Hay directores cuyo cine se convierte, más que en obra, en testimonio. Jafar Panahi ha sido durante años uno de los más elocuentes cronistas del dolor y la esperanza de Irán, incluso cuando el Estado intentó silenciarlo con arrestos, prohibiciones y censura. It Was Just an Accident, su más reciente largometraje, no es una película fácil, ni cómoda, ni dispuesta a mimar al espectador. Es cine de confrontación, una bomba de tiempo emocional que estalla entre las grietas de la memoria y la justicia.
La premisa es engañosamente sencilla. Una familia —padre, madre embarazada y una pequeña hija— viaja de noche en carro por una carretera desierta. El accidente, que da título a la película, ocurre en los primeros minutos: un perro se cruza en el camino. El golpe es mínimo, pero simbólicamente es el inicio de una cadena de hechos que pondrán a prueba la moral, la identidad y la resistencia de todos los involucrados.
El protagonista, que se presenta como Eqbal, tiene una pierna ortopédica cuyo crujido metálico desencadena los recuerdos de Vahid, un mecánico que lo identifica como su antiguo torturador en prisión. A partir de ese momento, It Was Just an Accident se transforma en una suerte de road movie kafkiana en la que el deseo de justicia se convierte en una expedición absurda y devastadora por el desierto.
Panahi, fiel a su estilo, no busca la espectacularidad. La violencia, cuando aparece, no es gráfica sino latente, contenida en los cuerpos, las miradas, los silencios. Los personajes no son héroes ni villanos, sino sobrevivientes de un sistema que ha normalizado el horror. La escena en la que Vahid secuestra al supuesto torturador y reúne a otros sobrevivientes de la cárcel de Evin —cada uno con su propio trauma, con su propia historia rota— es uno de los momentos más intensos del filme. Allí se da lugar al verdadero juicio, no en un tribunal, sino en una furgoneta destartalada que recorre el desierto con un puñado de víctimas que no saben si castigar, perdonar o simplemente seguir adelante.
La fuerza de la película reside en esa ambigüedad. ¿Qué pasa cuando la justicia institucional no existe? ¿Cuándo el único tribunal es el recuerdo borroso del dolor? Vahid y sus compañeros —incluyendo a una novia vestida de blanco, un librero melancólico y una fotógrafa endurecida por la pérdida— oscilan entre el deseo de venganza y la duda profunda. Porque Eqbal podría ser el hombre que los marcó de por vida… o no.
Panahi introduce escenas de humor negro que funcionan como válvulas de escape ante la densidad del relato. La burocracia iraní, retratada con un sarcasmo feroz, permite a los personajes sobornar policías con tarjetas de débito, pagar “regalos” en hospitales con cajas de pasteles y sufrir la corrupción con una naturalidad escalofriante. Esos toques de absurdo no diluyen el mensaje, sino que lo acentúan: en un país donde la represión es rutina, la supervivencia exige un tipo peculiar de ingenio.
La puesta en escena es contenida pero precisa. La fotografía, cálida en tonos ocres, refleja la aridez de un país tanto geográfica como emocionalmente. La cámara de Panahi observa con distancia respetuosa, casi documental, pero cuando se acerca lo hace con ternura. Hay una compasión innegable en su mirada, incluso hacia los personajes más equivocados.
En términos narrativos, It Was Just an Accident es menos sofisticada que obras anteriores del director como Taxi Teherán o Tres rostros, pero eso no es un defecto. La rabia aquí es más directa, menos alegórica. Panahi ha pasado por las cárceles que retrata, ha sentido el silencio de los pasillos, ha sufrido la arbitrariedad del poder. Esta vez, no quiere que su mensaje sea interpretado: quiere que sea escuchado con claridad brutal.
Las actuaciones son conmovedoras. Ebrahim Azizi, como Eqbal, logra un equilibrio extraordinario entre la posible inocencia y la sombra de una culpa imposible de borrar. Vahid Mobasseri, como su posible verdugo, transmite la frustración de quien ha perdido todo menos la necesidad de respuestas. Y el elenco secundario —especialmente las mujeres, a menudo silenciadas en el cine iraní— tiene un peso emocional que estructura el relato desde lo íntimo.
Pero quizás lo más perturbador del filme es cómo la violencia estructural del régimen se traduce en una violencia emocional heredada. Cada personaje en It Was Just an Accident es un eco de un trauma colectivo. La furgoneta que avanza sin rumbo fijo, el desierto que parece no tener fin, la duda sobre si Eqbal es culpable o víctima… todo eso compone una parábola sobre lo que significa vivir en una sociedad que ha sustituido la verdad por el miedo.
En una de las escenas más simbólicas, los personajes se detienen bajo un árbol seco en medio del desierto. Uno de ellos menciona Esperando a Godot, de Beckett. La referencia no es gratuita. Como en la obra de teatro, aquí también los protagonistas esperan —una señal, una certeza, una forma de sanar— mientras el mundo alrededor sigue su curso indiferente.
It Was Just an Accident no ofrece respuestas. Tampoco redención. Lo que sí ofrece es una ventana a un país herido, a una humanidad fragmentada y a un cineasta que se niega a callar. Es una obra imperfecta, sí, pero también profundamente necesaria. Un grito fílmico desde el corazón de la represión, que nos recuerda que el arte —cuando es verdadero— puede ser más subversivo que cualquier manifiesto político.
Panahi sigue filmando porque no tiene otra opción. Porque mientras exista una cámara, existe una forma de resistir. Y en ese sentido, cada fotograma de esta película es un acto de valentía.




