sábado, marzo 14, 2026
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TIFF 2025: ‘The Smashing Machine’ (2025): La carne, el mito y la fractura del hombre invencible.

Lejos de los clichés del cine deportivo —el montaje de entrenamiento, la gloria, la redención—, The Smashing Machine es un biopic que rehúye del clímax para detenerse en las fisuras. El filme no quiere celebrar a Mark Kerr, pionero de las artes marciales mixtas en los años 90, sino entenderlo. Lo presenta como un titán desorientado que, tras cada victoria, no encuentra consuelo sino más vacío. Y es precisamente ahí donde Safdie se siente cómodo: en el abismo donde sus personajes suelen caer.

Narrativamente, la película se sitúa en los años previos al boom del MMA, cuando Japón era la meca underground del combate. Kerr —interpretado con sorprendente hondura por Johnson— es ya una figura reconocida del circuito, pero también un hombre devorado por su necesidad de control, de éxito, de amor. La historia avanza con un ritmo pausado, casi contemplativo, que sorprende viniendo de uno de los directores de Uncut Gems, donde cada escena era una descarga de ansiedad. Aquí, en cambio, hay espacio para el silencio, para el gesto contenido, para la respiración entre golpes.

La relación con su pareja Dawn (Emily Blunt) es el corazón disfuncional de la película. Safdie no la plantea como una historia de amor ni como una historia de redención, sino como un campo de batalla donde colisionan la dependencia, el dolor y la incapacidad de sanar. Blunt, con su habitual elegancia feroz, encarna a una mujer atrapada entre el deseo de salvar y el cansancio de intentarlo. La química entre ambos es áspera, incómoda, a veces insostenible. Justo como debía ser.

Johnson, por su parte, ofrece la mejor actuación de su carrera. Y no es una frase hecha. Su físico, que en otros contextos resulta caricaturesco, aquí es una cárcel: el cuerpo perfecto que carga el alma rota. El actor despoja a Kerr de toda mitología. Lo muestra adicto a los analgésicos, frágil emocionalmente, necesitado de una validación que nunca es suficiente. Es conmovedor verlo desmoronarse, no por un golpe en la jaula, sino por la incapacidad de verse a sí mismo fuera de ella.

Uno de los logros del guión —coescrito por Safdie— es evitar el trazo grueso. No hay exaltación de la masculinidad ni condena simplista. Kerr no es un héroe ni un villano. Es un hombre. Uno que no sabe detenerse. Uno que confunde el dolor con la motivación. Uno que, como tantos, aprendió que para ser amado debía ser invencible.

Visualmente, la película mantiene el estilo detallista que caracteriza a Safdie, aunque mucho más depurada. La fotografía se mueve entre la luz fluorescente de los gimnasios, las sombras azules de los camerinos y los cálidos interiores que enmarcan los pocos momentos de ternura. La cámara observa, sin juzgar, dejando que los cuerpos hablen. Porque aquí, más que el diálogo, son los gestos, los silencios y los golpes los que construyen el relato.

Las secuencias de pelea, por cierto, son todo menos glamorosas. No hay cámara lenta, no hay música triunfal. Hay sudor, sangre y agotamiento. Son coreografiadas no para emocionar, sino para desgarrar. Porque en cada combate, Kerr pierde algo más que fuerza: pierde partes de sí mismo.

Safdie también introduce una línea narrativa secundaria con el personaje de Mark Coleman (Ryan Bader), compañero y rival de Kerr, que sirve como espejo distorsionado de nuestro protagonista. Su camaradería, teñida de celos y desconfianza, aporta tensión adicional sin desviarse del foco. También destaca la presencia silenciosa de Christoph Waltz, como una figura ambigua de poder que respalda el proyecto de Kerr a cambio de favores inciertos. Un personaje que, aunque breve, encarna el sistema que utiliza y desecha a los ídolos del deporte.

Y sin embargo, The Smashing Machine no es un retrato sensacionalista. Es una elegía. Un canto fúnebre a los cuerpos rotos que alguna vez fueron adorados. Un recordatorio de que detrás de cada campeón hay una historia que duele.

A lo largo de sus dos horas, el filme evita deliberadamente el terreno seguro del drama inspiracional. Aquí no hay comeback ni redención hollywoodense. Hay un hombre que tropieza con sus límites, que no sabe cómo parar, que entiende demasiado tarde que su mayor enemigo no era el rival en la jaula, sino la voz en su cabeza que le exigía más.

Y eso es lo que convierte a The Smashing Machine en una de las películas más honestas del año. Porque se atreve a mirar la gloria desde su reverso, a contar una historia donde el músculo no basta, donde la fuerza no salva. Una historia donde ser fuerte es, a veces, la forma más cruel de estar solo.

