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TIFF 2025: Hamnet (2025); Una elegía de amor, pérdida y arte. La nueva obra maestra de Chloé Zhao.

A veces el cine encuentra su voz más poderosa en el silencio. En los espacios entre palabras, en los suspiros apenas contenidos, en los planos que permiten que la luz atraviese el dolor como una hoja cruza el viento. En Hamnet, Chloé Zhao regresa a ese cine contemplativo, poético y emocionalmente devastador que la consagró en Nomadland, para contar una historia que no es solo de pérdida, sino de trascendencia: el origen emocional de una de las tragedias más universales del teatro, Hamlet, contada desde el corazón roto de una madre.

La película adapta la novela de Maggie O’Farrell, pero en realidad la expande, la condensa y la eleva al plano del lamento visual. Jessie Buckley interpreta a Agnes (también conocida como Anne Hathaway), esposa de William Shakespeare, con una fuerza interior que sacude desde su primera escena. Buckley no actúa: habita. Con una intuición casi sobrenatural, su Agnes es una mujer conectada con la tierra, con el ciclo de la vida, con las fuerzas invisibles que rodean el mundo natural. Es también una madre que, al perder a su hijo Hamnet por la peste bubónica, queda sola frente a un abismo que ningún poema puede llenar.

Paul Mescal, por su parte, entrega una interpretación que podría redefinir su carrera. Como el joven William Shakespeare, es vulnerable y dividido: un hombre atrapado entre la necesidad de sustentar a su familia, el deseo de trascender a través del arte, y la culpa corrosiva de no haber estado junto a su hijo en el momento crucial. Mescal transita la pantalla con una mezcla de ternura y tormento; su rostro, tantas veces contenido, estalla en pequeños gestos de dolor cuando la pena lo alcanza de lleno. No se trata de una performance grandilocuente, sino de una construcción precisa del duelo desde la represión masculina.

Zhao, como directora, confirma que su sensibilidad está hecha para historias que habitan los bordes de lo decible. Su Hamnet no busca explicar la historia, sino sentirla. La narrativa fluye como una elegía: saltos temporales, paisajes nublados, transiciones marcadas por el susurro del viento entre los árboles. Joshua James Richards, colaborador habitual de Zhao, firma una fotografía que remite a la pintura clásica, pero también a las emociones que uno solo puede percibir cuando contempla la naturaleza en silencio. Hay planos que podrían estar colgados en el Louvre; otros, en cambio, que solo pueden habitar el corazón.

El corazón, de hecho, es el único protagonista real de la película. Porque aunque lleva por título el nombre del hijo muerto, Hamnet  no es sobre él, sino sobre el eco que deja. El film es un estudio delicado del duelo: la forma en que el dolor transforma, separa, purifica. Agnes y William no lloran juntos. Sus caminos hacia la catarsis son opuestos. Ella se recoge en el campo, en los rituales, en el recuerdo. Él se lanza a la ciudad, al teatro, a la palabra. Y sin embargo, ambos están tratando de hacer lo mismo: conservar a su hijo, mantenerlo vivo de la única manera posible.

Zhao no subraya este punto, pero lo deja vibrar en cada escena: Shakespeare escribió *Hamlet* después de perder a Hamnet. Las palabras de la obra son el grito que William nunca pudo soltar en voz alta. «Ser o no ser» ya no es una cuestión filosófica, sino un lamento paterno. Al montar la obra, en una secuencia final de conmovedora belleza, Agnes comprende que su marido ha inmortalizado a su hijo en un nuevo lenguaje. Y nosotros, como espectadores, entendemos que el arte nace del duelo, pero lo transforma en algo que puede compartirse.

La música de Max Richter es esencial en este viaje emocional. Sus partituras no buscan acompañar la acción, sino anticipar el alma. Uno de sus temas más conocidos regresa en una escena clave, donde Agnes camina sola por el bosque, vestida de luto, y el mundo entero parece guardar un silencio respetuoso ante su presencia. Es una escena que no requiere diálogo, ni explicaciones: solo una mujer, un bosque y una melodía que nos recuerda por qué seguimos yendo al cine.

No hay secundarios en Hamnet  solo personajes que orbitan alrededor del dolor. La madre de William (Emily Watson) encarna una severidad que esconde una devoción silente. Los niños, interpretados por Bodhi Rae Breathnach, Olivia Lynes y Jacobi Jupe, están dirigidos con una naturalidad extraordinaria: sus juegos, sus peleas, sus risas, todo contribuye a hacernos sentir que esta familia existió. Que este duelo fue real. Y que, en algún sentido, todavía lo es.

El guión, coescrito por Zhao y O’Farrell, logra un equilibrio difícil: respetar la prosa poética del libro sin caer en la trampa de la voz en off literaria. Las palabras aparecen cuando deben, y en los momentos justos, el silencio pesa más. No es un film verborreico, y eso lo hace todavía más cercano a la experiencia real del duelo: porque a veces, no hay palabras.

En términos técnicos, Hamnet  es impecable. La dirección de arte, el vestuario, la luz: todo contribuye a una atmósfera que no busca realismo histórico, sino emoción atemporal. El uso del color es particularmente significativo: el rojo del vestido de Agnes en su juventud, el gris de la peste, el azul profundo del cielo cuando William observa a sus hijos dormir. Cada tono dice algo. Cada imagen es un poema.

Muchos dirán que Hamnet  es «demasiado triste», «demasiado lenta», «demasiado interior». Pero quienes sepan entregarse a ella, quienes estén dispuestos a mirar de frente el rostro de la pérdida, encontrarán en esta película no una tragedia, sino una forma de redención. Porque en su esencia, *Hamnet* no es una historia sobre la muerte de un niño. Es una historia sobre cómo el amor puede sobrevivir incluso a eso.

Zhao ha creado un film que habla el lenguaje de la memoria, de la ausencia, del arte como única forma posible de sobrevivir al abismo. Jessie Buckley, en la que quizá sea la mejor interpretación femenina del año, nos muestra lo que significa parir, criar, amar y perder. Paul Mescal, en un papel tan contenido como el propio bardo, nos recuerda que incluso los grandes nombres fueron una vez hombres pequeños enfrentando dolores inmensos. Hamnet  es, al final, una obra sobre todos nosotros. Porque todos somos hijos. Todos somos padres. Y todos, tarde o temprano, tendremos que aprender a vivir con fantasmas.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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