Desde su primera aparición cinematográfica en 1978 bajo la dirección de Richard Donner y con el imborrable rostro de Christopher Reeve, Superman ha atravesado décadas de cine como símbolo de idealismo, fortaleza y pureza moral. Pero también ha sido víctima de su propio mito: durante años, distintas versiones intentaron darle matices más oscuros o contemporáneos sin éxito duradero. Con Superman (2025), James Gunn —nuevo arquitecto del universo cinematográfico de DC— se atreve a hacer lo impensable: reiniciar la historia del Hombre de Acero sin negar, celebrando sus raíces mientras le da una energía renovada, fresca y emocionalmente vibrante.
La primera gran decisión brillante es David Corenswet como Clark Kent/Superman. Su interpretación no solo convence: reconcilia la ternura del reportero de gafas grandes con la imponente figura del superhéroe. Corenswet aporta un equilibrio difícil de lograr entre lo melancólico y lo humorístico, entre la vulnerabilidad del inmigrante solitario y el símbolo inquebrantable de justicia. Su físico recuerda inevitablemente a Reeve, pero su mirada tiene una sinceridad contemporánea que lo aleja del pastiche. Desde su primera escena —estrellándose como un meteorito en la gélida soledad del Ártico— queda claro que estamos ante un Superman herido, literal y figuradamente, que debe reconstruirse no solo físicamente, sino también frente a una humanidad que ya no lo ve como salvador, sino como amenaza.
Gunn, como guionista y director, arma una narración ambiciosa que coquetea con la sátira política, la crítica mediática y la identidad nacional, sin dejar de ser un espectáculo visual de alto calibre. En esta entrega, Superman interfiere en un conflicto entre dos naciones ficticias —Boravia y Janharpur— deteniendo una invasión militar, lo que desata un escándalo geopolítico. Su acción unilateral lo coloca en el centro de una tormenta mediática, avivada por Lex Luthor (un deliciosamente sádico Nicholas Hoult) quien lo pinta como una amenaza extranjera con agenda oculta. El uso del miedo y la propaganda para manipular la opinión pública convierte a Luthor no en un caricaturesco villano, sino en una metáfora peligrosamente real del poder desinformativo en tiempos de crisis.
Uno de los mayores aciertos del filme es devolverle al personaje el tono clásico, sin caer en la nostalgia ciega. El icónico tema musical de John Williams de 1978 aparece en tres momentos clave, elevando emocionalmente cada escena hasta el éxtasis cinéfilo. Y no se trata solo de un guiño superficial: Gunn utiliza la música como un hilo conductor de identidad, anclando emocionalmente al personaje y a la audiencia. Sin embargo, el trabajo de John Murphy y David Fleming en la banda sonora alterna entre brillante y errático, reutilizando fragmentos de Williams sin lograr una cohesión total. Es una metáfora clara de la película: por cada decisión inspirada, hay otra que coquetea con el exceso o lo superfluo.
Rachel Brosnahan, como Lois Lane, aporta una mezcla irresistible de inteligencia aguda, ambición profesional y vulnerabilidad emocional. Su química con Corenswet es palpable, y por fin se nos ofrece una relación Lois-Clark construida con complicidad real, más allá del juego de identidades. Skyler Gisondo, como Jimmy Olsen, destaca con un carisma torpe pero entrañable, y Edi Gathegi se roba escenas como Mr. Terrific, un personaje secundario que aquí tiene peso dramático y función narrativa real.
Quizás el elemento más inesperado —y entrañable— es Krypto, el perro de Superman, que aparece modelado visualmente según la mascota de James Gunn. A pesar de ser generado por CGI, el personaje tiene alma, timing cómico y se convierte, sin ironías, en uno de los pilares emocionales de la historia. Su fidelidad, ternura y valentía lo convierten en mucho más que un alivio cómico: es el espejo más puro del héroe.
No todo es perfecto. El clímax del filme, con una batalla extendida y algo repetitiva, peca de exceso. Las subtramas políticas se manejan con torpeza en ciertos momentos, y el conflicto entre Boravia y el resto del mundo suena más a parábola moral que a una construcción geopolítica verosímil. La película intenta abarcar demasiado: crítica social, sátira militar, comentario sobre la otredad, romance, humor y acción. Y aunque logra equilibrarse la mayor parte del tiempo, no todas las piezas encajan con la misma firmeza.
A pesar de ello, Superman destaca por algo que parecía perdido en el cine de superhéroes: corazón. Hay escenas que duelen, que conmueven, que hacen reír y otras que simplemente deslumbran. El diseño de apertura y cierre que remite al filme de Donner es una carta de amor al legado sin quedarse atrapado en él. Gunn encuentra una forma de rendir tributo sin quedarse en la emulación. Este Superman no solo vuela, sino que —por primera vez en mucho tiempo— nos eleva con él.
La decisión de filmar en formato 1.85:1, adaptado para pantallas IMAX, aporta una experiencia visual que privilegia la claridad, la escala humana y la grandeza épica sin sacrificar intimidad. Y como si hiciera falta más entusiasmo, la escena post-créditos es una de las más satisfactorias y sorpresivas del cine reciente.
En conclusión, Superman (2025) no es perfecta, pero sí profundamente necesaria. En una época donde el cinismo parece haber devorado el idealismo, James Gunn recupera el mito con una sonrisa, un puño en alto, y un perro blanco fiel al lado. Este no es solo el renacimiento de un personaje: es el regreso de una forma de contar historias heroicas sin cinismo ni ironía forzada. Puede que los escépticos encuentren grietas, pero para quienes aún creen que el cine de superhéroes puede ser arte con alma, Superman es un triunfo.




