Criticas y Artículos de Cine

Las mejores películas de la Segunda Guerra Mundial

Ruben Peralta Rigaud

El muy esperado regreso de Christopher Nolan a la gran pantalla tras habernos dejado epatados con su magistral ‘Interstellar’ se producía el pasado día 21 en unos términos que han vuelto a demostrar que el talento del cineasta británico para escribir y contar historias conoce muy pocos iguales en el actual panorama internacional.

Cambiando por completo de género y trasladándose a un episodio muy concreto de esos horribles y fascinantes seis años que podrían haber alterado mucho más de lo que ya lo hicieron el rumbo de la humanidad, es debido al reciente estreno de la asombrosa y soberbia ‘Dunquerke’ (‘Dunkirk’) que en Espinof nos hemos planteado traeros hoy una amplia selección de las muy diferentes formas en las que el séptimo arte ha mirado a la Segunda Guerra Mundial.

Dada la vastedad de títulos que el cine ha destinado a historias relacionadas con los hechos que transcurrieron entre 1939 y 1945, y aún considerando que se ha procurado pasar por las siete décadas que de aquella época nos separan, tratando de abarcar toda temática posible, esta personal selección no sólo se quedará corta para algunos de vosotros, sino que incluirá títulos que nunca hubierais elegido y dejará fuera otros que consideraréis imprescindibles. Como siempre, os invitamos a que sean vuestros comentarios los que la completen.

‘El gran dictador’ (‘The Great Dictator’, 1940)

Tan sólo un año después de que lo que terminaría convirtiéndose en un conflicto global arrancara con la invasión de Polonia por parte del ejército alemán, al otro lado del Océano las voces que clamaban por pararle los pies a Adolf Hitler tomaban una de sus formas más elocuentes de la mano de Charles Chaplin y la que este redactor considera su obra más redonda.

Burlándose de forma descarada de las ansias expansionistas del dictador teutón y erigiendo al tiempo un alegato doblemente antibelicista y en loor de la tolerancia, Chaplin conseguía con ‘El gran dictador’ darle una sonora y temprana bofetada tanto al Tercer Reich como a un gobierno, el estadounidense, que miraba hacia otro lado mientras Europa se adentraba a pasos agigantados en uno de sus momentos históricos más tenebrosos.

‘Casablanca’ (id, 1942)

Con los yanquis repartidos por medio mundo después de que el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre del 41 les despertara del letargo que, bajo la falacia de creerse intocables, les había mantenido al margen del conflicto del viejo continente, la maquinaria Hollywoodiense se dispuso presta a darlo todo por la patria y a atacar desde la ficción al empuje nazi.

Producción rodada en sus estudios de esas que la Warner hacía como churros en la época dorada de la meca del cine, las circunstancias que colisionaron en ‘Casablanca’ (id) terminaron por convertirla en uno de los clásicos más contundentes e imprescindibles de la historia del séptimo arte, una de esas rara avis en las que el tiempo no sólo no ha hecho mella, sino que ha potenciado sobremanera las cualidades que la cinta atesoraba en su año de estreno.

Entre ellas, más allá de la música o de la eficaz dirección de Michael Curtiz, la mejor de todas es la espectacular labor de la totalidad de su elenco y la singular química que se generó entre Bogart y Bergman y entre el lacónico actor y un Claude Rains insuperable. Y, por supuesto, esa escena en la que el personaje de Victor Laszlo arremete con la fuerza de la Marsellesa contra las tropas alemanas en Rick’s. Imposible que no se erice hasta el último vello, da igual las veces que uno la vea.

‘Roma, ciudad abierta’ (‘Roma Città Aperta’, 1945)

Con la guerra recién terminada, y media Europa en pleno proceso de reconstrucción, fue un italiano el primero que se atrevió a volver la cabeza y denunciar, de la forma más realista y desgarradora posible, algunos de los muchos horrores que en años por venir el cine iría plasmando de las más diversas maneras. Precursora del neorrealismo, y epítome de una forma de rodar que en su primer ejemplo encontraría su pináculo indiscutible, ‘Roma, ciudad abierta’ es tan impactante hoy como lo fuera hace setenta y dos años.

De entre sus muchos valores habría que destacar, junto a la realización de un Rossellini que sacó un partido asombroso a las localizaciones de la ciudad de las siete colinas y al exigüo presupuesto con el que contó, un plantel de actores que son directos responsables de la fuerza con la que la cinta arremete contra el espectador. De todos ellos, me quedaría con una Ana Magnani sobrecogedora y protagonista del que sin duda es el instante más icónico del metraje.

