Con Orphan, László Nemes vuelve a adentrarse en las zonas más sombrías del siglo XX europeo, y lo hace con la mirada persistente y claustrofóbica que ha definido su cine desde Son of Saul (2015). Esta vez, su obsesión por retratar el trauma histórico se traslada a la Budapest de la posguerra y los años del levantamiento húngaro de 1956, en una historia que se debate entre el drama familiar, el cine de horror psicológico y la parábola política. Pero a diferencia de sus filmes anteriores, Orphan parece tambalearse bajo el peso de su propia densidad formal y emocional, sin terminar de encontrar una verdad humana que respire dentro de sus composiciones impecables.
Andor Hirsch —interpretado con rigidez por Bojtorján Barabás— es un niño judío que regresa del orfanato a vivir con su madre en una ciudad devastada. El recuerdo idealizado del padre ausente, envuelto en un halo de heroicidad y misterio, se convierte en el eje simbólico de su existencia. En su imaginación, ese padre representa una promesa de redención, de dignidad, de supervivencia. Pero cuando un hombre corpulento, dueño de una carnicería, comienza a acercarse a su madre y afirma ser su verdadero progenitor, el mundo de Andor se desmorona. La película transforma esta revelación en el motor de una espiral emocional en la que la infancia choca violentamente con la historia, la fe con la desilusión y la memoria con la imposición del olvido.
Visualmente, Orphan es otro ejemplo del meticuloso estilo de Nemes. Filmada en 35mm y con un encuadre cerrado en formato 4:3, la cámara se mantiene siempre cerca de los personajes, a menudo reduciendo el campo visual a lo que Andor puede (o quiere) ver. Es una estrategia que remite directamente a Son of Saul, pero aquí el recurso parece agotado, como si ya no produjera la tensión ni la visceralidad que en su momento nos golpeó con fuerza. La Budapest de Orphan es una ciudad sucia, en ruinas, sumida en la paranoia y el miedo. Y sin embargo, toda esta devastación se siente curiosamente lejana, atrapada en un artificio que nos impide entrar del todo en el dolor de los personajes.
La trama se construye a partir de omisiones y repeticiones. Andor se refugia en un sótano donde habla con un caldero que imagina como la voz de su padre; su madre, interpretada con contenida intensidad por Andrea Waskovics, se debate entre la culpa, la necesidad y el deseo de una nueva vida; el supuesto padre —encarnado por un Grégory Gadebois casi monstruoso en su presencia física— aparece como una figura ambigua, entre la amenaza y la redención. Pero el guion de Nemes no profundiza del todo en la complejidad emocional de estos vínculos. Las escenas se suceden con un ritmo moroso, muchas veces sin desarrollo, y los personajes parecen más símbolos que seres humanos.
Este es quizás el mayor problema de Orphan: su exceso de cálculo formal deja poco espacio para la espontaneidad, para el temblor emocional que haría que el espectador sienta en carne propia lo que está en juego. El trauma histórico está ahí, como un telón de fondo omnipresente, pero carece de la dimensión íntima que haría que esa historia sea algo más que una ilustración académica. La película quiere decir mucho —sobre la memoria, la identidad, la pérdida—, pero termina atrapada en su propia gravedad, repitiendo recursos visuales y sonoros sin alcanzar una verdadera catarsis.
Hay momentos poderosos, sin duda. La secuencia en que Andor entra en la casa del supuesto padre en plena noche tiene la atmósfera de un cuento de terror, con sombras que se alargan y sonidos que parecen salidos de una pesadilla infantil. El sonido, de hecho, es uno de los grandes aciertos del filme: ruidos agobiantes, susurros, motores, pasos que se acercan como presagios de algo que nunca termina de suceder. Pero incluso estos momentos se sienten encapsulados, aislados del flujo emocional de la historia.
A lo largo del metraje, Orphan intenta funcionar como una parábola sobre una generación quebrada, sobre los hijos de la guerra que heredaron un mundo de ruinas, mentiras y ausencias. En este sentido, Nemes dialoga con películas como Come and See, The Painted Bird, The Childhood of Ivan o The Son of the Bride. Pero mientras esos filmes lograban conmover con crudeza, aquí todo se ve tan perfectamente diseñado, tan pulido, que pierde el filo. Es como si Nemes estuviera más interesado en construir un museo que una experiencia cinematográfica viva.
La actuación de Barabás, aunque física y comprometida, carece de matices. Su Andor es un recipiente para la metáfora, pero no para la emoción. Nunca sabemos realmente qué siente más allá de lo obvio: miedo, rabia, frustración. Las escenas entre él y el personaje de Gadebois, que deberían ser el corazón dramático del filme, carecen de una verdadera electricidad. Falta tensión, falta humanidad. Incluso cuando el conflicto escala hacia la violencia, el impacto se diluye en una narrativa que se ha vuelto predecible.
Y sin embargo, hay algo que persiste. Una sensación de claustrofobia emocional, de mundo sin salida, que conecta con lo que Nemes parece querer decir: que para muchas infancias del siglo XX, no hubo redención posible. Que la historia no les ofreció futuro, solo fantasmas. Orphan es una película amarga, profundamente nihilista, donde ni siquiera el acto de recordar parece ofrecer consuelo. Todo lo contrario: recordar es una maldición.
En su último tramo, la película juega con elementos simbólicos de manera más evidente: el niño, el arma enterrada, el parque de diversiones con su rueda gigante, el rostro del “padre” en la sombra. Hay un intento de trascender la historia personal hacia lo mítico, lo alegórico. Pero para entonces, el espectador ya ha sido arrastrado por una inercia narrativa que impide que ese cierre tenga el peso que debería. La metáfora queda clara, pero la emoción no llega.
Orphan no es un mal filme. Es ambicioso, rigurosamente ejecutado, y en su mejor forma, inquietante. Pero también es una obra encerrada en sí misma, que privilegia la forma sobre la vida, el concepto sobre el personaje. László Nemes es un cineasta con una visión única, y su compromiso con una forma de hacer cine profunda, arriesgada y política es digno de admiración. Pero en este caso, su búsqueda de la representación perfecta del trauma lo ha llevado a congelar aquello que precisamente quiere conmover. En el laberinto de la memoria, Orphan se extravía.




