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TIFF 2025: Roofman (2025): Crónica de un ladrón bueno en un mundo roto

En Roofman, Derek Cianfrance dirige con pulso melancólico y ternura subversiva una de las películas más inesperadas y conmovedoras del año. Inspirada en la historia real de Jeffrey Manchester —el apodado “ladrón de los techos”—, la cinta protagonizada por Channing Tatum y Kirsten Dunst no solo revisita el mito del Robin Hood moderno, sino que lo reconfigura como una tragedia americana atravesada por el absurdo, la ternura y una crítica sutil al capitalismo emocional de la clase trabajadora.

Desde su primera escena, donde un padre regala a su hija un juguete viejo con la ilusión desbordada de quien no puede permitirse el presente que desea ofrecer, Roofman establece su tono: una comedia agridulce donde la pobreza no es un tropo narrativo sino una condición existencial que impulsa los actos más irracionales —y humanos— de su protagonista.

Jeffrey Manchester, interpretado por un Channing Tatum en su mejor registro actoral hasta la fecha, es un ex Ranger del ejército con una brújula moral ambigua pero un corazón enorme. Humillado por el fracaso económico, desesperado por recuperar la conexión con su hija, y empujado por un sistema que no da segundas oportunidades, comienza a asaltar cadenas de comida rápida… entrando por los techos.

El guion, coescrito por Cianfrance, convierte esta historia absurda en un espejo lírico de una América quebrada. Y en ese contexto, Roofman nunca busca romantizar el crimen, pero sí invita a entenderlo. Manchester, como los grandes personajes trágicos, es un hombre que elige mal por motivos que cualquiera podría comprender.

Cuando la película da un giro inesperado tras su fuga de prisión —una escena que recuerda a The Shawshank Redemption, pero con tono juguetón— y se instala en un Toys “R” Us abandonado, Cianfrance convierte lo imposible en realismo mágico: Manchester se convierte en un fantasma cotidiano que merodea pasillos llenos de nostalgia y vigila a empleados desde un cuarto secreto construido con cajas de juguetes y muebles robados.

Ahí, la historia se bifurca hacia la comedia romántica cuando conoce a Leigh (Kirsten Dunst), madre soltera, empleada del lugar y mujer que, como él, carga heridas invisibles. Su relación se construye con dulzura y tensión: la de dos almas solitarias que encuentran consuelo en medio del absurdo, pero cuya felicidad tiene fecha de caducidad.

La química entre Tatum y Dunst es honesta, creíble, íntima sin caer en la cursilería. Él es un ladrón con modales de boy scout. Ella, una mujer que ha aprendido a desconfiar de los hombres encantadores. En medio, la presencia de los hijos de Leigh y un Peter Dinklage en modo jefe tirano, que añade humor sin romper el tono dramático.

Uno de los grandes aciertos de Roofman es cómo utiliza la ambientación de los años 2000 —el Toys “R” Us, las referencias culturales, la música y los gadgets— no solo como guiño nostálgico sino como crítica suave al colapso de los sueños americanos de clase media. El consumo como refugio, el empleo como castigo, la familia como ideal inalcanzable.

Visualmente, la película respira a través de su puesta en escena contenida. La cámara de Cianfrance (quien ya había explorado temas similares en The Place Beyond the Pines) busca la poesía en lo cotidiano, en los silencios, en los planos fijos que no temen quedarse en los ojos de Dunst o en las pequeñas derrotas de Tatum. La música, sutil y evocadora, acentúa el tono sin empujar las emociones.

Sin embargo, Roofman no es una obra sin fisuras. El guion, por momentos, se pliega demasiado a los códigos del “feel-good movie”, restando complejidad al conflicto emocional del protagonista. La relación con sus propios hijos, apenas sugerida en momentos puntuales, merecía mayor peso dramático para entender su contradicción interna. La ambigüedad moral se siente, a veces, demasiado resuelta.

Pero Cianfrance, con su sensibilidad habitual, sabe que el valor de esta historia no está en juzgar a su personaje sino en permitirnos habitarlo. La empatía se convierte en herramienta política. Manchester no es un santo ni un villano. Es una figura tragicómica que evidencia la fragilidad del sistema, la soledad de los hombres buenos y la absurda lógica de un país donde robarle a McDonald’s es más escandaloso que dejar a una familia sin casa.

El final, previsible pero eficaz, nos deja con esa mezcla de compasión y desencanto que pocas películas logran provocar. No hay redención fácil, ni castigo heroico. Solo el eco de una historia que, como su protagonista, se esconde a la vista de todos.

Roofman es, en última instancia, una historia de amor improbable: hacia una mujer, hacia una hija, hacia una idea rota de la familia y del país. Y también es una película sobre el derecho a equivocarse, a escapar, a mentir con ternura y robar con culpa. Una película pequeña en escala, pero gigante en humanidad.

Roofman combina la crudeza de un drama social con la dulzura de una comedia romántica sin perder su espíritu crítico. Una joya imperfecta pero profundamente conmovedora que nos recuerda que los verdaderos criminales no siempre se cuelan por los techos.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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