‘El puente sobre el río Kwai’ (‘The Bridge Over Kwai River’, 1957)

Primera película bélica de la lista, dejamos aquí atrás a la devastada Europa y nos trasladamos al continente asiático. Relato de supervivencia y estoicismo, nos encontramos ante la que junto a ‘Lawrence de Arabia’ (‘Lawrence of Arabia’) es paradigma del cine de David Lean, esto es, larga duración asociada a un enorme sentido de la épica que aquí queda reforzada, qué duda cabe, por la inmensa caracterización que del impertérrito coronel Nicholson hizo el gran Alec Guiness.

Asociada para siempre a la melodía marcial compuesta por Sir Malcom Arnold que es icono de la música de cine del siglo XX, ‘El puente sobre el rio Kwai’ (‘The Bridge Over River Kwai’) es una de esas raras producciones que se aprecia de forma intermitente cuando se ve por primera vez —máxime si, como pasó en mi caso, la ves con poco más de diez años— pero que gana enteros con el transcurso del tiempo y las sucesivas y obligadas revisiones que hay que hacerle a este clásico entre clásicos de su género.

‘Vencedores o vencidos’ (‘Judgement at Nuremberg’, 1961)

Con las heridas de la guerra aún supurando, Hollywood quiso erigirse como abanderado de los millones de víctimas del holocausto y eligió a Stanley Kramer para llevar de forma sobria y visceral a la gran pantalla los juicios de Nuremberg, aquellos en que los aliados procesaron a los criminales nazi supervivientes a la Segunda Guerra Mundial y en los que se acusaron a más de 600 miembros y colaboradores del partido nacionalsocialista alemán.

Centrando su atención en el “juicio de los jueces” —en el que se procesó a 16 juristas y abogados germanos— y con un elenco de intérpretes que ya hubiera querido para sí cualquier director de la época, la puesta en escena de Kramer, la muy acertada fotografía en blanco y negro y la veracidad que dio al conjunto en rodar la cinta en dos idiomas, sitúa a ‘Vencedores o vencidos’ (‘Judgement at Nuremberg’) en una posición a mitad de camino entre el drama y el documental, posición de la que tan magna producción sale claramente vencedora.

‘La gran evasión’ (‘The Great Escape’, 1963)

De nuevo duración y épica se dan la mano en la que sin duda es, no ya una de las dos cintas más significativas en las que se vio implicado Steve McQueen —huelga decir que la otra fue ‘Bullit’ (id), ¿no?—, sino uno de los emblemas indiscutibles del cine de la Segunda Guerra Mundial fuera de su vertiente más bélica.

Basada en hechos reales, el relato de la fuga de un campo de prisioneros de guerra alemán que John Sturges filmó con brío alterna con suma elegancia ingenio, humor, drama y acción gracias, de nuevo y entre otras virtudes, a otro elenco de actores para caerse de espaldas. Con la música una vez más como protagonista —inolvidable el tema principal de Elmer Bernestein— y presa de un ritmo envidiable aún contando con sus casi tres horas de metraje, ‘La gran evasión’ (‘The Great Escape’) atesora algunos de los instantes más icónicos asociados al cine de la 2ª G.M.

‘Doce del patíbulo’ (‘The Dirty Dozen’, 1967)

Siempre que pienso en ‘Doce del patíbulo’ (‘The Dirty Dozen’) recuerdo aquella conversación de ‘Algo para recordar’ (‘Sleepless in Seattle’) en la que Tom Hanks y el personaje que hacía de su cuñado se burlaban de la mujer de éste y una amiga haciendo una comparación entre el final de ‘Tú y yo’ y el glorioso clímax de la cinta de Robert Aldrich.

Chascarrillos al margen, con ‘Doce del patíbulo’ Aldrich demostró de forma categórica a quienes ya se habían apresurado a decir que su carrera había tocado techo con ¿Qué fue de Baby Jane? (‘What Ever Happened to Baby Jane?’) que podía cambiar de registro con una facilidad pasmosa, componiendo al tiempo un filme de esos que cabría denominar de legendario y que tan solo por el personaje de Lee Marvin y la citada secuencia que da cierre a los ciento cincuenta minutos de metraje vale la pena revisar una y otra vez.

