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Critica a “The Florida Project” (2017) de Sean Baker

Ruben Peralta Rigaud

Sin temor a equivocarme, digo que “Tangerine” (2015) de Sean Baker es una de las películas independientes que más ha sido mencionada en los últimos años. Es una película grabada en un iPhone, sobre la vida de dos transexuales en los suburbios de la ciudad de Los Ángeles. Cuenta con un sorprendente estilo visual que, sin lugar a dudas, es su mejor característica, pero lo más notable sobre esta película es el estilo documental del director sobre una sección específica de la realidad americana, que recuerda en su inmediatez las grandes obras del neorrealismo italiano. La nueva película de Baker “The Florida Project”, que se estrenó en la Quincena de Realizadores del Festival de Cine de Cannes en 2017, tiene esta cualidad. En este drama social, el cineasta narra de manera modesta pero conmovedora la vida de una niña de seis años que vive con su madre al límite de la supervivencia.

La autenticidad de Sean Baker es saber cómo mostrar la miseria humana con supuesto positivismo. El director reincide con “The Florida Project”. Nos encontramos esta vez en el corazón del maravilloso mundo de Disney World, donde los niños se divierten y sueñan. En transgresión con esta imagen popular, la cámara de Baker toma el lado opuesto al comenzar su película con una escena que muestra a niños felices escupiendo y diciendo groserías. Sin embargo, aún entre el documental y la ficción, el espectador se dará cuenta rápidamente de la realidad, percatándose de que estos jóvenes viven en un motel de mala muerte, punto de referencia de los abandonados de Florida. Desde Disney World, solo hay un resurgimiento de fuegos artificiales que se puede ver a la distancia al anochecer.

Localizando su narración en los moteles a lo largo de la carretera que lleva al famoso parque de diversiones de Orlando, y ubicando la acción a unos cientos de metros de los hoteles de lujo que dan la bienvenida a los turistas, el escenario de Sean Baker colisiona con uno de los símbolos de influencia cultural y económica de Estados Unidos; con la precariedad en la que vive parte de su población, mostrando que el mito del sueño americano se deja al borde de la carretera en estos moteles de colores extraños. El estilo pop y colorido le confiere una mordaz ironía a esta historia que comienza con una de las canciones más alegres que he escuchado. Los héroes de esta historia son aquellos niños cuya alegría de vivir e inocencia iluminan la pantalla y nos ocultan por momentos lo precario de su situación.

Moonee (Brooklynn Price), Scooty (Christopher Rivera) y Jancey (Valeria Cotto) son criados por madres solteras que están luchando por pagar el alquiler por su pequeña habitación de motel. Embargados en una rutina diaria, “The Florida Project” comienza como un dulce aroma que poco a poco se vuelve amargo y se hace difícil olvidar. La sublime fotografía de Alexis Zabe (quien colaboró ​​con Carlos Reygadas) explota en la pantalla los colores de este entorno aparentemente encantador. El encanto está ahí, estos niños (especialmente Moonee), son impresionantes, confirman el talento del director Sean Baker y su capacidad para contar historias sencillas en las que el temperamento y el estado de ánimo son los principal.

La filmografía de Sean Baker es miserable, en el buen sentido de la palabra. Nunca derivando en ser moralista, siempre da testimonio de una clase social olvidada que supera, como puede, esta condición de la vida. Sin embargo, en ningún momento se sienten infelices. Por el contrario, la bajeza educativa de Halley (Bria Vinaite), la madre de la joven Moonee, se ve compensada por su constante preocupación por complacer a su hija. Detrás de esta constante alegría en la pantalla, sin embargo, está la triste realidad de “The Florida Project”, pero dicho escenario nunca se muestra frontalmente.

El tema, por más fuerte que sea, no es nuevo. El cine estadounidense ha tratado durante varios años este empobrecimiento de una parte creciente de su población y especialmente de su juventud. Raman Bahrani, y su “99 Homes” (2014) es fiel a esta filosofía. “American Honey” (2016) de Andrea Arnold, va de la mano a este estilo por su habilidad de embarcarnos en las aventuras de personajes empobrecidos, pero cuya loca energía contamina la película sin disminuir su fuerza. Este prejuicio de estar a la altura de sus personajes y comunicarnos primero su buen humor raspando progresivamente el colorido barniz que supuestamente pinta y desvelar su dramática situación, no es muy remunerador.

La estrategia es exquisita. Hablar de manera consistente desde la perspectiva de Mooney es un truco inteligente, porque para los niños de seis años, las más escasas circunstancias de la vida parecen menos sufridas. Ella no conoce el significado de pobreza, es más, es raramente mencionado en la película. En cambio, Moonee y sus amigos vagan con curiosidad por el complejo del motel y la zona pantanosa que los rodea, hacen un viaje de exploración, consiguen helado y hacen lo que hacen los niños, vivir cada instante.

El hecho de que los actores no sean profesionales fortalece la impresión de autenticidad absoluta. Pero también una estrella como Willem Dafoe encaja perfectamente en el conjunto. Su figura externa sirve como una especie de brújula moral: mira con compasión a Moonee y Halley, trata de salvar al dúo madre-hija de lo peor y finalmente tiene que verse impotente ante el desarrollo. Baker se resiste a la tentación de dominar los aspectos trágicos de la historia, y nos acerca a los problemas y conflictos del medio observado de manera contenida y con una discreta humanidad.
Es imposible no amar a “The Florida Project” por lo que es. Sean Baker, como en sus películas anteriores, se sumergió en una sorprendente subcultura y esta vez dibuja un retrato auténtico de los habitantes en lo que se supone está hecho para soñar y ser eternamente felices, aunque dicha alegría sea en compañía de un estomago vacío y un corazón lleno.

“The Florida Project” se presento en GEMS 2017 del festival de Cine en Miami.

Acerca del Autor

Ruben Peralta Rigaud

Ruben Peralta Rigaud

Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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