Hay algo profundamente humano —y a la vez desesperadamente trágico— en ver caer a los gigantes. No por morbo, sino porque en esa caída se revela lo que hay detrás del músculo, detrás de la victoria. The Smashing Machine, el primer trabajo en solitario de Benny Safdie tras separarse creativamente de su hermano Josh, es una película que rechaza el mito para abrazar al hombre. Y lo hace con un arma secreta que pocos veían venir: Dwayne «The Rock» Johnson.

Lejos de los clichés del cine deportivo —el montaje de entrenamiento, la gloria, la redención—, The Smashing Machine es un biopic que rehuye del clímax para detenerse en las fisuras. El filme no quiere celebrar a Mark Kerr, pionero de las artes marciales mixtas en los años 90, sino entenderlo. Lo presenta como un titán desorientado que, tras cada victoria, no encuentra consuelo sino más vacío. Y es precisamente ahí donde Safdie se siente cómodo: en el abismo donde sus personajes suelen caer.

Narrativamente, la película se sitúa en los años previos al boom del MMA, cuando Japón era la meca underground del combate. Kerr —interpretado con sorprendente hondura por Johnson— es ya una figura reconocida del circuito, pero también un hombre devorado por su necesidad de control, de éxito, de amor. La historia avanza con un ritmo pausado, casi contemplativo, que sorprende viniendo de uno de los directores de Uncut Gems, donde cada escena era una descarga de ansiedad. Aquí, en cambio, hay espacio para el silencio, para el gesto contenido, para la respiración entre golpes.

La relación con su pareja Dawn (Emily Blunt) es el corazón disfuncional de la película. Safdie no la plantea como una historia de amor ni como una historia de redención, sino como un campo de batalla donde colisionan la dependencia, el dolor y la incapacidad de sanar. Blunt, con su habitual elegancia feroz, encarna a una mujer atrapada entre el deseo de salvar y el cansancio de intentarlo. La química entre ambos es áspera, incómoda, a veces insostenible. Justo como debía ser.

Johnson, por su parte, ofrece la mejor actuación de su carrera. Y no es una frase hecha. Su físico, que en otros contextos resulta caricaturesco, aquí es una cárcel: el cuerpo perfecto que carga el alma rota. El actor despoja a Kerr de toda mitología. Lo muestra adicto a los analgésicos, frágil emocionalmente, necesitado de una validación que nunca es suficiente. Es conmovedor verlo desmoronarse, no por un golpe en la jaula, sino por la incapacidad de verse a sí mismo fuera de ella.

Uno de los logros del guión —coescrito por Safdie— es evitar el trazo grueso. No hay exaltación de la masculinidad ni condena simplista. Kerr no es un héroe ni un villano. Es un hombre. Uno que no sabe detenerse. Uno que confunde el dolor con la motivación. Uno que, como tantos, aprendió que para ser amado debía ser invencible.

Visualmente, la película mantiene el estilo detallista que caracteriza a Safdie, aunque mucho más depurada. La fotografía se mueve entre la luz fluorescente de los gimnasios, las sombras azules de los camerinos y los cálidos interiores que enmarcan los pocos momentos de ternura. La cámara observa, sin juzgar, dejando que los cuerpos hablen. Porque aquí, más que el diálogo, son los gestos, los silencios y los golpes los que construyen el relato.

Las secuencias de pelea, por cierto, son todo menos glamorosas. No hay cámara lenta, no hay música triunfal. Hay sudor, sangre y agotamiento. Son coreografiadas no para emocionar, sino para desgarrar. Porque en cada combate, Kerr pierde algo más que fuerza: pierde partes de sí mismo.

Safdie también introduce una línea narrativa secundaria con el personaje de Mark Coleman (Ryan Bader), compañero y rival de Kerr, que sirve como espejo distorsionado de nuestro protagonista. Su camaradería, teñida de celos y desconfianza, aporta tensión adicional sin desviarse del foco. También destaca la presencia silenciosa de Christoph Waltz, como una figura ambigua de poder que respalda el proyecto de Kerr a cambio de favores inciertos. Un personaje que, aunque breve, encarna el sistema que utiliza y desecha a los ídolos del deporte.

Y sin embargo, The Smashing Machine no es un retrato sensacionalista. Es una elegía. Un canto fúnebre a los cuerpos rotos que alguna vez fueron adorados. Un recordatorio de que detrás de cada campeón hay una historia que duele.

A lo largo de sus dos horas, el filme evita deliberadamente el terreno seguro del drama inspiracional. Aquí no hay comeback ni redención hollywoodense. Hay un hombre que tropieza con sus límites, que no sabe cómo parar, que entiende demasiado tarde que su mayor enemigo no era el rival en la jaula, sino la voz en su cabeza que le exigía más.

Y eso es lo que convierte a The Smashing Machine en una de las películas más honestas del año. Porque se atreve a mirar la gloria desde su reverso, a contar una historia donde el músculo no basta, donde la fuerza no salva. Una historia donde ser fuerte es, a veces, la forma más cruel de estar solo.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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