‘Los violentos de Kelly’ (‘Kelly’s Heroes’, 1970)

Uno de los títulos más curiosos que nos dejó el cine bélico durante la década de los setenta fue esta cinta con tintes cómicos en la que Clint Eastwood arrastra a todo un comando llevándolo tras las líneas enemigas en la Francia ocupada para hacerse con un botín asombroso: dieciséis millones de dólares en lingotes de oro que los alemanes tienen ocultos en un banco de un pequeño pueblo del país vecino.

En el filme, que volvía a unir al actor con el cineasta Brian G.Hutton dos años después de que éste lo dirigiera en la también muy estimable ‘El desafío de las aguilas’ (‘Where Eagles Dare’), la vis cómica -y algo surrealista- la ponen muchas de las absurdas situaciones en las que interviene el personaje de Donald Sutherland, una suerte de hippie con uniforme que siempre anda recriminando a uno de sus compañeros el ser tan negativo y que, en contraposición a la sequedad de Eastwood, genera no pocas risas. Lo mejor, el homenaje nada velado que Hutton se marca hacia Leone.

‘Patton’ (1970)

Dos años después de ‘El planeta de los simios’ (‘Planet of the Apes’) y haciendo caso omiso de las ofertas de la Fox para que dirigiera su secuela —y menos mal, porque ni él con todo su talento habría sido capaz de levantar ese desastrre de guión— Franklin J. Schaffner decidió, quedándose al amparo de la productora, acercar al gran público la controvertida vida —o al menos la parte más importante de ella— de uno de los personajes fundamentales de la Segunda Guerra Mundial: el general George S. Patton.

Si de la dirección de Schaffner solo cabría afirmar maravillas —ya sea por la personalidad solemne que confiere al conjunto, ya por el talante épico de muchas de sus secuencias— es de George C. Scott de quien es obligatorio hablar cuando se recuerda la impresionante labor que llevó a cabo encarnando al singular general americano. Muestras, incontables, un primer botón, la arenga inicial con la gigantesca bandera americana de fondo. Historia del cine.

‘La cruz de hierro’ (‘Cross of Iron’, 1977)

Única ocasión en la que Sam Peckinpah se adentró en los confines del cine bélico, si hay algo que hay que afirmar acerca de ‘La cruz de hierro’ es que es un filme 100% Peckinpah, con todo lo que ello implica en términos de cómo aparece reflejada la violencia a lo largo de un metraje en el que el cineasta se explaya, y de qué manera, en la recreación de cruentos enfrentamientos entre el ejército alemán y el ruso en el frente oriental.

Pocas han sido las ocasiones en las que el cine se ha atrevido a convertir en protagonistas a soldados alemanes, y nada más que por la valentía de fijar sus miras en la novela de Wili Heinrich y haberla llevado a la gran pantalla, el cineasta merece toda nuestra admiración. Y la de Quentin Tarantino, que cuenta este relato en el que poco importan las nacionalidades y mucho los vínculos entre soldados y los extremos a los que se llegan en la guerra, como uno de sus favoritos del género.

‘Evasión o victoria’ (‘Victory’, 1981)

Tanto ha sido lo que el cine ha mirado a la Segunda Guerra Mundial que, hasta en esta ocasión, tuvo tiempo de mezclarlo con el deporte que trae loco a medio mundo. Para ello, ‘Evasión o victoria’ contó con un nutrido grupo de profesionales del fútbol en el que destacaba, por supuesto, Edson Arantes do Nascimento, un Pelé que, junto a Michael Caine y Sylvester Stallone se pondría a las órdenes de John Huston en esta cinta que tanto bebe de ese espíritu más grande que la vida del que también dimanaba el ‘Rocky’ (id) del actor neoyorquino.

Basándose de forma muy sucinta en unos hechos acaecidos en la Ukrania ocupada por los nazis, el filme de Huston es todo un ejemplo de entretenimiento imparable como lo había sido seis años antes ese ejemplar título de aventuras llamado ‘El hombre que pudo reinar’ (‘The Man Who Would Be King’); y si bien es evidente de qué fuentes bebe la cinta y cómo está volcada de forma plena en su tercer acto, la enérgica dirección, la entrega de los futbolistas y la música de Bill Conti hacen que uno vitoree el “victoire” final…le guste o no el balompié.

