viernes, marzo 6, 2026
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TIFF 2025: ‘To the Victory!’ (2025): Valentyn Vasyanovych y el peso del silencio.

En un mundo ansioso por declaraciones definitivas, To the Victory! se atreve a ser una pregunta abierta. La nueva película del director ucraniano Valentyn Vasyanovych —tras sus poderosas Atlantis (2019) y Reflection (2021)— no ofrece respuestas ni consuelo. En cambio, propone una inmersión cruda, íntima y profundamente reflexiva en el vacío emocional que deja la guerra, cuando las bombas se detienen pero las heridas siguen supurando.

Ambientada en una Ucrania imaginaria tras el fin de la guerra con Rusia, To the Victory! no es exactamente una película sobre la reconstrucción del país, sino sobre la reconstrucción de un individuo, de una familia, de una vocación artística. Vasyanovych se coloca él mismo frente a la cámara —una decisión nacida de la necesidad, tras la baja del actor originalmente elegido— para interpretar a Roman, un cineasta atrapado entre la memoria del conflicto, la diáspora familiar y una identidad nacional que ya no reconoce. Su esposa (Marianna Novikova) y su hija han emigrado a Viena; él permanece en Ucrania con su hijo y su padre anciano, aferrado a la esperanza —ingenua o heroica— de que algo mejor aún puede emerger de las ruinas.

La película se desliza sin prisa, con el tempo de alguien que ya ha perdido la noción del tiempo. Roman trata de iniciar un nuevo proyecto cinematográfico con fondos europeos, pero su proceso creativo está tan estancado como su propia vida. Cambia el guion una y otra vez, duda, interrumpe los ensayos. Como el país que lo rodea, su identidad artística está en tránsito, marcada por la ambigüedad de una victoria que no se siente como tal.

Vasyanovych filma como si cada plano fuese una meditación. La cámara fija, distante, casi estática, se convierte en una herramienta de observación más que de emoción directa. Los personajes se mueven dentro de encuadres rigurosamente compuestos, en espacios que parecen devorarlos lentamente. La estética es coherente con su estilo anterior, pero aquí se vuelve aún más introspectiva, casi ascética. La belleza de las imágenes no es para el deleite, sino para el desconcierto. Son estampas de un país en pausa, congelado entre el trauma y la esperanza.

Y, sin embargo, hay momentos de humanidad inesperada. La comedia irrumpe a ratos, como una resistencia espontánea al sinsentido. Una borrachera entre amigos, chistes sobre la burocracia, juegos absurdos en medio del ensayo de una escena: son pequeños gestos de supervivencia emocional. La película los permite sin romantizarlos, sin convertirlos en válvulas de escape, sino como síntomas del mismo vacío que consume a sus personajes.

La relación entre Roman y su hijo Yaroslav (interpretado con una naturalidad asombrosa por Hryhoriy Naumov) es uno de los pilares emocionales del filme. No hay grandes declaraciones ni explosiones dramáticas. Hay gestos mínimos: una conversación interrumpida, un silencio compartido, una mirada que no sabe cómo pedir perdón. En esa discreción está su poder. El niño representa la posibilidad de futuro, pero también la herencia del daño. La película no dramatiza esta dualidad; la observa, la deja respirar, y por eso duele más.

Uno de los momentos más devastadores ocurre durante una presentación del filme dentro del filme. La esposa de Roman, presente en la sala, le pregunta directamente cuál es el sentido de seguir en Ucrania. La escena es sencilla, casi anodina, pero encierra una violencia emocional demoledora. El artista, forzado a justificar su decisión de permanecer, no encuentra argumentos más allá de su propia tozudez. En ese cruce entre lo íntimo y lo político, Vasyanovych revela el corazón de su película: el deseo de resistir no siempre tiene lógica. A veces, es simplemente lo único que queda.

Como director, guionista, editor y protagonista, Vasyanovych carga con un proyecto profundamente personal. Las similitudes con su propia vida son evidentes: su esposa e hija también viven en el extranjero, y su labor artística también ha estado marcada por la urgencia de documentar lo indescriptible. Sin embargo, To the Victory! no es un autorretrato. Es una metáfora ampliada del estado emocional de todo un país. La metáfora se vuelve literal cuando Roman, el personaje, se convierte en una figura casi alegórica: un hombre rodeado de escombros emocionales, intentando filmar en una tierra que no sabe si sigue siendo suya.

En una secuencia brutalmente simbólica, un personaje pisa una mina mientras volaba una cometa. La alegría infantil se convierte en tragedia en cuestión de segundos. Es un resumen perfecto del tono de la película: cada pequeño gesto de esperanza está a punto de desintegrarse. Cada imagen luminosa es una trampa visual que esconde una sombra más profunda.

Lo más interesante es que Vasyanovych evita cualquier retórica triunfalista. El título, To the Victory!, tiene un aire de ironía amarga. ¿Qué significa ganar cuando todo lo que amas está roto o lejos? ¿Qué valor tiene la resistencia si la recompensa es la soledad? Son preguntas que el filme no responde, pero que resuenan con fuerza en cada plano.

A nivel técnico, la película es deliberadamente austera. El equipo fue reducido a seis o siete personas, que se alternaban entre funciones técnicas y actuaciones secundarias. Esta cercanía da lugar a una autenticidad que ninguna producción millonaria podría replicar. No hay artificios, no hay adornos. Hay verdad. Y esa verdad duele.

Para quienes no estén familiarizados con el cine de Vasyanovych, el ritmo puede resultar exasperante. La película exige paciencia, y a veces incluso fe. Pero a cambio, ofrece una experiencia cinematográfica única: no como entretenimiento, sino como testimonio. No es una historia para olvidar la guerra, sino para recordar por qué algunos aún no pueden salir de ella.

To the Victory! no es una elegía, ni una denuncia. Es una súplica muda. Es el retrato de un hombre —y de un pueblo— que no sabe si debe reconstruir lo que perdió o aprender a vivir con las ruinas. En su falta de resolución está su fuerza. Porque a veces, simplemente seguir es ya una forma de victoria.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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