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Critica a “The Killing of a Sacred Deer” (2017) de Yorgos Lanthimos

Ruben Peralta Rigaud

Steven (Colin Farrell) es un brillante cirujano cardíaco, está casado con Anna (Nicole Kidman), una excelente oftalmóloga, con quien tiene dos hijos, Kim (Raffey Cassidy) y Bob (Sunny Suljic). Durante algún tiempo, ha tomado secretamente bajo su ala a un misterioso adolescente llamado Martin (Barry Keoghan). Una vez más, el cineasta griego compone un escenario increíble, alimentado por la sátira y lo absurdo. Burlándose de la burguesía, presenta a los personajes con una gran autoestima y los coloca frente a un espejo. Sin poder enfrentarse entre sí para aceptar el riesgo de perder el equilibrio, estos revelan su verdadera naturaleza, ya que por una determinada situación, se ven obligados a actuar en calidad “divina”.

El griego Yorgos Lanthimos sube el volumen a su perturbadora narrativa. Después de “DogThooth”, “Alps” y “The Lobster” esta nueva película lo coloca al lado de grandes directores modernos, navegando entre varios temas pero siempre con un norte. “The Killing of a Sacred Deer”, su segunda película en inglés, se inspira en la mitología griega de la tragedia de Eurípides ‘Ifigenia en Áulide’ presentada como metáfora de venganza, dentro de una atmosfera opresiva y tenue, pero también endiabladamente entretenida. Lanthimos está vinculado a una trama de terror  muy simple y le da a la misma, así como a la puesta en escena, una pequeña preferencia a lo surrealista. Nunca pierde la referencia a la realidad, sino que brota de la crueldad arcaica dentro de un estilo particular para crear una cruel premisa: un padre debe sacrificar a uno de sus hijos con el fin de prevenir un desastre aún peor. El director envuelve a los espectadores dentro de esta macabra trama en donde nos hace partícipe de las decisiones.

Nuevamente socavando el paradigma familiar, Yorgos Lanthimos profundiza su crítica, salvajemente cínica y analítica, en el comportamiento humano y la moralidad que algunos afirman. Al hacerlo, nos invita a cuestionar nuestro propio comportamiento, colocándonos en la posición singular de catarsis. La recuperación de modelos de códigos de películas de ciencia ficción y fantasía, desarrolló una línea estética hipnotizante e impresionante pero sobretodo ansiosa, ya que la película se mueve inexorablemente hacia la tragedia.

Algunas cosas son tan crueles que uno ni siquiera quiere imaginarlas. Yorgos Lanthimos  toma un escenario monstruoso y despliega todo su horror en el.

Para enfrentar a nuestros demonios, Lanthimos profundiza en las perversiones humanas centrándose en ellas de manera absoluta al invocar lo abstracto. El guion es Firmado por Efthymis Filippou (DogThooth, The Lobster) y el mismo director, creando un escenario genial que agita nuestros sentidos a través de una estética literalmente fantástica, ofreciéndole a la película un resultado radical pero carente de dogmatismo. Al sobrepasarse a sí mismo, nos asombra, nos engaña y nos petrifica mientras nos deslumbra. Es simplemente paralizante. Al probar la realidad de los personajes, el director resalta hábilmente su personalidad a través de sus interacciones. La frialdad de Anna hacia Kim y su preferencia por Bob son contrarias a la relación de Steven con sus hijos: el hombre es más tierno con su hija y autoritario con su hijo menor. Junto a esta exposición, despierta nuestra curiosidad en torno al personaje de Martin, un adolescente mayor que sus hijos a quien Steven protege discretamente.  Martin presenta su verdadero rostro. Al acusar a Steven de asesinato, le exige un sacrificio. La película luego cambia al simbolismo y nos pide adherirnos a una fuerza que excede toda racionalidad, una fuerza divina, simbólica o metafórica. El escenario entonces se inclina literalmente a lo fantastico. Él es un cirujano cardiaco, ella es oftalmóloga. Él no siente nada, ella está ciega. Los personajes son noqueados por una fuerza impotente. Una muerte es necesaria. Martin es “el segador”, que le echa la mirada vengativa a Steven. La cuenta atrás ha comenzado y Steven debe pagar. Lanthimos es tan cruel que se vuelve demente. Como un dios griego, que está furioso. Avanzando para sumergirse un poco más en la incomodidad que prevalece, usando una banda sonora que nos grita en los oídos. Nos sentimos atrapado e inmóviles frente al desenlace final.

Incluso antes de que tengamos claro a dónde se dirigen la historia, Lanthimos nos va alimentando desde el principio dentro de una atmósfera de desconfianza y superficialidad (una charla de marca de relojes, por ejemplo), no solo entre los personajes, sino también entre el público, debido a que el director deja rápidamente claro que no respeta los habituales acuerdos tácitos con la audiencia, ni en términos de hábitos de visualización, ni en la observancia de ciertos límites morales. Lanthimos impulsa a sus protagonistas lentamente en una esquina hasta que la tensión permanente finalmente se inclina al terror más puro cuando la trama se revela en todas sus consecuencias trágicas y mitológicas.

La puesta en escena es sutil e implacable. Por momentos nos recuerda  a “The Shining” (1980) de Stanley Kubrick. Al final, toda la historia se ve reforzada por una especie de frenesí del Antiguo Testamento en lugar de una purificación catártica, que proporciona la antigua tragedia. A pesar del tema sombrío, Lanthimos siempre estimula momentos absurdos de comedia negra, como por ejemplo cuando Anna y su esposo tienen relaciones sexuales. Pero la risa es solo un alivio, porque el horror de la situación hace mucho tiempo que nos tiene con las manos medio cubriéndonos los ojos.

Acerca del Autor

Ruben Peralta Rigaud

Ruben Peralta Rigaud

Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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