La ciudad de Oakland, en 1987, hierve como una olla a presión: entre grafitis, peleas callejeras, batallas de rap y duelos en canchas de baloncesto, cuatro historias vibrantes se entrelazan en Freaky Tales, una película tan impredecible como su título sugiere. Dirigida por Anna Boden y Ryan Fleck, esta es una carta de amor a una ciudad marcada por la rebeldía, la música y la resistencia. Pero también es una película de géneros cruzados, donde cada segmento es un experimento narrativo: hay drama, acción, sátira, musical y hasta kung-fu. En manos menos hábiles, esto podría haber sido un desastre. Pero Freaky Tales es todo menos eso.
Desde sus primeras escenas, la película establece su tono: desenfrenado, estilizado y orgullosamente absurdo. Pero bajo su estética de cómic urbano, hay un corazón que late con fuerza. Y aunque la película no siempre logra cohesionar todas sus partes, la experiencia total es tan singular y cargada de energía que resulta imposible ignorarla.
La primera historia nos sumerge en el mítico club punk 924 Gilman, conocido por su papel fundamental en el surgimiento de bandas como Green Day. Aquí, un grupo diverso de adolescentes y artistas se enfrenta a una amenaza familiar: los skinheads neonazis que han llegado para imponer el miedo. La narrativa avanza como un relato pulp con estética de fanzine: cámaras en mano, cortes abruptos, música acelerada. La violencia estalla en un estallido de color y sudor que parece sacado directamente de un panel de cómic underground. Es una declaración de principios: en Freaky Tales, la ciudad pertenece a los que se atreven a defenderla.
La segunda historia gira en torno a Barbie (interpretada con firmeza y carisma por Dominique Thorne) y Entice (Normani, en un debut sólido), dos aspirantes a raperas que quieren abrirse paso en la escena hip-hop dominada por hombres. La acción se desarrolla en Sweet Jimmie’s, un club donde la leyenda del rap Too $hort reina como figura intocable. Enfrentarse a él en una batalla lírica no solo es un riesgo profesional, es un acto de desafío cultural. Este segmento combina el drama de una historia de superación con la vitalidad de una cinta musical: los versos fluyen con rabia y poesía, las coreografías de cámara acompañan cada golpe de rima, y la tensión crece hasta un clímax explosivo. Aquí, la película encuentra una de sus voces más potentes: la de las mujeres que, contra todo pronóstico, reclaman el centro del escenario.
La tercera historia introduce a Pedro Pascal como Clint, un cobrador de deudas con una conciencia en ruinas. Clint es un personaje al borde de la redención, alguien que ha cometido demasiados errores como para fingir que puede volver atrás, pero que aún cree que puede hacer lo correcto… al menos una vez más. Este episodio baja el ritmo, ofreciendo una pausa más introspectiva. Pascal, en una de sus actuaciones más sutiles y contenidas, aporta una humanidad que equilibra la exageración del resto del film. Aquí la violencia no es solo espectáculo: es un reflejo del pasado que Clint no puede borrar. Este segmento se siente como un neo-western urbano, donde la redención no se encuentra en los templos ni en los libros, sino en las calles y callejones donde los pecados del ayer siguen respirando.
Y luego está el final: un desmadre glorioso que se atreve a transformar una actuación histórica en la NBA —la noche en que Sleepy Floyd anotó 51 puntos contra los Lakers— en una fantasía de venganza épica. Jay Ellis interpreta al jugador como si fuera un monje shaolin, enfrentando a sus enemigos no solo con habilidad deportiva, sino con artes marciales. Lo que debería ser una parodia se convierte en una celebración del poder catártico del deporte, de la imaginación y de la posibilidad de que, por una noche, lo imposible pueda ser real. Es el cierre perfecto para una película que ha venido desafiando las reglas desde su primer minuto.
Uno podría argumentar que las conexiones entre estas historias son mínimas, más temáticas que narrativas. Oakland es el nexo, sí, pero no hay una línea dramática que una a todos los personajes. Y, sin embargo, hay algo profundamente coherente en la forma en que Freaky Tales retrata a sus protagonistas: todos son inadaptados, luchadores, soñadores. Todos creen —a su manera— que pueden cambiar su destino. Esa fe compartida le da al filme una columna vertebral emocional que trasciende su estructura episódica.
Visualmente, la película es un festín. La fotografía cambia de textura entre segmentos, adaptándose al tono de cada historia. La música, omnipresente, no solo acompaña la acción: la define. Desde el punk hasta el hip-hop, pasando por los sintetizadores ochenteros y las melodías soul, Freaky Tales suena como la ciudad que retrata: contradictoria, explosiva, viva.
Por momentos, la violencia estilizada puede parecer excesiva. Hay secuencias que coquetean con la gratuidad, que sacrifican el realismo emocional en favor del espectáculo visual. Pero incluso en esos momentos, la película mantiene un sentido de propósito. No se trata solo de ver sangre o puños volando; se trata de liberar tensiones históricas, sociales y personales a través de la narrativa. En un mundo donde tantos se sienten sin voz, Freaky Tales grita por ellos.
Anna Boden y Ryan Fleck, conocidos por trabajos más contenidos como Half Nelson o Captain Marvel, se reinventan aquí como contadores de historias sin freno. La ambición formal es evidente, y aunque el riesgo narrativo no siempre paga dividendos, la experiencia cinematográfica es refrescante, provocadora y profundamente original.
Freaky Tales no es una película para todos los gustos. Es ruidosa, caótica, descarada. Pero también es audaz, humana y hecha con un amor genuino por la ciudad y sus historias olvidadas. En una época donde muchas películas parecen hechas en serie, esta es una que no se parece a ninguna otra.