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TIFF 2025: Crítica de ‘Blue Moon’ (2025): Linklater y Hawke firman una carta de amor amarga al arte.

Hay algo profundamente hermoso y trágico en ver a un artista enfrentarse a su ocaso sin perder el humor. En Blue Moon, Richard Linklater y Ethan Hawke construyen una elegía disfrazada de comedia, un suspiro de despedida entre brindis, monólogos y heridas que jamás cerraron. La película, estrenada en la Berlinale 2025, es todo lo que se espera de este dúo creativo: una conversación sobre el arte, el amor, el ego, la nostalgia… y sobre la imposibilidad de envejecer con gracia cuando el corazón aún cree que puede volver a empezar.

Ambientada en tiempo real durante la noche del 31 de marzo de 1943, Blue Moon nos sitúa en la legendaria Sardi’s Bar de Nueva York, mientras la ciudad celebra la premiere del musical Oklahoma! —la obra que marcaría el inicio del exitoso tándem Rodgers & Hammerstein y el fin tácito de la colaboración entre Richard Rodgers y el brillante pero inestable letrista Lorenz Hart. Hawke interpreta a Hart con una intensidad dolorosa, casi fantasmal. El hombre está vivo, sí, pero apenas; se tambalea entre la borrachera y la lucidez, entre la brillantez creativa y el despecho personal. Su voz, sus gestos, su caminar nervioso son los de alguien que sabe que está a punto de quedarse solo, pero se niega a aceptar que el show ha terminado.

Como es habitual en el cine de Linklater, el tiempo no es una línea recta sino un campo de juego. Si en Before Sunset y Boyhood nos llevó a través de décadas, aquí condensa el peso de toda una vida en 100 minutos, en una sola noche que lo contiene todo. La barra de un bar se convierte en teatro griego. El camarero (Bobby Cannavale) es confidente, testigo, juez. Los invitados llegan como fantasmas del pasado y del futuro. Y Hart, atrapado en ese limbo, habla, habla y vuelve a hablar. Pero lo que a veces parece un monólogo narcicista es, en realidad, un grito de auxilio.

Hay una escena particularmente devastadora en la que Hart se queda a solas con Elizabeth (Margaret Qualley), su joven musa. El diálogo entre ambos —lleno de ternura, desencuentro, silencios y frases suspendidas— revela la herida más profunda de Hart: no es solo la traición artística, sino la imposibilidad de ser amado como él necesita. Su amor es intenso, desbordado, inadecuado. Y Elizabeth, aunque le quiere, no puede corresponderle en esos términos. La cámara se detiene en los gestos mínimos: una mano que duda, una mirada que baja, una distancia que nunca se reduce.

Ethan Hawke domina cada instante como si estuviera interpretando una sinfonía emocional. Su Hart es vanidoso, brillante, ridículo, entrañable. Un hombre que se sabe más inteligente que todos en la sala, pero que no puede evitar sentirse más solo que ninguno. Andrew Scott como Richard Rodgers le da el contrapunto perfecto: elegante, contenido, pragmático. Entre ambos hay una tensión que no se resuelve, pero cuya existencia basta para sostener la tragedia.

El guión, escrito por Robert Kaplow —autor de Me and Orson Welles— es un festín de referencias culturales, chistes metateatrales, ataques a la mediocridad comercial y reflexiones sobre la naturaleza del arte. ¿Es mejor ser brillante y olvidado que exitoso y mediocre? ¿Es la simplicidad una traición al intelecto? ¿Puede el arte sobrevivir sin dolor? Blue Moon no responde, pero sabe formular las preguntas con una lucidez feroz.

La puesta en escena minimalista subraya el carácter teatral del relato. Linklater filma con respeto, casi con reverencia, consciente de que las palabras son las verdaderas protagonistas. Sin embargo, la estética digital —quizás demasiado plana— resta algo de calidez al conjunto. Por momentos, uno desearía sentir más la textura del humo, el brillo del bourbon, el crepitar de la nostalgia. Hay belleza en los encuadres, pero se echa de menos un poco más de alma visual.

Más allá del retrato de un artista en crisis, Blue Moon es también una película sobre la amistad, sobre los vínculos masculinos que se fracturan sin un motivo claro, sobre las alianzas que se disuelven sin que haya culpables. La relación entre Hart y Rodgers, como tantas otras en la historia del arte, se rompe no por odio, sino por evolución. Y eso, quizás, es aún más doloroso.

El título del film, claro, no es casual. Blue Moon, uno de los grandes estándares de la música popular, compuesta por Hart y Rodgers, habla de la soledad, del anhelo, del deseo de que algo —lo que sea— nos devuelva la fe. En el contexto de la película, la canción resuena como un eco constante. Cada personaje la lleva en el alma, aunque nunca suene explícitamente. Es el lamento de quienes saben que no volverán a ser lo que fueron.

Al final, Hart queda solo en la barra, mientras todos los demás se marchan hacia nuevos comienzos. El éxito le pasa por delante como un tren que ya no puede alcanzar. Y sin embargo, hay dignidad en su derrota. Porque incluso en su caída, sigue defendiendo la idea de que el arte debe ser incómodo, exigente, hermoso, cruel.

Blue Moon no es una película fácil ni complaciente. Tiene pasajes densos, redundantes, fragmentados. Pero es, sin duda, una obra viva, desafiante, necesaria. Un homenaje a los perdedores ilustres. A los que no supieron adaptarse. A los que eligieron el arte, aunque eso significara quedarse sin nadie.

Richard Linklater ha hecho muchos retratos del tiempo. Este es, quizás, uno de los más íntimos y tristes. Y Ethan Hawke, en una de las mejores actuaciones de su carrera, lo acompaña con una entrega que duele. Juntos firman una película que no es perfecta, pero que como su protagonista, se niega a ser olvidada.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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