Guillermo del Toro no rehace Frankenstein. Lo exhuma, lo honra, lo reescribe en fuego y escarcha. Su versión del clásico de Mary Shelley es una sinfonía visual de dolor, culpa y ternura que, más que reinventar el mito, lo interioriza. Lo toma de la mano y lo lleva por pasillos barrocos, laboratorios malditos, glaciares morales. Aquí no hay rayos caídos del cielo, sino tormentas íntimas. No hay ciencia descontrolada, sino hombres que no saben amar lo que crean.
Oscar Isaac interpreta a Victor Frankenstein con un fervor tan obsesivo que resulta casi ofensivo. Es un científico herido, hijo de un padre abusivo, marcado por la muerte de su madre y por una arrogancia que disfraza su miedo a ser olvidado. Este Victor no es simplemente un genio loco: es un profeta del dolor, un mártir de la vanidad científica. A su lado, Jacob Elordi —imponente, desgarrador— da vida a la criatura con una fisicalidad estremecedora, pero también con una dulzura que parte el alma. Nunca un monstruo fue tan humano, ni un humano tan monstruoso.
Del Toro estructura la narración con una elegancia que parece gótica pero respira modernidad. La historia comienza, como en la novela, en el Ártico, con el cazador y la presa intercambiando roles entre los témpanos. Pero pronto el relato retrocede, se descompone en confesiones, recuerdos, exilios interiores. Aquí no se trata de cómo se crea la vida, sino de qué se hace con ella una vez que respira.
A diferencia de versiones anteriores, Del Toro no teme lo melodramático, y por momentos roza lo meloso. Pero lo hace con la convicción de un director que ha dedicado su carrera a darle dignidad a los monstruos. Cada encuadre es una pintura: rojos intensos, sombras profundas, palacios ruinosos, laboratorios húmedos, confesionales en penumbra. La textura visual recuerda a Crimson Peak y The Shape of Water, pero también evoca el romanticismo pictórico de Caspar David Friedrich o las ilustraciones victorianas más febriles.
Lo más impactante es el cambio de perspectiva: en un giro que parece absurdo y brillante a la vez, la criatura toma la palabra. Y es ahí, en ese relato en primera persona, donde el filme late con más fuerza. El monstruo se descubre como un ser sensible, lector, curioso. Lo vemos acariciar un ratón con la ternura de quien jamás fue tocado con amor. Lo oímos cuestionar su identidad, maldecir su destino, implorar por un lugar en el mundo. La frase “soy un monstruo porque me hicieron así” ya no suena a cliché, sino a verdad universal.
Isaac y Elordi comparten una química brutal, como dos extremos de un espejo roto. Uno es el creador que no puede asumir su culpa; el otro, la criatura que paga por los pecados del otro. Entre ellos flota una tensión que coquetea con lo homoerótico, con lo incestuoso, con lo puramente trágico. Del Toro no lo subraya, pero lo deja vibrar en el aire, como los acordes de la partitura de Alexandre Desplat que envuelven cada escena con dolor elegante.
Mia Goth, en un rol más contenido, brilla en una escena que podría haber sido expandida: una confesión en la iglesia donde revela su rabia contenida hacia Victor. Es un momento de luz dentro del claroscuro del filme, una chispa de ironía en medio de la solemnidad. Christoph Waltz, por su parte, aporta una ambigüedad deliciosa como el benefactor Harlander: una figura que parece sacada de un cuento de Hoffmann y que pide “un pequeño favor” a cambio de financiar lo impensable.
Pero Frankenstein no es una historia de favores. Es una tragedia sobre límites cruzados, sobre dioses imperfectos y criaturas que pagan las consecuencias. Del Toro respeta la estructura de Shelley, pero le añade capas de violencia física —hay gore, sí, incluso belleza en lo macabro— y de dolor emocional. Cada cuerpo diseccionado, cada grito, cada traición, refuerza la idea de que el verdadero horror no es la muerte, sino el abandono.
Hay ecos de Whale, de Hammer, de la literatura gótica, de los grabados anatómicos del siglo XIX. Pero también hay algo nuevo, algo personal. Este es el Frankenstein que Del Toro soñó durante décadas, el que temía filmar porque “una vez hecho, ya no puedes soñarlo más”. Y sin embargo, lo ha hecho. Y sí, es monumental. Pero también es íntimo. Tan íntimo que, por momentos, duele.
Además, el filme está plagado de referencias a las múltiples adaptaciones previas, pero sin caer en el homenaje superficial. Aquí hay un respeto profundo por el material original, y una intención clara de actualizar su mensaje sin traicionarlo. El uso de efectos prácticos en lugar de CGI, la construcción de escenarios físicos, y la decisión de mantener una estructura clásica, alejan a este Frankenstein del pastiche posmoderno y lo acercan al cine como arte mayor.
En su acto final, Frankenstein se convierte en una ópera del dolor y la redención. Del Toro no teme abrazar lo cursi ni el melodrama, y lo hace con convicción. La relación entre Victor y su creación alcanza un clímax de intensidad emocional, cargado de simbolismo homoerótico e incestuoso, que no pretende escandalizar, sino explorar las capas más profundas del deseo, la soledad y la necesidad de conexión.
En medio del ártico, bajo un sol que nunca se pone, el monstruo finalmente se convierte en hombre. O al menos, en algo más humano que su creador.
En una época donde los remakes suelen ser productos sin alma, Frankenstein se erige como una obra de fe. No tanto en la ciencia, ni siquiera en el cine, sino en la capacidad de los monstruos para decirnos quiénes somos. Del Toro lo sabe: solo los que han sido temidos pueden comprender el miedo. Solo quienes han sido rechazados saben amar de verdad. Y solo quienes han sido heridos pueden crear algo que merezca la pena ser recordado.
Del Toro no esquiva la dimensión ideológica de la obra. Su Frankenstein está atravesado por temas como la intolerancia, la ambición científica sin ética, el patriarcado y la violencia heredada. Victor es víctima de un padre abusivo (interpretado por Charles Dance) y reproduce ese mismo ciclo con su creación. La criatura, a su vez, es excluida por una sociedad que no tolera la diferencia. Hay una lectura contemporánea en esta historia que dialoga con el presente: el miedo al otro, el rechazo a lo que no entendemos, la instrumentalización de la vida.




