Hay películas que no solo retratan a sus personajes, sino que parecen invocar fantasmas. The Wizard of the Kremlin, dirigida por Olivier Assayas y presentada en la edición número 82 del Festival de Venecia, es una de ellas. Desde sus primeros minutos, el filme nos coloca en los pasillos más sombríos del poder ruso, no con el estallido de una denuncia frontal, sino con la frialdad de quien ha visto tanto que ya no puede ser sorprendido.
Inspirada en el aclamado libro de Giuliano da Empoli, la cinta imagina un relato en torno a Vadim Baranov, un asesor ficticio pero inquietantemente verosímil de Vladimir Putin, encarnado con perturbadora calma por Paul Dano. Aunque Jude Law, en un registro contenido y magnético, interpreta al propio Putin, es el personaje de Baranov quien articula la columna vertebral del relato, una especie de Virgilio guiando al espectador por el infierno invisible del Kremlin.
Assayas regresa a su vena más geopolítica —la de Carlos o Wasp Network— para firmar una obra que, aunque a ratos se apoya más en la palabra que en la imagen, logra construir una atmósfera de inquietud sostenida. Aquí no hay explosiones ni espionaje de alto voltaje. Lo que hay es la banalidad del mal, el teatro del poder, la manipulación sistemática de una sociedad que, salida del colapso soviético, encontró en la narrativa del orden una forma de consuelo.
La construcción de Baranov, basada en el verdadero spin doctor Vladislav Surkov, es uno de los mayores logros del filme. Criado entre las ruinas ideológicas de la Unión Soviética, Baranov pasa del teatro de vanguardia a la producción de realities televisivos, en un giro que parece absurdo si no fuera por lo profundamente real. Paul Dano, con su rostro imperturbable y voz monocorde, ofrece una interpretación inquietante, como si su personaje ya no perteneciera al mundo de los vivos. No hay euforia ni angustia en su relato, solo un tono clínico, como quien observa a una bestia que ayudó a alimentar.
A través de sus recuerdos —narrados a un periodista interpretado por Jeffrey Wright—, asistimos a una revisión de los últimos 30 años de la historia rusa: la tragedia del Kursk, la segunda guerra de Chechenia, la revolución naranja en Ucrania, los Juegos Olímpicos de Sochi. No es tanto una crónica detallada como una confesión en clave histórica. Y sin embargo, la sensación que deja no es la de comprensión, sino la de desasosiego.
Assayas opta por una dirección sobria, en la que predominan los encuadres estáticos y los movimientos horizontales, casi como si el propio filme evitara la verticalidad del poder que critica. Es una propuesta deliberada, que por momentos roza el letargo, pero que también resalta lo esencial: aquí lo importante no es lo que se ve, sino lo que se dice… y lo que se oculta. La presencia del sello Disney+ en los créditos iniciales parece marcar su destino como cine-ensayo para plataformas, más que como obra de sala oscura. Pero eso no disminuye su poder.
Uno de los momentos más lúcidos del filme ocurre cuando Baranov, en plena lucidez cínica, afirma que el poder no reside en la verdad, sino en el relato. Esta noción de que gobernar es, esencialmente, contar una historia, estructura toda la película. Desde las puestas en escena televisivas hasta las ceremonias estatales, todo en el régimen de Putin —según esta mirada— es teatro. Y nadie mejor que un ex director de escena como Baranov para dirigirlo.
Jude Law, en el rol de Putin, entrega una actuación fascinante. Sin grandes transformaciones físicas ni maquillaje excesivo, logra evocar la esencia del líder ruso: su mutismo glacial, su aura paranoide, su sonrisa apenas insinuada como amenaza. Es una interpretación que elige la contención como método y, por ello, resulta aún más aterradora. No necesita gritar para imponer miedo.
La relación entre Baranov y Ksenia (Alicia Vikander), una figura libre e indisciplinada, funciona como contrapunto emocional. Es en esos intercambios, cargados de tensión pero también de deseo contenido, donde el personaje de Dano muestra leves fisuras. Aunque él nunca reniega abiertamente de las decisiones que ha tomado ni de las consecuencias de su papel, hay en sus silencios una forma de resignación, una conciencia tardía de que quizás ya no es posible redimirse.
Lo que distingue a The Wizard of the Kremlin no es la espectacularidad, sino la inteligencia de su planteamiento. Nos habla del poder como artificio, de la política como performance, y de la manipulación como forma de control emocional. Y lo hace sin sermones ni efectismos, sino desde el punto de vista de alguien que ayudó a construir ese sistema y que ahora lo observa con la frialdad del entomólogo.
Si hay algo que no funciona es que la estructura narrativa —basada casi íntegramente en flashbacks— puede tornarse reiterativa. Los diálogos, densos y cargados de subtexto, exigen atención constante. No es una película de consumo fácil, ni lo pretende. Su ambición es otra: incomodar, hacer pensar, y quizás —solo quizás— dejar una pequeña grieta en la aparente solidez de los relatos oficiales.
En tiempos donde la verdad parece maleable y la propaganda se disfraza de discurso político, The Wizard of the Kremlin se alza como una advertencia. No hay golpes de efecto ni revelaciones escandalosas. Solo un hombre contando su historia… y al hacerlo, revelando las grietas del sistema que ayudó a sostener.
Al final, Assayas no busca humanizar al monstruo, sino mostrar cómo el monstruo es muchas veces una construcción colectiva. Y en esa construcción, el relato lo es todo. Porque, como bien sabe Baranov, sin narrativa no hay poder. Y sin poder, no hay historia que contar.




