viernes, marzo 6, 2026
$0.00

No hay productos en el carrito.

Los 5 mejores de esta semana

Related Posts

Cannes 2025: Critica a «Two persecutors» (2025) de Sergei Loznitsa.

Una fábula de piedra sobre justicia y miedo

Hay películas que gritan, otras que susurran, y unas pocas —muy pocas— que observan en silencio, con la mirada fija y el juicio suspendido, dejando que el espectador se hunda en la experiencia como en una celda sin ventanas. Two Prosecutors, la más reciente obra de Sergei Loznitsa, pertenece a esta última categoría. No es una película que intenta conmover ni provocar catarsis. Es una disección helada, meticulosa y profundamente incómoda de los engranajes invisibles del terror burocrático. Y, como tal, es devastadora.

Situada en la Unión Soviética de finales de los años 30, Two Prosecutors no se dedica a ilustrar el horror estalinista con imágenes grandilocuentes o escenas de brutalidad física. En cambio, Loznitsa recurre a la arquitectura del miedo: pasillos interminables, escritorios sobrecargados de papeles, silencios asfixiantes, miradas evitadas. Cada plano —fijo, prolongado, casi inmóvil— se convierte en una pieza más de un rompecabezas que nunca termina de armarse, porque la verdad en esta historia no es algo que pueda encontrarse: es algo que ha sido cuidadosamente destruido.

La historia gira en torno a Kornyev, un joven fiscal que se ve empujado a la acción cuando recibe una carta escrita con sangre por un prisionero llamado Stepniak. La carta no solo describe torturas sistemáticas en un campo del NKVD (la temida policía secreta soviética), sino que lo desafía moralmente: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar alguien que cree en la ley, cuando la ley misma ha sido secuestrada?

Kornyev, interpretado con contención absoluta por Aleksandr Kuznetsov, no es un héroe ni un mártir. Es un funcionario atrapado entre dos fuegos: su conciencia ética y el sistema que lo alimenta. A medida que avanza su investigación —una palabra que aquí significa “moverse milimétricamente en dirección contraria al abismo”—, se enfrenta a la pasividad de sus colegas, a las evasivas de sus superiores y, finalmente, a su propia impotencia.

La segunda figura clave es el fiscal veterano, figura espectral que representa el cinismo institucionalizado. No necesita alzar la voz ni amenazar directamente. Su poder reside en la sugerencia, en la advertencia implícita, en el conocimiento de que toda desviación del guión oficial conlleva consecuencias invisibles pero definitivas. Si Kornyev es la posibilidad de conciencia, este otro fiscal es la aceptación resignada de la mentira como base del orden.

Loznitsa, reconocido por su aproximación documental incluso en sus ficciones, construye la película desde la quietud. Cada escena parece esculpida en piedra: encuadres fijos, duración prolongada, iluminación sombría. Esta elección no es gratuita. La falta de movimiento, el estatismo visual, refleja la parálisis moral e institucional de un país donde la verdad no sirve de nada y la acción honesta puede costar la vida.

El montaje rehúye el ritmo convencional. Aquí no hay música incidental que guíe las emociones, ni cortes rápidos que estimulen la tensión. La angustia nace del tiempo. El espectador es obligado a habitar el mismo espacio que los personajes, a respirar con ellos, a escuchar el zumbido del ventilador, el crujido del papel, el eco de las palabras vacías. La claustrofobia no proviene de muros físicos, sino de estructuras simbólicas que oprimen con igual eficacia.

La paleta de colores es otra aliada de la narrativa. Dominada por grises, marrones y ocres, la imagen transmite una atmósfera de desgaste, de rutina institucional que ha reemplazado la vida por trámites. Incluso los exteriores —escasos pero reveladores— están privados de vitalidad. No hay primavera en esta película. Todo es invierno mental.

Uno de los gestos más radicales de Two Prosecutors es su negativa a ofrecer alivio o esperanza. No hay resolución. No hay justicia. No hay verdad. Y, sin embargo, esto no equivale a nihilismo. Al contrario: la película funciona como una advertencia. No de lo que puede pasar, sino de lo que ya ha pasado —y podría volver a pasar— si se abandona la vigilancia ética.

El drama no es solo individual. Kornyev no sufre únicamente por lo que descubre, sino por lo que intuye que no podrá cambiar. Su intento de hacer lo correcto es constantemente saboteado por un sistema que se protege a sí mismo, que ha perfeccionado el arte de la omisión y ha convertido la indiferencia en una virtud cívica. Es este aspecto el que hace de Two Prosecutors una película profundamente política sin necesidad de proclamas ideológicas.

En un mundo donde el exceso de información nos insensibiliza y la indignación se diluye en ciclos de 24 horas, Loznitsa propone lo opuesto: ralentizar, detenerse, mirar. El horror aquí no es espectacular. Es ordinario. Y eso lo hace aún más inquietante.

El gran logro de Two Prosecutors es revelar cómo funciona el poder cuando ya no necesita mostrarse. Aquí no hay fusilamientos en masa ni escenas de tortura explícita. En su lugar, hay sellos, firmas, expedientes que desaparecen. La violencia es burocrática, estructural, administrada por hombres que se convencieron de que cumplir órdenes es más seguro que pensar.

La carta escrita con sangre —el punto de partida de la historia— es, en este contexto, un gesto de desesperación radical. No porque revele un crimen, sino porque asume que alguien aún podría escuchar. Lo que la película demuestra con cruel precisión es que, para el aparato estatal, esa carta no es una prueba: es una amenaza. Una anomalía que debe ser neutralizada.

Y lo logra. Porque la estructura del terror estalinista —como tantas otras formas de autoritarismo— no necesita convencer a todos, solo necesita que la mayoría no haga preguntas. Y eso es lo que se escenifica aquí: una serie de hombres obedientes, cínicos o simplemente asustados, cada uno justificando su pasividad con una mezcla de pragmatismo y autodefensa.

En tiempos donde la verdad es manipulada, la historia reescrita y el poder centralizado con cada vez menos resistencia, Two Prosecutors resuena con una urgencia incómoda. No es un filme fácil. No entretiene, no consuela, no redime. Pero nos confronta. Nos obliga a pensar en qué haríamos nosotros, no como héroes, sino como engranajes dentro de una maquinaria más grande que nuestra conciencia.

En su cine, Sergei Loznitsa no busca respuestas. Le interesa el espacio entre la pregunta y el silencio. Y es ahí donde esta película habita. En esa pausa inquietante donde la justicia titubea, la verdad se pierde, y el miedo se convierte en norma.

Una obra de gran rigor estético y filosófico, Two Prosecutors es, al mismo tiempo, testimonio, advertencia y epitafio. Un cine que no se arrodilla ante la emoción, pero que sacude el alma con su mirada firme, austera y necesaria.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

1 COMENTARIO

Los comentarios están cerrados.

Artículos Populares