viernes, marzo 6, 2026
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Critica a ‘Tornado’ (2025): Una fábula samurái en tierra de forajidos.

En el mundo del cine contemporáneo, pocos cruces de género se sienten tan orgánicos como el que propone Tornado, la nueva película de John Maclean. En ella confluyen el western crepuscular, el drama samurái y el relato de maduración femenina, todo encapsulado en un envoltorio visual exquisito que transforma la violencia en coreografía emocional y el paisaje en protagonista.

Ambientada en la Gran Bretaña de 1790, la cinta se aleja de la pátina histórica convencional para proponer una relectura estilizada, pero sobria, de un tiempo y un espacio en tránsito. Aquí, los caballos todavía preceden a las armas de fuego, pero el acero de las espadas ya anuncia su obsolescencia. En ese espacio liminar emerge Tornado, una joven mestiza, hija de un titiritero japonés y una madre ausente, que es a la vez víctima, heroína y símbolo del desarraigo.

Maclean, que ya había demostrado un dominio del western revisionista con Slow West, regresa con un proyecto más ambicioso y depurado. Su colaboración con el director de fotografía Robbie Ryan rinde frutos desde la primera escena. La cámara se planta con firmeza, inmóvil ante los movimientos frenéticos de los personajes, haciendo de cada plano una pintura otoñal: las colinas escocesas envueltas en neblina, los bosques donde se esconde la muerte, las casas señoriales que resguardan tanto refugio como amenaza. La fotografía no embellece por sí sola, sino que inscribe a los personajes en un paisaje que los sobrepasa, que los observa, casi como una fuerza ajena pero omnipresente.

La película inicia a mitad de un conflicto: Tornado (interpretada por Kōki con una mezcla de candor y fiereza admirable) huye junto a un niño, con un botín robado, mientras una banda de criminales encabezada por el brutal Sugarman (Tim Roth, en una de sus composiciones más cínicas y contenidas) la persigue. No sabemos aún qué ha ocurrido, pero la tensión es inmediata, casi física. Maclean decide que la información no es tan relevante como el movimiento, y así construye una primera secuencia de persecución donde cada paso pesa, cada plano se extiende como una cuerda que se tensa pero nunca se rompe.

A medida que la historia avanza, la estructura fragmentada cobra sentido: lo que parece una fuga sin contexto pronto revela un acto de traición, una venganza que viene de una presentación de marionetas y una oportunidad de redención manchada por la sangre. Tornado y su padre, Fujin (Takehiro Hira), forman parte de una troupe itinerante que lleva historias de honor samurái a un público británico fascinado y a la vez indiferente. En una escena clave, los títeres de padre e hija simulan una batalla en la que uno de ellos muere, liberando una cinta roja que se desenrolla como sangre metafórica. Más adelante, el cine imitará al teatro y esa imagen se convertirá en premonición.

El guion, coescrito por Maclean y Kate Leys, dosifica con inteligencia los diálogos, manteniendo la película en un constante equilibrio entre lo explícito y lo sugerido. No hay monólogos explicativos, no hay exposiciones forzadas. Cuando Fujin aconseja a su hija con frases como “aprende a esperar”, lo hace desde la fábula, desde la tradición oral. Tornado, sin embargo, es hija de un mundo que ya no cree en el tiempo ni en la espera. La modernidad —ese monstruo silencioso— ya está aquí.

Uno de los logros más notables de Tornado es su diseño de personajes. Cada miembro de la banda de Sugarman lleva un nombre que parece extraído de una historieta macabra: Squid Lips, Lazy Legs, Kitten. Son arquetipos deformados, figuras grotescas que, sin embargo, eluden el ridículo y se instalan en la memoria. Jack Lowden como Little Sugar, el hijo de Sugarman, compone a un joven ambiguo, cuya lealtad fluctúa entre la obediencia a su padre y la fascinación silenciosa por la chica que persiguen. Es en esos gestos contenidos, en esas miradas cruzadas, donde el filme encuentra una sutileza emocional que trasciende el artificio.

La violencia, aunque esporádica, resulta contundente. Al estilo de los grandes clásicos del chambara japonés, Maclean opta por mostrar la espera antes del golpe, la tensión acumulada antes del estallido. Cuando llega la sangre, lo hace con la rapidez de un tajo certero. Nada de coreografías exageradas ni ralentizaciones efectistas. Cada enfrentamiento parece decidido de antemano, como si el destino ya hubiera escrito sus reglas.

La música de Jed Kurzel merece mención aparte. Su partitura, contenida y atmosférica, se funde con los sonidos naturales para generar una textura sonora que acompaña sin subrayar. En momentos claves —especialmente en el último tercio del filme—, Kurzel introduce notas graves que anticipan lo inevitable: la caída, la pérdida, la transformación.

Kōki, en su primer papel verdaderamente protagónico, carga con el peso emocional del relato sin perder nunca la compostura. Su Tornado es frágil, sí, pero también indomable. Hay en su mirada algo de Toshiro Mifune y algo de Natalie Portman en Léon, una rabia contenida que brota solo cuando ya no hay otra salida. Su viaje no es solo geográfico; es un tránsito hacia la identidad, hacia la adultez, hacia la muerte simbólica de la niña que fue.

El clímax de la película, aunque previsible en términos narrativos, se construye con una elegancia visual poco común. No hay discursos triunfales ni resoluciones felices. Tornado sobrevive, pero no sale ilesa. Ha perdido algo más que a su padre, ha enterrado una parte de su infancia bajo la tierra húmeda donde también ocultó el oro.

Tornado no es una película para todos. Su ritmo pausado, su tono melancólico y su escasa pirotecnia pueden alienar a quienes buscan acción inmediata. Pero para el espectador paciente, atento al detalle, dispuesto a sumergirse en una historia donde las marionetas hablan más que los humanos y los paisajes gritan más que las palabras, es una experiencia cinematográfica profundamente satisfactoria.

John Maclean ha vuelto con una obra que no pretende reinventar el cine de género, pero que lo aborda con respeto, inteligencia y una sensibilidad que lo eleva. Tornado es, como su protagonista, una fuerza que se desata en silencio, pero deja cicatrices que perduran. Y al final, cuando la voz de Kōki pronuncia con firmeza “Tornado, recuerda mi nombre”, uno no puede hacer más que asentir. Porque sí, la recordaremos.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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