En la larga tradición del thriller erótico, el deseo nunca ha sido inocente. Desde el momento en que Glenn Close hirvió un conejo en Fatal Attraction, pasando por los jadeos sofocados de Sharon Stone en Basic Instinct, el género se definió por una tensión entre lo prohibido y lo inevitable. El sexo no es solo carne: es ruina, es vértigo, es ese paso en falso que transforma la atracción en amenaza. Por eso resulta especialmente frustrante que Pretty Thing, dirigida por Justin Kelly, quiera sumarse a ese linaje sin entender lo que lo hacía realmente inolvidable.
El filme —cuyo título original, The Bird and the Bee, prometía más complejidad y menos obviedad— se presenta como un thriller neo-noir al estilo de los noventa: luz tenue, siluetas al contraluz, fragilidad emocional envuelta en sofisticación. Pero bajo esa estética pulida se esconde un vacío emocional, una película que quiere provocar sin incomodar, seducir sin sudar.
Alicia Silverstone, ícono de los noventa, encarna a Sophie, una ejecutiva farmacéutica de éxito con un apartamento de revista en Manhattan y una vida emocional herméticamente sellada. No hay marido, ni hijos, ni mascotas. Sólo espacio. En un cóctel corporativo conoce a Elliot (Karl Glusman), un camarero melancólico con cara de cachorro abandonado y una madre controladora que lo retiene psicológicamente. Se cruzan miradas, comparten un porro en un callejón, y sin más preámbulos ella le da su número de habitación. Al poco tiempo están en París. Sexo sucede. Regresan a Nueva York. Más sexo. Y luego… el ghosteo.
Ese debería ser el momento donde Pretty Thing enciende su mecha. La obsesión toma el control. Las líneas se cruzan. El deseo se corrompe. Pero Kelly y el guionista Jack Donnelly parecen haber leído el manual del thriller erótico sin subrayar las partes importantes. Elliot empieza a merodear, a enviar mensajes, a invadir espacios, pero no hay escalada. No hay esa sensación de encierro, de paranoia, de amenaza creciente. No hay cocina con cuchillos brillando ni teléfonos que suenan como latidos delatores. Solo escenas incómodas, encuentros que se sienten más como una mala cita que como un descenso a los infiernos.
El intercambio de roles —una mujer poderosa acosada por un hombre joven y emocionalmente inestable— podía haber sido una apuesta interesante. Pero la película nunca se atreve a explorar las implicaciones de esa inversión. Silverstone, que deslumbró en su juventud con papeles provocadores como en The Crush, parece fuera de lugar aquí. Su Sophie es rígida, más armada por su guardarropa que por su carácter. Los trajes entallados y gabardinas austeras le dan el aire de un comercial de Calvin Klein sobre la soledad urbana, pero su lenguaje corporal no transmite deseo ni miedo. Solo incomodidad.
Glusman, por su parte, ofrece un Elliot más digno de lástima que de temor. A pesar de haber demostrado osadía en proyectos anteriores como Love de Gaspar Noé, aquí es un poema sin terminar. Habita el arquetipo del «hombre-niño» obsesionado sin añadirle profundidad ni peligro real. Su convivencia con una madre emocionalmente demandante, interpretada con intensidad por Catherine Curtin, podría haber sido una veta dramática poderosa, pero la película la abandona tan pronto como la presenta.
Y eso es, precisamente, el pecado capital de Pretty Thing: promete complejidad y entrega esquematismo. Cada subtrama que podría haber dado textura —la hermana de Sophie (una Tammy Blanchard enérgica), la amiga actriz de Elliot (Britne Oldford)— es introducida solo para desvanecerse en la niebla. En su lugar, nos quedamos con secuencias repetitivas y una atmósfera que nunca se convierte en amenaza.
Visualmente, el trabajo de Matthew Klammer en la fotografía intenta compensar la falta de tensión con una estética suave, casi onírica. Pero sin un pulso narrativo que lo sustente, se vuelve una postal que no dice nada. La edición, también a cargo de Kelly, contribuye a este efecto de dispersión, como si la película hubiera sido desmembrada antes de decidir qué historia contar. La música de Tim Kvasnosky es un suspiro constante que intenta sugerir peligro, pero solo subraya la falta de sustancia dramática.
En un contexto donde el cine podría dialogar más honestamente con los temas de poder, consentimiento y trauma femenino, Pretty Thing se limita a coquetear con ideas importantes sin comprometerse con ninguna. Su protagonista no tiene nada que perder: no hay familia, no hay prestigio que defender, y su acosador nunca parece una amenaza tangible. El resultado es un thriller que no da miedo, no calienta, y no se arriesga.
A diferencia de las cintas que marcaron el género, donde el deseo era un arma de doble filo y las consecuencias eran brutales, aquí todo se resuelve con una vaga nota de empoderamiento. Sophie toma clases de boxeo, se defiende, sobrevive. Pero cuando Elliot murmura en off que aún no ha superado lo suyo, la película parece querer hacernos creer que acabamos de presenciar algo impactante. Lo cierto es que terminamos sintiendo que nada cambió.
Pretty Thing no sólo es predecible: es olvidable. Un thriller erótico sin filo, sin pulso y sin alma. Lo más triste es que el cine todavía necesita películas que hablen del deseo con inteligencia, que mezclen lo sensual con lo peligroso sin caer en clichés. Esta no es una de ellas. Esta es, apenas, una sombra mal iluminada de algo que alguna vez fue una fantasía temida y deseada a la vez.




