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TIFF 2025: ‘The Lost Bus’: crítica de la nueva película de Paul Greengrass con Matthew McConaughey.

Hay películas que nacen del trauma y otras que lo atraviesan. The Lost Bus, de Paul Greengrass, pertenece a la segunda categoría: no pretende sólo reconstruir un hecho trágico, sino exponer las cicatrices que este dejó en la conciencia colectiva de un pueblo olvidado por las instituciones y redimido por sus propios ciudadanos. Ambientada en noviembre de 2018, durante el devastador incendio de Campfire que arrasó la comunidad de Paradise, California, esta cinta reconstruye con precisión casi quirúrgica una de las historias más improbables de heroísmo moderno: la de un conductor de autobús escolar que, en plena catástrofe, salvó a 22 niños acompañado por una profesora decidida a resistir hasta el final.

En manos de otro director, esta historia pudo haber sido un drama manipulado por el sentimentalismo. Pero Greengrass, con su habitual estilo documentalista, despoja la narración de artificios y coloca la cámara al nivel de la calle, entre la ceniza, la desesperación y los gritos de auxilio. No es una sorpresa: su filmografía está marcada por el pulso urgente de lo real, por la tensión contenida que estalla en momentos de puro vértigo emocional. Lo hizo en United 93, lo repitió en 22 July y ahora, con The Lost Bus, lo lleva aún más cerca del corazón de Estados Unidos, allí donde la tragedia no tiene nombre de guerra ni de terrorismo, sino de negligencia corporativa y abandono estatal.

El relato gira en torno a Kevin McKay, interpretado por un Matthew McConaughey entregado a una de sus actuaciones más humanas y despojadas. McKay es un hombre en ruinas: separado, con un hijo que lo rechaza, una madre enferma, un perro moribundo y una deuda emocional con un pasado que lo persigue como el humo de un incendio que nunca termina de apagarse. A través de este personaje, McConaughey encarna al arquetipo del héroe americano caído, ese hombre común que ha fallado demasiadas veces pero que, ante lo irremediable, encuentra la fuerza para actuar. Lo interesante es que su heroísmo no nace del coraje, sino del cansancio, del hartazgo, del simple hecho de no poder permitir que otra cosa más se pierda.

A su lado, America Ferrera da vida a Mary Ludwig, una profesora que representa la voz de la razón en medio del caos. Su actuación es contenida, pero potente; una mujer que, como muchas en la vida real, sostiene con sus manos lo que el sistema deja caer. Juntos, Kevin y Mary forman una pareja dispareja, un dúo improbable enfrentado no solo al fuego sino también a una cadena de obstáculos logísticos, emocionales y estructurales que hacen de su travesía algo más que una ruta de evacuación: es un descenso a los infiernos.

Greengrass, fiel a su estilo, articula la narrativa con un ritmo nervioso, en planos cerrados, cámaras en mano, edición vertiginosa. La experiencia es inmersiva, casi insoportable por momentos, especialmente cuando el autobús, cargado de niños aterrados, debe atravesar túneles de fuego realista creado con un impresionante trabajo de efectos visuales prácticos. Pero lo más devastador no es el fuego, sino lo que viene antes: la negación, el caos de los primeros minutos, la falta de respuesta de las autoridades, el silencio de las grandes corporaciones. El director se da el lujo de incluir un breve pero contundente retrato del rol de Pacific Gas & Electric (PG&E), cuya negligencia fue clave en el inicio del incendio, y también lanza una advertencia fugaz pero poderosa sobre el cambio climático, como si dijera: esto no es ficción, y no será la última vez.

La estructura del guión, escrito por Greengrass junto a Brad Ingelsby (Mare of Easttown, Out of the Furnace), juega una carta peligrosa: carga al personaje principal con una seguidilla casi paródica de desgracias personales, que en menos de diez minutos lo convierten en un mártir antes de tiempo. Sin embargo, McConaughey sostiene ese peso con tanta autenticidad que logra superar las debilidades del libreto. Hay algo en su mirada agotada, en la forma en que su cuerpo se encoge tras el volante, que transmite más que cualquier diálogo. No actúa para la cámara, se entrega a la experiencia como si la viviera por primera vez, como si estuviera redimiéndose no solo como personaje sino como actor que vuelve al cine con una fuerza inesperada.

La puesta en escena de The Lost Bus se beneficia de otro elemento sorpresivo: el casting de la madre y el hijo de McConaughey en la vida real para interpretar esos mismos roles en pantalla. Es una jugada arriesgada que, en vez de sentirse forzada, aporta una textura emocional adicional. La familiaridad entre ellos se percibe en los gestos, en los silencios, en la manera en que los conflictos cotidianos se desarrollan sin histeria, como una acumulación de pequeñas heridas. Este realismo emocional se suma al hiperrealismo del contexto y crea un híbrido narrativo difícil de clasificar, entre el docudrama y la ficción clásica.

Ahora bien, The Lost Bus no es una película perfecta. Repite sus propias fórmulas con demasiada frecuencia: hay al menos tres secuencias que parecen calcadas, en las que el autobús se enfrenta a una situación límite, los niños gritan, Kevin duda, pero logra salvar el momento. La reiteración reduce el impacto emocional y pone en evidencia una cierta inseguridad estructural en el guión. Además, el relato paralelo de los bomberos y primeros auxilios se siente subdesarrollado y, en algunos tramos, innecesario, como si su única función fuera dar al espectador un respiro del fuego.

A pesar de estos tropiezos, la cinta se sostiene gracias a su mensaje esencial: la capacidad del ser humano para actuar con dignidad en medio del horror. En un tiempo donde el heroísmo ha sido banalizado o explotado por narrativas grandilocuentes, The Lost Bus rescata la idea de que ser héroe es, muchas veces, simplemente quedarse cuando todos los demás se han ido. No se trata de grandes gestas, sino de pequeñas decisiones que, en conjunto, salvan vidas.

Al final, The Lost Bus no solo narra el rescate de 22 niños en un autobús atrapado entre las llamas. Es un retrato de una América en llamas —literal y metafóricamente— donde la esperanza aún viaja sobre ruedas oxidadas, conducidas por personas rotas pero valientes. Es también una advertencia, una crónica urgente sobre lo que sucede cuando la negligencia se mezcla con el cambio climático, y lo que nos queda cuando todo arde: la voluntad de protegernos unos a otros.

Greengrass ha hecho muchas películas sobre tragedias, pero esta vez, su cámara encuentra no solo el caos, sino la ternura. Y eso, en un mundo que arde, es más valioso que nunca.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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