En una era saturada de secuelas sin alma y universos cinematográficos redundantes, Wake Up Dead Man: A Knives Out Mystery irrumpe como un acto de fe en el poder del cine popular bien contado. Rian Johnson no sólo firma el capítulo más oscuro y gótico de su trilogía protagonizada por el detective Benoit Blanc, sino que redefine las reglas del juego una vez más: aquí no se trata de un simple “¿quién lo hizo?”, sino de un “¿por qué creemos lo que creemos?”.
Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto 2025, la cinta encuentra a Johnson más juguetón, pero también más reflexivo que nunca. Desde la primera escena —una iglesia sumida en penumbra, un sermón cargado de rabia y una comunidad dividida— queda claro que este es un terreno nuevo para el director. Las referencias a Agatha Christie siguen presentes, pero ahora dialogan con la imaginería de Edgar Allan Poe, con ecos de The Name of the Rose y The Night of the Hunter. Todo es sospechoso. Todo es ritual.
Daniel Craig regresa con su acento de bourbon y su encanto absurdo como el detective Blanc, pero su aparición tarda casi 40 minutos en concretarse. Johnson lo hace a propósito. El relato pertenece, al menos durante ese primer acto, a Jud Duplenticy, un ex boxeador convertido en sacerdote tras una tragedia en el ring, interpretado con una vulnerabilidad desarmante por Josh O’Connor. Jud es un hombre que lleva la culpa como sotana, un cura joven enviado a un convento gótico en Nueva York para trabajar junto a un monseñor carismático y brutal, Jefferson Wicks (Josh Brolin).
Desde el púlpito, Wicks convierte la fe en un arma, un teatro de humillación semanal donde cada sermón es un juicio sumario. A su alrededor orbita una congregación tan excéntrica como peligrosa: la devota Martha (Glenn Close), el silencioso jardinero Samson (Thomas Haden Church), la abogada frustrada Vera Draven (Kerry Washington), su ambicioso hijo político Cy (Daryl McCormack), el escritor conspiranoico Lee Ross (Andrew Scott), la ex chelista enferma Simone (Cailee Spaeny), y el médico local Nat Sharp (Jeremy Renner). Todos parecen tener algo que esconder. Y entonces, como dicta el canon del género, alguien muere.
El crimen ocurre en pleno Viernes Santo, en un confesionario cerrado a la vista de todos. Una escena meticulosamente coreografiada —donde cada línea de visión, cada eco del órgano y cada paso en la piedra cuenta—. Johnson juega limpio: las pistas están ahí, pero también los red herrings. Y cuando Blanc finalmente aparece, el misterio ha evolucionado más allá de la lógica.
Durante la conferencia en Toronto, Johnson explicó que no busca construir crucigramas, sino montañas rusas. Sin embargo, Wake Up Dead Man es quizás su película más estructurada y precisa. El guion, dividido en capítulos escritos a modo de confesión por el propio Jud, mezcla la voz en off con la lógica de una novela detectivesca. La cámara de Steve Yedlin enmarca la iglesia como un personaje en sí: vitrales que lanzan cuchilladas de color, pasillos que parecen susurrar secretos, y velas que iluminan más de lo que deberían.
Josh O’Connor se apodera de la cinta con una performance íntima y devastadora. Su Jud no es un héroe clásico, sino un hombre que lucha por sostener una brújula moral en medio de un terremoto institucional. Daniel Craig, por su parte, aporta un Blanc más introspectivo, enfrentado por primera vez a un crimen que podría rozar lo sobrenatural. “Todo apunta a un milagro”, dice en un momento. Y es entonces cuando la teología entra al tablero de juego.
La gran virtud de esta entrega es que el misterio no es solo sobre el crimen, sino sobre la comunidad. Johnson convierte el templo en un microcosmos donde la fe, el poder, la culpa y la redención se entrelazan. El guión no teme confrontar ideas complejas: ¿qué pasa cuando la devoción se convierte en dogma? ¿Qué se sacrifica en nombre de una verdad absoluta?
Josh Brolin está magnífico como Wicks, una figura que evoca lo peor del autoritarismo envuelto en vestiduras sagradas. Glenn Close, sin apenas levantar la voz, impone respeto en cada plano. Kerry Washington ofrece matices a un personaje que pudo ser cliché. Y aunque algunos secundarios quedan subutilizados (Renner, Scott, Kunis), cada uno deja huella.
A nivel técnico, la película es una joya. El diseño de producción recrea un convento gótico con detalles casi teatrales. La banda sonora de Nathan Johnson combina música sacra con electrónica disonante, generando una atmósfera de tensión constante. La edición, precisa pero nunca fría, permite que el ritmo se mantenga a lo largo de sus 144 minutos.
Quizás el mayor riesgo de Wake Up Dead Man es también su mayor virtud: la ambición de Johnson por hacer una obra más compleja, más cargada de simbolismo, menos ligera que sus predecesoras. No todos los espectadores saldrán con las mismas risas que Glass Onion o el gozo de Knives Out, pero sí con algo más profundo: una reflexión sobre lo que creemos, por qué lo creemos y a qué estamos dispuestos a cerrar los ojos.
El cierre, con Blanc en el púlpito, iluminado como un predicador del misterio, es uno de los momentos más bellos y memorables de toda la trilogía. Si este es el final, como algunos rumores indican, es un cierre digno. Pero uno espera que Johnson y Craig aún tengan algo más que decir. Porque mientras existan misterios, Benoit Blanc debería seguir mirándolos con su ojo agudo y su corazón inquieto.




