desesperación por mantener relevancia. Jesse Eisenberg vuelve a su personaje con un nerviosismo que roza lo autoparódico, lo cual no es necesariamente malo; después de todo, Daniel Atlas siempre fue un hombre que confundía arrogancia con iluminación espiritual. Woody Harrelson sigue manejando el humor como si improvisara, y Dave Franco encuentra la misma soltura juvenil de la primera película, esa mezcla de encanto y torpeza que lo hizo memorable. Isla Fisher, que no estuvo en la segunda parte, regresa como si hubiera estado escondida detrás del telón todos estos años. Su presencia le da al reparto un equilibrio emocional que la película agradece.

Pero aquí está el problema estructural del filme: hay demasiada gente. Demasiadas subtramas, demasiados trucos, demasiadas dinámicas de liderazgo. La película quiere darle espacio a todos, y en esa intención, la narrativa se atomiza. La historia avanza a empujones, rotando personajes con la rapidez de un truco de cartas sin que nadie, salvo Pike, alcance un arco emocional verdadero. El resultado es un thriller cómico que rueda como una rueda de la fortuna: se eleva, baja, vuelve a subir, y aunque rara vez se detiene, no siempre se siente que avanza.

Pero cuando Now You See Me 3 entra en modo espectáculo, la película vuela. Las secuencias de ilusiones son, nuevamente, un gran despliegue visual: habitaciones con perspectiva alterada, pasillos que rotan, escaleras imposibles, trucos que parecen diseñados por un arquitecto en hongos y un matemático aburrido. La imaginación visual es, quizá, el mayor triunfo del filme. Cuando las persecuciones atraviesan estas habitaciones imposibles, se siente un vértigo juguetón que pocas franquicias logran sin recurrir a la épica ruidosa del blockbuster promedio.

La película también juega con un dilema peculiar: ¿cómo crear magia cinematográfica en un mundo saturado de CGI? El truco, aquí, es narrativo. No importa si los efectos son reales o digitales; lo que importa es la revelación posterior, esa deconstrucción del acto donde la película nos explica cómo funcionó todo. Y aunque la lógica sea laxa —a veces inexistente— el mecanismo es lo bastante satisfactorio como para mantenernos dentro del juego.

Ahora bien, hay decisiones que rozan lo problemático. La película usa temas como explotación minera, diamantes de sangre o corrupción corporativa como si fueran meros accesorios para justificar el robo. Nada de eso se explora con profundidad. Son detalles de libreto, de esos que se agregan para dar ilusión de gravedad, pero que en realidad la película trata con ligereza casi irresponsable. La cinta quiere parecer un poco más política de lo que puede sostener, pero en el fondo sigue siendo lo que siempre fue: un espectáculo de magos, ladrones y pirotecnia emocional.

El final, ambientado en un escenario de lujo ridículamente ostentoso, es un buen ejemplo de esta dualidad. La película critica la codicia al mismo tiempo que filma un desfile de excesos materiales con la fascinación de un turista en Dubái. Pero sería injusto exigir coherencia filosófica a una franquicia cuyo credo ha sido siempre el mismo: si el truco funciona, no preguntes demasiado.

Y funciona. De manera imperfecta, ruidosa, desordenada… pero funciona. El encanto del elenco, los trucos sacados de la manga, la energía casi adolescente del ritmo: todo eso sostiene una película que tiene más vida de la que debería después de tantos años en la congeladora. No reinventa nada, no profundiza en nada, no corrige sus propios vicios. Pero tiene carisma. Y en una era donde tantos blockbusters son fríos, calculados y sin alma, ese carisma vale más que cualquier diamante.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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