‘El submarino’ (‘Das Boot’, 1981)

Si bien la mejor cinta de este sub-género bélico por excelencia que son los relatos de submarinos, es una que no tiene lugar durante la Segunda Guerra Mundial —una pista, la dirigió un tal John McTiernan—, no cabe duda de que el epítome de las producciones sub-acuáticas con la contienda como telón de fondo es aquella que, aún a día de hoy, sigue siendo cumbre de la ecléctica trayectoria de Wolfgang Petersen.

Con un Jürgen Prochnow efectivo hasta decir basta en la piel del Capitán Henrich Lehmann-Willenbrock, máximo responsable de uno de los famosos U-boot con los que los alemanes le ganaron el pulso inicial a los aliados en la carrera por el control de los mares, es Petersen el que plantea aquí un verdadero pulso al espectador durante las más de tres horas sobre las que se prolonga su asfixiante “montaje del director”, el más recomendable de todos los disponibles de este superlativo relato de hombres “enlatados”.

‘La tumba de las luciérnagas’ (‘Hotaru No Haka’, 1988)

‘La tumba de las luciérnagas’ es, a todas luces y sin posibilidad de equivocación, la apuesta más arriesgada de cuantas hizo Ghibli durante sus años de actividad: filme duro y sin concesiones que transcurre a modo de flashback durante los últimos días de la guerra en el país del sol naciente, la cinta de ese genio llamado Isao Takahata nos acerca a la trágica historia de dos hermanos y todo lo que tendrán que hacer para sobrevivir en un país en ruinas.

Sin que sea preciso hablar aquí de la enorme calidad de una animación que cuenta con instantes de una belleza tan apabullante como sobrecogedora, es la sutileza con la que Takahata narra todo y la delicadeza con la que describe a la inocencia de Setsuko, la pequeña de los dos hermanos, lo que garantiza prorrumpir en incontenibles lágrimas cada vez que uno saca fuerzas para acercarse de nuevo a esta obra maestra del séptimo arte.

‘La lista de Schindler’ (‘Schindler’s List’, 1993)

Si de obras maestras hay que hablar, ¿qué podemos decir a estas alturas que no se haya afirmado por activa, pasiva y cualquier tiempo verbal posible sobre el que, sin duda, es el pináculo creativo de Steven Spielberg? Me temo que no mucho, al menos no mucho que pueda resultar novedoso, claro está; porque, en la opinión de este redactor, estamos ante un filme perfecto desde el primer al último segundo.

Me dan igual las voces que hace veinticuatro años clamaron —y probablemente hoy lo sigan haciendo— que la historia de Oskar Schindler y de cómo el empresario salvó a alrededor de 1.200 judíos empleados en su fábrica de esmaltados en Cracovia, fue almibarada por Steve Zaillian alejándola de la realidad. ¿Y qué? Estamos ante una producción cinematográfica, no un documental. Y lo cierto es que, cambios o no, lo que resulta incuestionable es que el fondo de la historia se mantuvo intocable.

Y el fondo fue mostrar a un héroe de esos que lo arriesgan todo sin pensar en las consecuencias, un héroe que en su paso a la gran pantalla contó con un Liam Neeson que lo encarnó de una forma que sólo puede ser calificada como espectacular —el mismo epíteto que habría que utilizar para Ben Kingsley y Ralph Fiennes—, un héroe que fue fotografiado con el que es el mejor trabajo de Janusz Kaminski, un héroe al que puso música inolvidable un John Williams acongojante y un héroe que, por fin, le abrió de par en par a Spielberg las puertas de los Oscars.

 

‘La vida es bella’ (‘La Vita e Bella’, 1997)

Olvidándonos momentáneamente de aquél vergonzoso instante en el que Sophia Loren gritó “Roberto” en el Dorothy Chandler Pavillion —una vergüenza que se convertiría en bochorno cuando nuestra Pé hizo lo propio un año más tarde—, no cabe duda de que la fábula enhebrada por Roberto Begnini acerca de una familia judía italiana y los esfuerzos del padre porque su hijo no sea consciente de los horrores del campo de concentración en el que son encerrados, tiene algo muy, pero que muy especial.

Muy criticada fue también la cinta que se “llevó de calle” el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa por tratar en tono de comedia algo tan serio y horroroso como el holocausto pero, de nuevo, tanto en su momento, como hoy, veinte años después, soy de los que siguen pensando que la bellísima forma en la que Begnini nos enamoraba con el comienzo de la acción, y la sutileza con la que plasmaba algo tan escalofriante son tan dignas de encomio como el hecho de que, da igual las veces que uno la vea, siga arrancando sentidas y conmocionadas lágrimas.

‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, 1998)

He de reconocer que no celebré en absoluto el regreso de Terrence Malick a la vida cinematográfica activa cuando se anunció a bombo y platillo que el responsable de la soporífera ‘Días del cielo’ (‘Days of Heaven’) decidía poner fin a dos décadas de inactividad. Aún así, si su segundo filme había sido uno de esos que había sufrido años atrás, era su debut el que hacía que algo de confianza guardara ante la incursión del personal cineasta en la Segunda Guerra Mundial; una confianza que se vio plenamente recompensada por un ejercicio fascinante como pocos.

De fuerte carácter introspectivo, ‘La delgada línea roja’ es una cinta que no se lo pone fácil al espectador con sus casi tres horas de metraje. Ahora bien, la recompensa para el que soporte estoico el envite de los soliloquios del protagonista y los muchos planos cargados de “poesía visual” con los que Malick trufa el metraje es de una validez más que incuestionable, levantando el realizador una de las producciones más contundentes que nos ha dado el séptimo arte sobre las consecuencias psicológicas de una contienda bélica.

‘Salvar al soldado Ryan’ (‘Saving Private Ryan’, 1998)

La “otra” película bélica de 1998 —y la que, ahora que no nos escucha nadie, debería haberse alzado por derecho como la Mejor de su año, barriendo a esa inmensa sosez sobre Shakespeare— jugó un papel fundamental para que ‘La delgada línea roja’ “muriera” en una comparación completamente injusta: si bien ambas barajaban entre sus planteamientos la honda mella que hace en un soldado el tener que soportar indecibles horrores, nada hay de común entre la forma de contar la historia de Malick y cómo nos llevó a Spielberg a las playas normandas.

Sólo por una apertura que es, sin lugar a dudas, la mejor escena que ha rodado jamás el cineasta estadounidense, ya cabría calificar de Obra Maestra a una cinta que, trascendido el desembarco de las tropas aliadas el día D, es exponente pleno, ya de las capacidades del director de generar instantes de una genialidad sin par —el fundido de las gotas de lluvia con las metralletas, todo el tramo previo al asalto del último acto—, ya de la inmensidad inabarcable de un Tom Hanks que, a mi modesto entender, merecía mucho más la estatuilla que Roberto Begnini, ¿no?

 

‘El pianista’ (‘The Pianist’, 2002)

No creo necesario hacer hincapié en toda la controversia que rodeó a ‘El pianista’ desde el momento en que Roman Polanski fue nominado y después reconocido como mejor director en la entrega de estatuillas de 2003 —una entrega que, de nuevo, hubo de haber reconocido la inmensa valía del filme y no la de un musical del que hoy nadie se acuerda— cuando de lo que aquí se trata es de poner en valor lo magistral de una producción asombrosa.

Cargada sobre los muy anchos hombros de un Adrien Brody para el que faltan calificativos —una afirmación tanto o más válida si sobre quien hay que departir es sobre Polanski—, la historia de supervivencia del pianista polaco Wladyslaw Szpilman durante la ocupación nazi de Varsovia y cómo el artista resistió en los confines de una ciudad asolada por la guerra, el hambre y la muerte es uno de los alegatos más categóricos jamás rodados sobre lo indómito del ser humano y nuestra capacidad para sobreponernos ante la tragedia más horrible.

‘Sophie Scholl (Los últimos días)’ (‘Sophie Scholl-Die Letzen Tage’, 2005)

A la hora de calificar a ‘Sophie Scholl’ es quizás el adjetivo “necesaria” el que más se acerca a valorar la cinta dirigida por Marc Rothemund en torno a la figura de la más famosa activista de ‘La Rosa Blanca’, un movimiento intelectual surgido en 1942 en la Universidad de Munich que se opuso de forma categórica al Tercer Reich, a las ansias de sangre de su Führer y que condenó sin paliativos el holocausto judío.

Necesaria porque dibuja una realidad pocas veces vista en el cine —la de aquellos alemanes que no apoyaban al régimen nazi y que no podían soportar la idea de que, en su nombre, se estuvieran cometiendo tamañas atrocidades— y porque, al hacerlo, muestra a aquellos que no lo sabían que no toda Alemania respaldaba de forma unísona a Hitler. Y también porque, en ese esfuerzo, se alza como un homenaje cargado de intención hacia aquellas voces que gritaban libertad bajo la enmudecedora bota del Reich.

