viernes, marzo 6, 2026
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Michael Winterbottom revive el nacimiento de Israel a través de los ojos de ‘Shoshana’.

Michael Winterbottom no es un director que le tema a lo complejo. Lo ha demostrado con películas como The Road to Guantánamo, Welcome to Sarajevo o A Mighty Heart, donde la política, la historia y la vida íntima de sus personajes se entrelazan en paisajes de crisis y transformación. Con Shoshana, su nuevo largometraje, Winterbottom regresa a ese terreno que conoce bien: el del conflicto irresuelto, la memoria incómoda y las heridas abiertas del siglo XX.

En conversación exclusiva con Cocalecas, el cineasta británico desglosa las capas narrativas, históricas y personales que construyen esta ambiciosa historia situada en Tel Aviv, durante el ocaso del Mandato Británico en Palestina y el surgimiento del Estado de Israel. Pero Shoshana no es simplemente un drama histórico, sino una exploración de la intimidad en medio de la violencia, una mirada profunda sobre cómo el amor y la política pueden fundirse hasta volverse indistinguibles.

La protagonista es Shoshana Borochov (Irina Starshenbaum), hija de uno de los fundadores del laborismo sionista. Educada, periodista y moderna, Shoshana representa una generación de mujeres que no solo observa la historia: la escribe, la desafía, la confronta. En medio del caos político, inicia una relación con Tom Wilkin (Douglas Booth), un oficial británico encargado de investigar a los grupos armados judíos, incluido el Irgun, donde milita el hermano de ella. Lo que sigue no es una historia de amor prohibido al uso, sino un duelo de ideologías, una danza entre dos visiones del mundo que inevitablemente colisionarán.

Winterbottom revela que la chispa de este proyecto surgió en 2008, durante una visita a Jerusalén. “Encontré un libro sobre la era del Mandato Británico y me impresionó cuán poco se había contado esta historia desde un punto de vista personal”, nos dice. Su enfoque no es el del gran fresco épico, sino el de una historia atravesada por lo íntimo, por las dudas morales y las contradicciones humanas. Por eso, elige como punto de partida una figura como Shoshana, que no solo representa una postura política, sino una sensibilidad en medio del caos.

El film arranca con una secuencia poderosa: Shoshana narra con voz en off la historia de la región desde la caída del Imperio Otomano hasta el momento presente, mientras se entrelazan imágenes de archivo que contextualizan la tensión entre británicos, judíos y árabes. Lejos de ser un recurso didáctico, esta introducción sienta las bases para entender un territorio donde las alianzas son frágiles, y cada gesto —político o personal— tiene consecuencias que van más allá de lo privado.

La entrevista con Winterbottom profundiza en cómo construyó este equilibrio entre el relato amoroso y la tensión histórica. “No quería que la historia de amor se impusiera al contexto ni viceversa”, afirma. “Ambos están tejidos de forma que reflejen la imposibilidad de separar lo personal de lo político en tiempos de guerra.” Esta premisa se vuelve especialmente tensa cuando Shoshana, cada vez más frustrada por la violencia británica, empieza a cuestionar su relación con Tom. “Es una mujer atrapada entre el amor y la lealtad, entre la utopía de su padre y la brutal realidad del presente.”

La elección de Irina Starshenbaum para el rol principal fue, según el director, “instintiva pero precisa”. Su interpretación —contenida pero emocionalmente vibrante— dota al personaje de una fuerza silenciosa que crece a medida que la historia se complica. Winterbottom no duda en alabar su trabajo: “Irina entendió a Shoshana no solo como un símbolo, sino como una mujer que siente, se equivoca y se rebela.” Lo mismo ocurre con Douglas Booth, cuya interpretación de Tom Wilkin evita caer en la caricatura del “invasor” británico. Su personaje es más bien un observador atrapado en una estructura que ya no controla. Él intenta tender puentes, pero descubre que no hay neutralidad posible.

Uno de los momentos más comentados del film es la escena donde Shoshana, después de una noche con Tom, se prepara para visitar un kibutz. Él, aún en la cama, le pregunta si su grupo tiene armas. Ella responde que “es ilegal que los judíos porten armas”. Es una respuesta cargada de ironía y doble sentido que sintetiza el dilema del personaje: decir la verdad sin decirla, jugar el juego político incluso en el amor.

En el plano visual, Shoshana destaca por su tono sobrio y su ritmo mesurado, alejado del frenesí habitual de las películas bélicas. Winterbottom opta por la contención y el detalle, con una fotografía en tonos apagados que refuerza la sensación de nostalgia y peligro. “No quería estetizar la violencia ni romantizar el conflicto. El horror debía estar presente, pero sin volverse espectáculo”, nos explica. Incluso las escenas de acción —pocas, pero efectivas— están filmadas con una crudeza que impacta más por lo que sugiere que por lo que muestra.

Quizás el aspecto más polémico del film es su enfoque casi exclusivo en la tensión entre judíos y británicos, dejando fuera casi por completo la perspectiva árabe. Cuando le preguntamos sobre esta omisión, Winterbottom responde con honestidad: “Fue una decisión narrativa. Quise centrarme en cómo una comunidad trata de definirse frente a un poder colonial. Pero reconozco que esa otra historia también merece ser contada.” Aun así, en un contexto actual donde las narrativas sobre el Medio Oriente suelen polarizarse, Shoshana ofrece una visión matizada y crítica, consciente de sus propios límites.

En sus escenas finales, el film se aleja de la retórica y se concentra en lo humano. Shoshana —ya transformada por la guerra, la pérdida y la decepción— se une finalmente a una célula armada. Su última línea es devastadora: “Yo creía en el Israel de mi padre, donde árabes y judíos podían vivir juntos. Ya no lo creo. Pero sigo queriendo creer.” Es en ese momento cuando Shoshana trasciende su contexto histórico y se convierte en un espejo de nuestro presente: un retrato del desencanto, pero también de la necesidad inagotable de esperanza.

Michael Winterbottom ha creado una película que no pretende dar respuestas fáciles ni redimir a sus personajes. En cambio, nos entrega un retrato poderoso de una época donde todo estaba por definirse, y donde cada decisión, por mínima que fuera, podía cambiar el curso de la historia. Shoshana no solo es una mirada al pasado, sino una advertencia sobre los ciclos de violencia, sobre el precio del amor en tiempos de guerra, y sobre el peligro de olvidar que incluso en medio del fuego, todavía hay quienes desean construir puentes.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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