domingo, marzo 15, 2026
$0.00

No hay productos en el carrito.

Los 5 mejores de esta semana

Related Posts

‘Shoshana’ (2024): Crítica de la intensa historia de amor y conflicto dirigida por Michael Winterbottom.

Hay películas que se arman con el pulso firme del historiador, otras con la sensibilidad del cronista enamorado del pasado. Shoshana, la nueva obra de Michael Winterbottom, se inscribe en ambos linajes, pero se desplaza con la melancolía de quien sabe que está contando una historia imposible de resolver. Ambientada en la Tel Aviv de los años treinta, cuando Palestina era aún un mandato británico y el conflicto entre judíos, árabes y colonizadores comenzaba a agitarse con fuerza, Shoshana se sitúa en el umbral de una tragedia que reverbera hasta nuestros días.

Winterbottom elige el amor como prisma para mirar la historia. Pero no un amor dulce ni redentor, sino uno cargado de contradicciones: entre la periodista sionista Shoshana Borochov y el detective británico Tom Wilkin, dos personajes que encarnan ideologías opuestas en un territorio en combustión. En esa elección reside el gesto más audaz —y también más problemático— de la película.

El director inglés, conocido por filmes como Welcome to Sarajevo o The Road to Guantanamo, ha trabajado antes con conflictos históricos complejos. Sin embargo, aquí decide concentrarse en un relato íntimo, entrelazado con una narrativa geopolítica que exige rigor y profundidad. Shoshana comienza con una extensa narración en voz en off —casi siete minutos de introducción contextual— que sienta las bases de un relato que pretende abarcar demasiado en dos horas. Aun así, la película encuentra momentos de gran intensidad dramática gracias a la solidez de su protagonista y a la constante tensión entre deseo y deber.

Irina Starshenbaum, como Shoshana, ofrece una actuación magnética, más contenida que apasionada, pero capaz de transmitir el conflicto interno de una mujer atrapada entre su vocación política y una atracción genuina por un hombre del bando contrario. Shoshana no es una figura romántica tradicional. Es una intelectual con ideales socialistas heredados de su padre, Ber Borochov, uno de los padres fundadores del sionismo laborista. Desde su posición, rechaza tanto la violencia del Irgún como los métodos brutales de la administración británica, pero no por eso deja de estar inmersa en el juego de poder y espionaje que define la era.

La relación entre Shoshana y Tom Wilkin (Douglas Booth) es tratada con un tono casi clínico. Hay deseo, sí, pero también desconfianza, resignación, ironía. Wilkin, por su parte, es un personaje ambiguo, atrapado entre su rol de policía colonial y una creciente fascinación por la cultura hebrea. Ha aprendido el idioma, frecuenta a los locales, pero no deja de ser el brazo ejecutor de un sistema represivo. Su jefe, Geoffrey Morton (Harry Melling, impecable), representa el extremo opuesto: un imperialista frío y calculador, capaz de ordenar torturas o asesinatos sin pestañear. En su dureza se revela una lógica que, aunque repulsiva, Winterbottom no suaviza.

Tal vez el mayor mérito de Shoshana sea su insistencia en las zonas grises. Nadie aquí es completamente inocente. La protagonista defiende una visión utópica de convivencia judeo-árabe, pero no duda en mantener vínculos con miembros del Irgún, el grupo paramilitar que practica atentados contra civiles. En una de las escenas más significativas, Wilkin le pregunta si sabe disparar. Ella responde, sin titubeos: “Soy una excelente tiradora”. La tensión entre lo que se dice y lo que se omite es una constante en su vínculo.

Desde el punto de vista visual, la película opta por una paleta apagada, con tonos tierra y cielos desvaídos, que refuerzan la sensación de decadencia moral. Aunque filmada en Italia, la recreación de Tel Aviv resulta creíble gracias a la atención al detalle en la arquitectura Bauhaus y al vestuario de época. Las secuencias de acción son escasas pero contundentes, especialmente aquellas que involucran atentados o persecuciones en las calles angostas de la ciudad. La cámara de Giles Nuttgens se mueve con nervio, pero sin caer en el efectismo.

Sin embargo, el mayor punto débil del film es su falta de profundidad emocional en el eje romántico. La relación entre Shoshana y Wilkin se construye más en lo discursivo que en lo carnal. Hay una notable ausencia de química, y la única escena de sexo entre ambos parece forzada, como si la historia la exigiera pero los cuerpos no la reclamaran. En este sentido, la pasión que debía sostener la tensión narrativa se siente más como una idea que como una experiencia vivida. Y eso resta fuerza al drama.

Lo que sí funciona con solvencia es el retrato de la Palestina del mandato británico como un hervidero de tensiones políticas, culturales y étnicas. Winterbottom utiliza material de archivo con inteligencia, insertando imágenes documentales de manifestaciones, atentados y desplazamientos, para anclar su ficción en una realidad más amplia. El filme también hace eco de debates contemporáneos —la ocupación, la resistencia, el terrorismo, la identidad— sin forzar paralelismos explícitos.

Hay momentos de gran lucidez, como cuando Shoshana confronta a un alto funcionario británico sobre la ejecución de un joven terrorista judío. Ella no defiende sus métodos, pero entiende que matarlo lo convertirá en mártir. En otra escena, sugiere que la violencia —de un lado o del otro— sólo genera más violencia. Son frases que resuenan, especialmente en el contexto actual de Oriente Medio, pero que también encierran una amarga impotencia. El film no ofrece soluciones ni redenciones, y quizás ahí radica su mayor honestidad.

Shoshana no es una obra perfecta. Su ambición narrativa excede su tiempo de metraje. Sus personajes, en especial los árabes, quedan relegados a un segundo plano, lo que resta complejidad a un conflicto que clama por más voces. Pero, a pesar de sus limitaciones, es una película valiente, que no teme adentrarse en un terreno minado y que pone en escena una historia tan específica como universal: la del amor que intenta florecer en tierra hostil.

En el epílogo, la voz de Shoshana recuerda el sueño de su padre: un Israel donde judíos y árabes convivieran en paz. La cámara la muestra mientras se une a una célula armada. El ideal se desvanece, pero la memoria persiste. Y en esa grieta entre el anhelo y la realidad, Winterbottom siembra su última pregunta: ¿es posible amar en medio del conflicto, sin convertirse en parte de él?

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

Artículos Populares