Si en los años setenta el thriller político se empapaba de paranoia y sospecha institucional con clásicos como The Parallax View o All the President’s Men, el cine contemporáneo parece resignado a explotar ese universo con la lógica del entretenimiento más efímero. Heads of State, dirigida por Ilya Naishuller, es una buena muestra de ello. Concebida como un espectáculo de acción para Amazon Prime Video, esta comedia de espías de alta velocidad intenta encontrar un equilibrio entre sátira política, buddy movie y film de acción trepidante, pero lo que acaba entregando es una amalgama disonante de clichés, pantallazos verdes y una narrativa que se deshace en su propio ruido.
El planteamiento parece pensado para venderse con eficacia: John Cena interpreta a Will Derringer, exestrella de cine de acción devenido en presidente de los Estados Unidos. Su contraparte es Idris Elba como Sam Clarke, un primer ministro británico refinado, racional y con alergia a las extravagancias de su colega norteamericano. Desde su primer encuentro, el guion apuesta por la vieja fórmula del «pareja dispareja», lo cual podría haber funcionado si la película tuviera algo más que ofrecer que chistes reciclados y un ritmo narrativo que oscila entre lo histérico y lo somnoliento.
La historia arranca con un atentado contra el Air Force One, lo que obliga a los dos mandatarios a emprender juntos un accidentado trayecto para llegar a un encuentro de la OTAN. Por el camino, deben sobrevivir a un intento de asesinato orquestado por Viktor Gradov, un traficante de armas de manual interpretado por Paddy Considine. Junto a ellos viaja la agente del MI6 interpretada por Priyanka Chopra, quien lamentablemente queda reducida a una figura decorativa, destinada a lucir gesto adusto en cada escena, sin margen para desarrollar agencia dramática.
Desde su anterior trabajo, Nobody, Naishuller ha demostrado un cierto nervio para la acción, y en Heads of State hay destellos de eso: algunas secuencias de persecución tienen energía, la escena en el avión partido a la mitad ofrece tensión visual, y la edición intenta en todo momento mantener una vibración constante. Pero lo que en otros contextos podría haber sido adrenalina bien dosificada, aquí resulta en una sobrecarga de estímulos vacíos, como si el director no confiara en el material narrativo y decidiera llenar cada hueco con pirotecnia digital.
A nivel visual, el filme comete uno de los pecados más comunes en la producción para streaming: el abuso del fondo verde. La artificialidad de los escenarios —desde las calles europeas hasta los interiores de vehículos en movimiento— es tan obvia que rompe cualquier ilusión de inmersión. La iluminación plana y los efectos visuales mediocres parecen más propios de una serie barata que de una superproducción con aspiraciones globales. Es un cine que ya no busca suspender la incredulidad, sino simplemente retenerla el tiempo suficiente hasta que llegue el siguiente chiste o explosión.
La dupla Cena-Elba tiene química en pantalla, aunque el guión no les hace justicia. Cena explota su veta cómica con cierta destreza física, mientras que Elba trata de aportar dignidad a un personaje que a veces roza la caricatura. Lo que empieza como una rivalidad hilarante entre dos egos termina derivando en una camaradería predecible, pero funcional. Sin embargo, esa relación es lo único que sostiene emocionalmente una historia que se desploma en el resto de sus dimensiones.
El reparto secundario incluye nombres interesantes como Jack Quaid, Sarah Niles y Stephen Root, quienes logran momentos simpáticos pero también limitados por diálogos flojos. Las subtramas —como la historia de amor forzada o las intrigas palaciegas dentro de la OTAN— apenas son esbozos que buscan sumar minutos y no matices. El resultado es un relato que se presenta como sofisticado pero cuya estructura responde a una plantilla más cercana al videojuego episódico que al cine narrativo.
Hay también una dimensión ideológica problemática. En su intento de satirizar las dinámicas geopolíticas, Heads of State termina desplegando un discurso sospechosamente cercano a la retórica del nacionalismo populista: Estados Unidos como héroe solitario, la OTAN como carga inútil, y Europa como continente pasivo y aprovechado. Las referencias a Donald Trump y su narrativa del “America First” no son casuales. Aunque uno podría defender que se trata de parodia, la falta de distancia crítica y la literalidad del texto invitan a otra lectura, más incómoda, en la que el film se convierte en una apología inadvertida del aislacionismo americano más rancio.
En ese contexto, la película cae en la trampa de convertirse en un producto que se puede consumir con la vista distraída. El diseño narrativo prioriza la explicación verbal sobre la expresión visual, al punto que la historia podría seguirse sin prestar demasiada atención a la pantalla. Es una de esas producciones que funcionan más como ruido de fondo que como obra cinematográfica. Y si bien esto puede ser visto como un síntoma del nuevo lenguaje del streaming, también representa una degradación preocupante del pacto de atención entre cineasta y espectador.
Hay escenas en las que uno detecta destellos de una mejor película. El prólogo, que coquetea con el absurdo mientras introduce a Cena como presidente y parodia su pasado como estrella de acción, tiene encanto. Algunos intercambios cómicos entre Elba y Cena rozan el slapstick físico con inteligencia. Incluso la secuencia final, una persecución por las calles de Bruselas, tiene una energía juguetona que remite a las comedias de acción de los años noventa. Pero son momentos aislados, atrapados en una estructura que no les permite respirar.
Ilya Naishuller tiene oficio, eso es innegable. Pero su talento para la acción parece estar secuestrado por una producción que no sabe si quiere ser sátira política, blockbuster veraniego o demo técnica de efectos especiales. El resultado es una película que entretiene a ratos, pero que no deja huella. En un panorama dominado por algoritmos, Heads of State parece diseñada para rellenar catálogo y generar clics más que para contar una historia con alma.
No se trata de exigirle a una comedia de acción que sea Dr. Strangelove, pero sí se le puede pedir que tenga algo más que una sucesión de bromas mal rematadas, persecuciones genéricas y discursos vacíos. El cine como espectáculo no está reñido con la inteligencia ni con la emoción. Cuando ambas faltan, lo que queda es una experiencia ruidosa, pero
olvidable.
En última instancia, Heads of State es un recordatorio de cómo el cine político de gran presupuesto ha abandonado toda pretensión de reflexión para convertirse en un desfile de fuegos artificiales, con actores carismáticos tratando de salvar un guion que no les devuelve el favor. Puede que arranque carcajadas en algunos, y que otros celebren la química de sus protagonistas, pero difícilmente inspirará pasión o conversación duradera. Un pasatiempo olvidable con aspiraciones de viralidad. Y tal vez eso sea lo más preocupante.




