sábado, marzo 14, 2026
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TIFF 2025: “Hedda” (2025): El veneno elegante de una mujer peligrosa.

Hay películas que nacen del deseo de sacudir las estructuras narrativas del pasado, y hay otras que lo hacen para revelar lo que siempre estuvo oculto en ellas. Hedda, la nueva versión del clásico de Henrik Ibsen, dirigida con irreverencia y osadía por Nia DaCosta, pertenece a ambas categorías. Ambientada en una Inglaterra edwardiana que parece suspendida entre el artificio teatral y el vértigo emocional, esta reimaginación queer y feminista convierte a su protagonista en una bomba de tiempo seductora, voraz, cínica y trágicamente lúcida.

Tessa Thompson, en un papel que se siente escrito a la medida de sus registros más sublimes y feroces, interpreta a Hedda Gabler como un torbellino de deseo reprimido, desprecio por las convenciones sociales y una capacidad insaciable de manipulación. No es una antiheroína al uso. Es la encarnación de una mujer que ha aprendido a sobrevivir disfrazando su inteligencia de cinismo, su dolor de control y su deseo de venganza de fiesta elegante.

La película abre con una cita que no es de Ibsen, sino del comediógrafo griego Antífanes: “Solo confío en una cosa en una mujer: que no volverá a la vida después de muerta.” Esa frase, lanzada como un dardo venenoso, establece de inmediato el tono: lo que vamos a ver es una obra sobre los fantasmas que habitan a las mujeres rotas por dentro, pero nunca derrotadas. Porque Hedda, bajo su capa de decorado vintage y partitura jazzística, es ante todo una historia de poder y deseo frustrado en una sociedad que castiga a quien osa no encajar.

La fiesta que articula la película —filmada con un espíritu de sátira gótica y teatralidad elegante— es tanto un campo de batalla emocional como un teatro de sombras. Hedda regresa de su luna de miel con George Tesman (Tom Bateman), un hombre bueno, ingenuo y endeudado, a una mansión que no pueden permitirse, pero que ella exige como símbolo de su estatus. La casa es tan laberíntica y grandiosa como la propia mente de Hedda. El motivo del evento: impresionar a un profesor que podría ofrecerle a George un puesto académico. Pero la verdadera razón es otra: la llegada de su antigua amante, Eileen Lövborg (Nina Hoss), reescrita aquí como una académica brillante y sobria, acompañada de su nueva pareja Thea (Imogen Poots), en una dinámica que dispara el conflicto.

Con esta inversión de género, DaCosta actualiza la tragedia original y la vuelve todavía más peligrosa. Eileen no es solo un eco del pasado de Hedda; es su reflejo, su oponente, su herida abierta. En sus escenas juntas, Thompson y Hoss hacen arder la pantalla. Es un duelo sin espadas, pero con miradas que cortan, con palabras disfrazadas de cumplidos que en realidad son amenazas, con una tensión que se respira como perfume envenenado.

La dirección de DaCosta es ambiciosa. Hay momentos de puro virtuosismo —como ese traveling doble homenaje a Spike Lee, cuando Hedda ve a Eileen por primera vez— que condensan toda la pulsión contenida de la película. También hay elecciones discutibles: el montaje es a ratos errático, la música de Hildur Guðnadóttir abusa de susurros y tensiones sonoras como si desconfiara de la fuerza dramática del guion, y la iluminación, especialmente en el banquete nocturno, resulta tan tenue que ciertos matices se pierden entre las sombras.

Y, sin embargo, lo que nunca pierde fuerza es el texto. DaCosta sabe que está reescribiendo una pieza maestra del teatro moderno, y lo hace con ironía, sensibilidad y furia contenida. Los diálogos están impregnados de dobles sentidos, alusiones sexuales, juegos de poder y manipulación psicológica. Hedda no es una mujer en busca de redención; es una mujer atrapada en un sistema que la exige decorativa y obediente. Su rebeldía es, entonces, hacer que todos se arrodillen a sus pies, aún sabiendo que la única salida es la autodestrucción.

La actuación de Tessa Thompson es magnética. Su Hedda es un animal enjaulado que no deja de sonreír mientras envenena el vino. Cada gesto, cada entonación, cada mirada fuera de campo está calculada para seducir, para humillar, para destruir. En su boca, hasta el aburrimiento suena elegante. Es la encarnación perfecta de esa frase que Ibsen nunca escribió, pero que define al personaje: “Lo que no puedo poseer, lo destruiré.”

Nina Hoss está a su altura. Construye a Eileen como una mujer fracturada que intenta reconstruirse en una sociedad que no le perdona ni su pasado ni su género. Su relación con Thea tiene algo de frágil esperanza, y su reencuentro con Hedda es como tocar una cicatriz aún abierta. Imogen Poots, por su parte, aporta una vulnerabilidad desgarradora a Thea, una mujer que intenta salvar a Eileen de sí misma y de Hedda, sin comprender del todo el juego en el que ha sido arrastrada.

En cambio, los personajes masculinos apenas tienen relieve. Tom Bateman hace lo que puede con un George Tesman convertido en accesorio narrativo, un esposo decorativo que representa todo lo que Hedda desprecia. Nicholas Pinnock como el juez Brack cumple su rol de voyeur social, pero sin la carga simbólica que debería tener. Quizá DaCosta quiso centrarlo todo en las mujeres, y en ese sentido, la película funciona como un universo cerrado donde los hombres son ruido de fondo.

El diseño de producción, a cargo de Cara Brower, es exquisito. Cada rincón de la casa parece hablar del alma de Hedda: habitaciones frías, pasillos infinitos, espejos que devuelven imágenes distorsionadas. La fotografía de Sean Bobbitt, aunque inconsistente, brilla en los momentos donde se permite ser expresiva: puertas entreabiertas, encuadres opresivos, espejos y reflejos que duplican y fragmentan la identidad.

Pero lo más fascinante de Hedda es cómo resignifica la represión emocional de su protagonista no como síntoma de neurosis individual, sino como reflejo de una sociedad que mutila a las mujeres que desean demasiado. En lugar de una tragedia clásica, DaCosta nos da un melodrama cruel y estilizado, donde el veneno es glamour y el deseo es arma.

El desenlace, aunque menos impactante que en la obra original, mantiene la carga simbólica: la mujer que no acepta ser domada, que no puede amar sin poseer, que no soporta perder el control, solo puede marcharse con un último golpe. No es una redención, es una declaración de guerra.

Al final, Hedda no es una película perfecta. Es una película valiente. Una que se atreve a explorar el deseo femenino con rabia y elegancia, que convierte un clásico en algo radicalmente contemporáneo, que reivindica el placer y el poder desde una mirada femenina y queer. En tiempos de remakes sin alma, es un goce ver una adaptación que no solo quiere reinterpretar, sino también incendiar.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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