Bajo este Sol Tremendo
En el mismo año que Paul Thomas Anderson nos paseó por una montaña rusa de asfalto en One Battle After Another, mostrándonos una manera nunca vista de como filmar una carretera, el prometedor cineasta gallego Oliver Laxe nos lleva a uno de los trips más intensos, lisérgicos y potentes del tiempo reciente en Sirat. Una road movie ejemplar.

Luis (Sergi López) y su hijo (Bruno Núñez) llegan a una fiesta de música electrónica en medio del desierto en Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas. Reparten su foto una y otra vez hasta conocer a un pintoresco grupo de raveros, y deciden seguirlos a una última fiesta que se celebrará del otro lado del desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida.
A medio camino entre Freaks de Tod Browning, Zabriskie Point de Michelangelo Antonioni, Sorcerer de William Friedkin, Stalker de Andrey Tarkovsky, la saga Mad Max de George Miller, y todo bañado por un sol apoteósico que envidiaria el mismísimo Sergio Leone, Sirat tiene bastante de como nos imaginamos el tan ansiado «fin del mundo».
En algún momento de la trama escucharemos que «la Tercera Guerra Mundial estalló en la noche». Sea cual sea este conflicto bélico, poco les importa a los viajeros protagonistas de esta película…hasta que la guerra finalmente te alcanza y te quita todo lo que tenes, a menos que lo único que tengas sean drogas psicodélicas y unos buenos parlantes.
Clave para entender este peculiar mundo que retrata Laxe (donde se habla español, francés, inglés y árabe, a veces todo al mismo tiempo), es el título del largometraje, una referencia al Corán explicada en la apertura de la película como un puente que conecta el paraíso con el infierno («fino como un cabello y afilado como una espada», se agregará).
Al principio, ese significado es fácil de desestimar, pero para el final, el viaje de Luis (un Sergi López brutal, que protagoniza una de las escenas más desgarradoras del año) ya tiene dimensiones tan míticas como surrealistas. Si soy sincero, quizás Laxe no acierta en el desenlace, prometiéndonos un clímax explosivo y lleno de acción, y dándonos en su lugar un tiempo silencioso para la introspección y meditación. Eso es para tomar o dejar.

A posteriori, lo único que nos queda es una poderosa reflexión sobre la pérdida y el viaje, tanto interior como exterior, bajo ese sol implacable que nada perdona.
Y lo único que podemos hacer, es ponernos a bailar con la música de Kangding Ray…
Hasta llegar al trance.




