sábado, marzo 7, 2026
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El viaje iniciático de Vincent Paronnaud en ‘Into the Wonderwoods’: fantasía, infancia y resistencia ecológica.

Vincent Paronnaud es uno de esos nombres que, aunque discretos fuera del circuito cinéfilo europeo, llevan décadas redefiniendo los límites del lenguaje visual. Codirector del célebre Persepolis (2007) junto a Marjane Satrapi, Paronnaud —también conocido bajo su alias artístico Winshluss— regresa con una obra profundamente íntima y visualmente audaz: Into the Wonderwoods, codirigida con Alexis Ducord y basada en su propio cómic Dans la forêt sombre et mystérieuse.

La película, presentada en festivales como Cannes, Annecy y el Seattle International Film Festival, es una aventura animada que trasciende lo infantil para hablarle a todas las generaciones. A través del personaje de Angelo, un niño de diez años que se pierde en un bosque mientras intenta reencontrarse con su familia, Paronnaud construye una fábula contemporánea sobre la identidad, el valor y la urgencia de proteger la naturaleza.

Un bosque como espejo del alma

La premisa podría parecer sencilla: un niño se pierde en el bosque y debe encontrar el camino de regreso. Pero el bosque de Into the Wonderwoods no es solo un entorno físico, sino un espacio simbólico donde todo puede suceder. Criaturas fantásticas —algunas entrañables, otras grotescas— emergen como proyecciones del inconsciente infantil y del estado del mundo. Ultra, el villano de la historia, representa una fuerza devoradora y maquinal, una metáfora del capitalismo que arrasa con todo lo orgánico. No hay sutileza aquí: el mensaje es claro y frontal, pero no por eso menos poético.

En nuestra conversación con Paronnaud, confiesa que su intención no fue crear una película “ecológica” en el sentido panfletario del término, sino construir una obra donde la conexión entre el ser humano y su entorno natural se muestre como algo esencial, inevitable y profundamente espiritual. “El bosque es un personaje en sí mismo”, nos dice, “un lugar donde el niño aprende lo que no aprendería en la escuela ni en casa. Un lugar de verdad.”

Estética híbrida y rebeldía visual

Desde lo formal, Into the Wonderwoods es también un manifiesto contra la homogeneización estética de la animación contemporánea. En un momento en que muchas películas animadas apuestan por el realismo digital o la uniformidad visual, Paronnaud y Ducord decidieron arriesgarlo todo con una técnica híbrida: modelado 3D con texturas que imitan el stop-motion, escenarios diseñados con motores de videojuegos y una paleta que mezcla lo orgánico con lo surreal.

El resultado es una cinta que parece salida de un sueño febril de Hayao Miyazaki, cruzado con los delirios lisérgicos de Terry Gilliam. Cada criatura, cada árbol, cada sonido parece tener vida propia. Paronnaud señala que trabajar con Unreal Engine les permitió “escapar del render convencional” y devolverle a la animación esa capacidad de sorpresa artesanal que tanto se echa de menos en las superproducciones.

Cine para niños… que trata a los niños como seres inteligentes

Uno de los mayores logros de la película —y del cine de Paronnaud en general— es que nunca subestima a su público. Aunque está dirigida a una audiencia familiar, Into the Wonderwoods rehúye del tono condescendiente. No edulcora el peligro, no evita la ambigüedad moral, no teme mostrar el miedo ni el dolor. Como El viaje de Chihiro o El principito, esta es una historia que respeta la inteligencia emocional de la infancia.

“Los niños entienden más de lo que creemos”, dice el director. “La fantasía no es evasión. Es una manera de enfrentarse al mundo con preguntas más grandes que las que los adultos están dispuestos a formular.”

En un momento de la película, Angelo se enfrenta a una criatura que le dice: “Los adultos olvidan lo que es tener miedo de verdad.” Esa línea, sencilla y poderosa, condensa el corazón de la obra: la infancia no es solo un período de fragilidad, sino un territorio de lucidez.

Un cuento urgente

Más allá de su belleza visual y su imaginación desbordante, Into the Wonderwoods es una advertencia: sobre el olvido, sobre la desconexión con lo esencial, sobre la urgencia de reconectar con lo vivo. En tiempos de crisis climática y ansiedad colectiva, esta película recuerda que el arte, especialmente el dirigido a los más jóvenes, tiene una responsabilidad ética: sembrar la semilla de una nueva sensibilidad.

Vincent Paronnaud lo resume con una frase que nos deja resonando: “Si salvamos los bosques, quizás los bosques nos salven a nosotros.”

No es solo una película para ver. Es una película para recordar. Y, sobre todo, para volver a sentir.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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