‘Cartas desde Iwo Jima’ (‘Letters from Iwo Jima’, 2006)

De no ser porque mis filias se inclinan algo más hacia ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’), de preguntarme cuál es mi producción favorita de las muchas que ha rodado Clint Eastwood, contestaría que esta apabullante y sobrecogedora historia de la Segunda Guerra Mundial que, junto a la mucho menos válida ‘Banderas de nuestros padres’ (‘Flags of Our Fathers’, sirvió al portentoso cineasta como homenaje sin fronteras a los caídos en la Segunda Guerra Mundial.

Alejada de la personalidad cargante y por momentos letánica de ‘Banderas…’, ‘Cartas desde Iwo Jima’ es un muestrario sin par de las habilidades del actor y director tras el objetivo, ya en su vertiente más espectacular como, sobre todo, en la más íntima, esa que permitía a Ken Watanabe componer al que, hasta el momento, ha sido su mejor trabajo en la gran pantalla, insuflando el actor nipón soberbias cualidades tridimensionales a su versión del general Tadamichi Kuribayashi.

‘El libro negro’ (‘Zwartboek’, 2006)

Dejando atrás una estancia en Hollywood que le había permitido rodar tres de las mejores producciones que se pudieron ver durante los años noventa —por no contar con aquella de la que cabría afirmar lo mismo pero hablando de los ochenta—, Paul Verhoeven regresó a su Holanda natal, decidió mirar a la época en la que Alemania invadió su tierra para contar la historia ficticia de una espía de la resistencia y terminó por firmar la que, probablemente, sea su mejor cinta hasta la fecha.

Reconocida por los holandeses como la mejor producción jamás rodada en su país, ‘El libro negro’ discurre con una fluidez espléndida, mostrando a un Verhoeven de una elocuencia narrativa soberbia que, además, dirige con pulso firme a un elenco encabezado por la belleza sin par de Carice Van Houten: la actriz, que daba aquí un salto de gigante con respecto a su trayectoria previa, carga sobre sus delicados hombros el peso de una historia intensa, cruda y veraz que habría merecido pelear junto a la gran ‘Los falsificadores’ (‘Die Fälscher’) por el Oscar de Habla No Inglesa.

 

‘El niño con el pijama de rayas’ (‘The Boy in the Stripped Pijamas’, 2008)

Novela de esas que estaba en boca de “todo el mundo” mucho antes de ser adaptada a la gran pantalla, ‘El niño con el pijama de rayas’ es uno de esos libros que, si lo lees, nunca puedes quitarte de la cabeza: publicado sólo dos años antes de ser llevado a cine, el relato de John Boyne sobre la amistad entre el hijo de un alto mando nazi y un niño recluido en el campo de concentración del que aquél es responsable, tenía que ser tratado de forma fidedigna si quería llegar a atrapar parte de la grandeza que atesoraba el material original.

Por fortuna, la adaptación guionizada y dirigida por Mark Herman cumplió de sobra con las expectativas de los que teníamos en muy alta estima a los renglones de Boyne, y la elección de la intensa mirada de Asa Butterfield como Bruno, el niño germano, no podría haber servido mejor a los intereses de una producción que conserva intacto uno de los finales más impactantes y acongojantes que este redactor recuerda haber leído nunca. Sólo por tener la valentía de respetar tan brutal conclusión, bien vale la pena acercarse a tan aleccionadora historia.

 

‘Malditos bastardos’ (‘Inglorious Basterds’, 2009)

Aquellos que llevamos rendidos a sus pies desde que lo descubriéramos con ‘Reservoir Dogs’ (id), nos frotábamos las manos con suma intensidad ante el espectáculo que sabíamos nos iba a deparar con esta, llamésmola “versión alternativa” de la Segunda Guerra Mundial que Quentin Tarantino se sacó de la manga a finales de la primera década del s.XXI y que, con Brad Pitt a la cabeza, narra como solo el cineasta estadounidense sabe, la incursión de un comando americano en la Francia ocupada que pretende acabar con la vida del Führer.

