En un rincón caótico y medio derruido de Medellín, un hombre grita a los cuatro vientos que es poeta. Nadie lo escucha, excepto él mismo. Así empieza Un Poeta, la nueva película del colombiano Simón Mesa Soto, presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025, donde destaca no solo por su humor disonante y agudo, sino por la profunda tristeza que esconde bajo su aparente ligereza. Lo que Mesa Soto ha hecho aquí no es una comedia sobre escritores frustrados, sino una autopsia mordaz al ego masculino cuando choca contra la mediocridad inevitable de la vida real.
El protagonista es Óscar Restrepo, interpretado por un formidable Ubeimar Ríos, que nos entrega una de las actuaciones más incómodamente memorables del año. Óscar fue alguna vez un “poeta reconocido”, lo cual en su caso significa que publicó dos libros en sus veinte, tuvo cierto circuito de culto, y luego… nada. Vive con su madre, se ahoga en alcohol y lamentos, y se niega a asumir cualquier forma de responsabilidad o trabajo que no alimente su narrativa de artista incomprendido. Cuando su madre lo obliga a aceptar un puesto como profesor, Óscar descubre a Yurlady (Rebeca Andrade), una estudiante adolescente con un talento genuino para la poesía. Lo que sigue es una mezcla explosiva de proyección emocional, dinámicas de poder, paternalismo y una muy delicada línea entre mentor y oportunista.
Mesa Soto, cuya ópera prima Amparo ya exploraba con fuerza los entornos marginales y las estructuras patriarcales, da un paso más allá aquí: no solo crea un personaje que encarna la decadencia romántica del artista, sino que se burla abiertamente de su patetismo. En una escena clave, un colega más exitoso lo llama “el poeta más mediocre que he conocido”, y uno siente que no es una ofensa, sino una definición clínica. El guion, escrito también por Mesa Soto, se mueve con astucia entre el patetismo, la farsa y la crítica social, sin perder nunca el ritmo ni el filo.
Una de las fortalezas de Un Poeta está en su capacidad de flotar entre registros tonales. El filme puede ser, en un mismo plano, absolutamente ridículo y profundamente melancólico. Cuando Óscar va a un programa de televisión local para leer un poema mientras el invitado de al lado promociona su hit reguetonero “Wet My Jacuzzi”, el contraste es hilarante y desgarrador al mismo tiempo. La escena parece una burla de los espacios culturales de hoy, pero también un espejo que refleja la desconexión entre el arte serio y la cultura popular. ¿Quién tiene la razón? ¿Quién merece la atención?
La relación entre Óscar y Yurlady se convierte en el núcleo dramático del filme. Él proyecta en ella todo lo que cree haber perdido: talento, pureza, juventud, potencial. Ella, sin embargo, no quiere ser salvada ni moldeada. La película esquiva inteligentemente el tropo manido del “viejo mentor redimido por una musa joven”, y en cambio revela cómo esa dinámica puede volverse invasiva, egoísta, incluso peligrosa. No estamos ante Finding Forrester, sino más bien ante una versión latina y desordenada de The Kindergarten Teacher, pero sin el aura de redención ni pretensión poética.
Mesa Soto pone en cuestión la figura del artista como salvador, del profesor como guía moral, del hombre como guardián del talento ajeno. En una de las escenas más potentes del filme, Yurlady confronta a Óscar con una pregunta demoledora: “¿De verdad esto es por mí, o porque tú ya no puedes escribir?” El silencio de Óscar vale más que cualquier poema.
Visualmente, Un Poeta opta por una estética áspera, de cámara en mano, planos cerrados y colores apagados. La ciudad no aparece como postal, sino como textura: calles sucias, apartamentos húmedos, oficinas desordenadas, bibliotecas olvidadas. Es un universo gris y deslucido, a tono con la psiquis de su protagonista. El montaje no busca fluidez sino sacudidas. Los cortes son abruptos, incómodos, como los cambios emocionales de Óscar, que puede pasar del llanto a la risa nerviosa en segundos.
La música brilla por su ausencia, y cuando aparece, lo hace con intención: para subrayar una ironía, para romper el ritmo, para incomodar. La ausencia de belleza sonora refuerza la premisa de que aquí no hay redención, no hay catarsis lírica. Solo hay realismo crudo y amargo. La poesía, como idea romántica, está ausente en este filme sobre poetas. Y esa contradicción es, probablemente, su mayor logro.
Por supuesto, la cinta no está exenta de polémicas. Algunos momentos rozan la línea del mal gusto, como ciertos chistes forzados sobre violencia sexual, o el tratamiento superficial de las condiciones sociales de la familia de Yurlady. Críticos europeos han señalado que el filme cae en clichés de la pobreza latinoamericana, o que estetiza la miseria con una mirada externa. Sin embargo, sería injusto no reconocer que Un Poeta también se burla del intelectualismo burgués que romantiza la marginalidad sin comprenderla. Mesa Soto conoce el terreno que pisa, y aunque no siempre lo hace con delicadeza, lo hace con una intención clara: mostrar la hipocresía del artista que exige autenticidad desde su pedestal.
La actuación de Rebeca Andrade como Yurlady es otro gran acierto. Su mirada mezcla desconfianza, ironía y una tristeza callada. Es una joven que ha aprendido a proteger su espacio, y que sabe que las palabras bonitas a menudo esconden intenciones torcidas. Su actuación es contenida, natural, cargada de silencios. Frente a un protagonista que no para de hablar, ella se convierte en el contrapeso perfecto: la observadora que ve todo y juzga sin decir nada.
En el tercer acto, la relación entre Óscar y Yurlady se desmorona. No por una gran traición, sino por la acumulación de pequeñas violencias: promesas rotas, manipulaciones emocionales, gestos egoístas. El filme nunca busca resolver ese conflicto de forma limpia. No hay disculpas grandilocuentes, ni reencuentros sanadores. Hay consecuencias. Y eso, en una industria que aún premia los finales edificantes, es casi revolucionario.
Un Poeta no es una película perfecta. Tiene pasajes redundantes, algunas decisiones narrativas cuestionables, y un ritmo que por momentos puede resultar extenuante. Pero es una obra honesta, incómoda y profundamente necesaria. No tanto por lo que dice sobre la poesía, sino por lo que revela sobre los hombres que se aferran a ella como último refugio ante su propia irrelevancia.
Simón Mesa Soto ha firmado una sátira incómoda, lúcida y muy colombiana sobre la masculinidad herida, la autorreferencialidad del arte y el peligro de convertir el talento ajeno en muleta del ego propio. Un Poeta es un retrato de esa generación de hombres que se quedaron sin audiencia y, en vez de aceptar el silencio, gritan más fuerte.
Y quizás, solo quizás, en ese ruido desesperado, aún quede algo de verdad.




