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Critica a “Y A Dios que me perdone” (2017) de Ángel Muñiz

Ruben Peralta Rigaud

El realismo social ha sido la obsesión del director Ángel Muñiz. Desde su primera película, ‘’Nueba Yol’’ (1995), irrumpió en las salas de cine dominicanas con una fuerza impresionante, presentando a un personaje conocido de la televisión local en una de las situaciones más comunes del personaje: lograr sus sueños de llegar a Nueva York. Balbuena y sus peripecias nos acompañaron a lo largo de dos películas, donde luchaba por su estatus migratorio en la gran urbe norteamericana.

El cineasta Muñiz, ha ahondado en la miseria y la burocracia de la población de su país desde diferentes ángulos, pero con un ajustado foco. “Y a Dios que me perdone” es su nuevo proyecto, que desde su anuncio prometía ser directa, honesta y con un discurso que llegaría a la masas dominicanas, promesa que no se cumplió.

Toribio Sosa (Johnnié Mercedes) es un raso de la policía nacional que lucha desesperadamente por conseguir dinero para poder pagar el tratamiento de su esposa (Clara Luz Solano), quien padece de cáncer. En su búsqueda, se ve envuelto en la trama del asesinato de una joven a manos de delincuentes, hecho que desatará una secuencia de hallazgos que pondrán al descubierto no solo a personas importante del país, si no a instituciones gubernamentales.

Muñiz se sumerge en el universo de lo marginal a partir de preguntas que no tendrán respuesta. Nos muestra una postal de la miseria muy poco creíble, ya que con una inexplicable insistencia, quiere estrujarle en la cara al espectador unos personajes que no solo pierden credibilidad por mano de sus actores, sino que también las situaciones en que estos se ven envueltos se van volviendo menos atractivos y más forzados.

“Y A Dios que me perdone” pretende mostrar, con ayuda de la ficción, un supuesto hecho real ocurrido en República Dominicana, pero la estrategia utilizada por Muñiz aparenta complicar el asunto con personajes y secuencias que no van a ningún lado. Se muestran actos brutales perpetrados por ambos lados de la ley sin una resonancia emocional. No hay matices grises en la trama: los ricos son malos, los políticos son culpables de todo lo negativo y los policías son sucios, sobornables y maquinas de matar sin compasión. La publicidad que se le hizo a la película se esfuerza presentarla como un thriller con un fuerte contenido social. Sin embargo, el mensaje que pretende transmitir, que sin duda es plausible e imperioso, pero se ve lastrado por dos graves problemas narrativos: la grandilocuencia de la acción y la acumulación de clichés dramáticos.

El personaje de Jean Jean denota falsedad en sus palabras, acciones y sentir. No creo que el actor esté mal, pero su personaje, al querer parecerse tanto a una figura conocida de la televisión local, peca de no tener fluidez y credibilidad, la cual va en picada a medida que la película alcanza su desarrollo. El resto del equipo de actores luce perdido, luce que se apoderaron de cada cliché del personaje indicado y se limitaron a solo hacer eso, hubo poca o casi nula creación de un personaje. La mayoría de ellos, actores consagrados de teatro, olvidaron el código cinematográfico en la estructura narrativa, es notable no solo en su hablar, lo es en sus acciones y diálogos. Yamile Scheker, Miguel Ángel Martínez, Juan María Almonte, Tony Sanz, Pachy Méndez, Gerardo Mercedes, Akuharella Mercedes y Shailyn Sosa son los que acompañan a Johnnié Mercedes, en este innecesario viaje.

Muñiz sabe que la situación es muy compleja y escoge reducirla a la demonización de unos y la victimización de otros. El director coloca el espejo frente al conflicto entre Toribio y todo el mundo, espejo que al final se vuelve hacia su personaje principal. Al concluir, Toribio es un criminal que utiliza como excusa la enfermedad de su mujer para delinquir. Sabemos esto desde la primera secuencia.

Y es que si analizamos los propósitos de Toribio (Johnnié Mercedes) desde su presentación, luce desorientado. En la primera secuencia de la película, este está siento perseguido y es herido de bala, situación que es obviada en la posteridad de la historia. Toribio reacciona con agresividad en vez de desesperación, acompañado de un incompresible uso constante de la fuerza, Johnnié sabe que a su personaje le falta confianza para actuar inteligentemente, esta podría ser la causa de su despiste.

Por una parte, la eficacia de la propuesta se resiente de la propia estructura de la historia, repleta de acción superficial y demasiado tendente a la exageración. De este modo, conforme avanza la trama algunas de las situaciones llegan a ser inverosímiles e incluso ridículas, algo que molesta especialmente en el último y tramposo giro narrativo.

La película pretende ser un tipo de conciencia moral de los ciudadanos hacia sus gobernantes, cuando en realidad, la mayoría no es como Toribio. No todos eligen involucrarse en actos dudosos para conseguir sus metas, esta es la excusa que cada criminal tiene bajo la manga. Sin embargo, el gran problema de la pelicula radica en la excesiva simplicidad con la que el director y guionista Ángel Muñiz afronta la historia. Es por esto que la película resulta maniquea en sus planteamientos y cae en un sinnúmero de tópicos dramáticos que la conducen al terreno de la sensiblería.

La musicalización de Pin Bencosme raya en lo melodramático, con un resultado adormecedor. Con la utilización de la misma tonalidad en momentos donde los personajes muestran sensibilidad, crea una atmósfera opuesta a lo va ocurriendo. Sumándole el empleo de una inexplicable canción en una secuencia de suicidio, que raya en lo gracioso,  de una manera macabra.

Al final, “Y Dios que me perdone” es un resultado mediocre de uno de los cineastas dominicano más laureados, una película que se contradice y presenta una historia forzada y de poca credibilidad. Presentar y repetir lo obvio, no la hace interesante, la hace cansona. El descuido en la estructura del guion y la sobreactuación de la mayoría de sus actores, acompañan a la pobre puesta en escena. El punto más alto sin dudas, es la cinematografía de Peyi Guzman, que es apuesta segura. Estoy seguro que el perdón no debería venir de Dios, debería venir del pueblo hacia uno de sus más queridos cineastas.

 


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Ruben Peralta Rigaud

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