Mezclando con habilidad extrema las varias líneas argumentales que confluyen en su explosivo último acto —vamos, Tarantino 100%— el realizador nos deja por el camino algunos de los segmentos más asombrosos de toda su carrera, una afirmación que, si hubiera que poner en singular para quedarse con uno, haría referencia a ese espeluznante comienzo en la granja y a la extrema tensión que el Coronel Hans Landa encarnado por Christoph Waltz logra instilar en el público. Sólo cabe un calificativo ante dicha secuencia: Magistral.

‘Corazones de acero’ (‘Fury’, 2014)

Del violento, brutal y cómico teniente Aldo en ‘Malditos bastardos’ al comandante Don Collier de ‘Corazones de acero’ hay un mundo que Brad Pitt salva con su más que reconocida solvencia, haciéndonos olvidar a los pocos minutos de metraje de este relato sobre los tripulantes de un tanque americano en la Alemania de 1945, que alguna vez se dedicara a dar órdenes a sus hombres para que le abrieran la cabeza a “batazos” a un nazi.

Controlada con un pulso soberbio por el mismo David Ayer que después “perderá los papeles” con la muy olvidable ‘Escuadrón Suicida’ (‘Suicide Squad’), si hay algo de esta historia intensa, visceral y sucia que valida más allá de cualquier duda razonable las dos horas y cuarto de metraje eso es la secuencia en la que el Sherman “protagonista” se enfrenta a varios Tiger alemanes… para desencajar la mandíbula del amante del género bélico más curtido.

‘Hasta el último hombre’ (‘Hacksaw Ridge’, 2016)

Si sólo hubiera de juzgar ‘Hasta el último hombre’ por su primera mitad, pueden estar seguros de que el último ejemplo de genio de Mel Gibson no figuraría en el último lugar de esta extensa lista: almibarada y prolongada hasta la saciedad, la exposición del recorrido vital del soldado Desmond T. Doss —espléndido Andrew Garfield—, el primer soldado estadounidense en recibir la Medalla de Honor sin disparar ni una sola vez, sólo funciona cuando la cinta cambia de forma brusca de tonalidad y su realizador valida la calma con una tempestad sin par.

Porque lo que Gibson pone en juego cuando la acción se traslada a Okinawa y nos acerca a la cruenta y salvaje batalla que tuvo lugar en el infierno en la Tierra que fue Hacksaw Ridge, la denominación que los “yanquis” dieron al acantilado de Maeda en el que discurrió un enfrentamiento que el responsable de ‘Braveheart’ nos traslada sin concesiones, haciéndonos partícipes en primera línea de la brutalidad sin sentido que desencadena cualquier conflicto armado y dejándonos, a la sazón, el más categórico ejemplo de su valía tras el objetivo.

 

La mejor película sobre la 2ª Guerra Mundial… es una serie

Cada vez que ha surgido el tema en cualquier círculo de conversación, se ha hablado largo y tendido de cine bélico y el que esto suscribe ha tenido que señalar una y sólo una producción que, en su opinión, se encuentra por encima de todas las que han reflejado la Segunda Guerra Mundial en celuloide, nunca me ha temblado el pulso en nombrar a ‘Hermanos de sangre’ (‘Band of Brothers’), la miniserie de diez episodios producida por Steven Spielberg y emitida por HBO en 2001 cuyas valoraciones de 9,5 en la IMDb o del 98% en Rotten Tomatoes hablan por sí solas.

Extrayendo su título de la famosa arenga de Enrique V a sus tropas antes de la batalla de Agincourt —versión Shakespeare, claro está—, y siguiendo a la compañía aerotransportada Easy 101 desde su entrenamiento en 1942 hasta el final de la guerra, cada una de las diez entregas que conforman la producción televisiva es una doble lección en historia y cinematografía, resultando imposible resaltar unos sobre otros por más que el correspondiente al desembarco de Normandía sea de esos que se quedan grabados a fuego en la memoria.

La veracidad que todo el elenco pone en dar vida a los miembros de la compañía, el alto presupuesto con el que contó cada capítulo —alrededor de 12 millones de dólares— y el impresionante verismo con el que todo queda plasmado, ayuda a que, como espectadores, terminemos empatizando sobremanera con los muy diversos avatares con los que aquellos hombres comunes atrapados en circunstancias extraordinarias tuvieron que copar. Todo ello, y mucho más, es lo que hace de ‘Hermanos de sangre’ la Mejor película jamás rodada sobre la Segunda Guerra Mundial.

Acerca del Autor

Ruben Peralta Rigaud

Ruben Peralta Rigaud

Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

Facebook Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
A %d blogueros les gusta esto: